JODHPUR: UNA HISTORIA DE MUJERES

JODHPUR: UNA HISTORIA DE MUJERES

Hace días venía pensando en que hoy quería escribir una historia de mujeres y, finalmente, he acabado en Jodhpur (जोधपुर): la ciudad azul. Jodhpur es una preciosa ciudad situada en la India, en el desierto del Thar que se extiende desde el noroeste del país hasta Pakistán. Es una ciudad llena de vida, abarrotada, agitada y caótica, como todas las ciudades de aquel gran país.
Para llegar hasta allí hay que recorrer centenares de kilómetros por las secas llanuras del Rajasthan. Campos que con la época de lluvias reverdecen para cultivar trigo y algodón. Durante el recorrido, siempre, tu visión se ve salpicada por la imagen de las mujeres rajasthanies que trabajan incesantemente. Ataviadas con sus bellos saris de colores cargan con cántaros de agua, con enormes atillos de madera, con kilos de paja aún verde, con excrementos secos de las vacas, con sus niños y con todo lo que su alma es capaz de soportar. Trabajan y trabajan, paren, crían a sus hijos, canta, ríen, lloran y se acompañan en su vida agotadora.

Mercado de Jodhpur (India, 2007)

Jodhpur es para mi la Granada del Rajasthan. Con su albaicín azul porque los brahamanes pintaban sus casas de este color, según nos contaron, o porque usan un pigmento que auyenta a los mosquitos. El caso es que sus barrios son bellamente azules. Y su “Alhambra”, el Fuerte de Mehrangarh, coronándola esbelto y amenazador, conservado en su delicadeza y robustez.

Fortaleza Mehrangarh, Jodhpur (India, 2007)

Pasear por el mercado situado junto a la Torre del Reloj es un deleite para los sentidos. Las mejores verduras y hortalizas, jabones artesanales, especias y tes, artesanía y tejidos, granos y frutas. Nuevamente allí, las mujeres que van y vienen, que compran y venden, siempre atareadas. Ellos también están allí pero no se afanan, no tienen prisa, su tiempo transcurre de otra manera…

Mercado de Jodhpur (India, 2007)
Mercado de Jodhpur (India, 2007)

Y ya ocurría así en tiempos del marajá Man Singh quien construyó una de las fortalezas más majestuosas de la India: Mehrangarh. Todavía pertenece a su familia, la dinastía Rathore quien dice llevar en estas tierras más de siete siglos. Me sorprendió el lugar por su maravillosa conservación, la perfecta organización, adecuada gestión privada y una amplia información sobre el lugar. Sin embargo, como siempre ocurre en estos palacios, el contraste entre la vida del interior y la del exterior, es tan grande, que siempre te impacta.

Fortaleza Mehrangarh, Jodhpur (India, 2007)
Acceso a la fortaleza Mehrangarh, Jodhpur (India, 2007)

Situada sobre una montaña de colores rojizos y anaranajados como la fortaleza, el acceso se realiza por unas altísimas puertas en cuyos frentes destacan los enormes clavos metálicos que servían para impedir la embestida de los elefantes en caso de un virtual ataque. Todo el edificio te ayuda a entender cómo vivía allí el marajá y su familia, su extensa família y su corte de concubinas. Las colecciones de arte son delicadas y todo estaba dispuesto para una vida agradable, para un agradable encierro… Las vistas de la ciudad azul, allí abajo, inalcanzable para ellas, son sobrecogedoras.

Puerta de la fortaleza Mehrangarh, Jodhpur (India, 2007)

 

Vistas desde la fortaleza Mehrangarh, Jodhpur (India, 2007)

Recorrer el lugar sin prisas bien vale la pena. Llegar hasta allí y escuchar las voces que guardan esos muros. Imaginarlas allí y pensar en las mujeres de hoy, que pasean por las calles de Jodhpur y del mundo. Al salir de regreso a la ciudad tuvimos una última visión sobrecogedora: unos paneles de arcilla en la pared con varios moldes de las manos que recuerdan a las palmas que dejaron marcadas con pimentón las mujeres que acompañaron al marajá en su último viaje. Fue en 1843, cuando su marido murió, sus viudas debieron acompañarle a sus respectivas piras funerarias. Allí dejaron testimonio de su último transitar por aquellas inmensas puertas…

Fortaleza Mehrangarh, Jodhpur (India, 2007)

 

Fortaleza Mehrangarh, Jodhpur (India, 2007)

Así fue. ¿Qué debieron pensar mientras sus sirvientes las miraban desde las ventanas del palacio? ¿Qué debieron sentir mientras eran empujadas por su destino hacia la muerte? En este día en que celebramos el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, debemos recordar aquello que en 1993 la Asamblea General de las Naciones Unidas definió como “violencia contra la mujer”:

Todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado 
posible o real un daño físico, sexual o psicológico, incluidas las amenazas, 
la coerción o la prohibición arbitraria de la libertad, 
ya sea que ocurra en la vida pública o en la vida privada. 

Esta no es sólo una declaración, es una realidad. Hechos que cada día se repiten y hieren para siempre y de manera permanente a cientos de mujeres en el mundo. Situaciones que todavía hoy son invisibles para la mayor parte de nuestras sociedades.

SIETE DÍAS EN EL VALLE DE KINNAUR, SATLUJ Y SANGLA (II)

SIETE DÍAS EN EL VALLE DE KINNAUR, SATLUJ Y SANGLA (II)

Recorrimos el valle del río Satluj tras descender los 17 km de la carretera que lleva a Sarahan, mientras este pueblo se quedaba encaramado allá en lo alto. Nuevamente nos encontrábamos en la famosa vía del Indostán que une la India con el Tibet. Es una preciosa carretera, tallada en la propia montaña como si una oruga minadora hubiese ido horadando un camino con vistas al exterior.

Las paredes verticales se elevaban majestuosas y, en algunos tramos, nos parecía imposible poder pasar por allí. Nuestro experimentado chofer maniobraba cuando coincidíamos en algún tramo estrecho con un camión o un autobús. En los puentes debíamos respetar el turno para poder cruzar y nosotras aprovechábamos para pasear, tomar fotos o observar los árboles enganchados a los riscos cual equilibristas.

Valle de Kinnaur (India, 2007)

Un poco antes de llegar a Watlug, el valle empezó a transformarse en un gran hormiguero que bien podría haber servido de escenario al infierno de Dante. Cientos de máquinas y miles de personas trabajaban entre el polvo y las piedras contruyendo ingenios hidráulicos para obtener la electricidad que el país necesita. Entre el polvo, camiones, excavadoras, cemento y hormigón,  hombres, mujeres y niños, todos menuditos, envejecidos por el sufrimiento y la resignación, trabajaban como picapedreros incapaces de imaginar una vida mejor. Bebés destinados ya a ese futuro dormían sobre las espaldas de sus madres que trituraban las piedras con simples mazas. Hombres y mujeres transportaban las piedras sobre sus espaldas. Ayudaban así en la perforación y construcción de largos túneles de hasta 7 km por donde se canalizará el agua a gran presión que llegará hasta las modernas centrales hidroeléctricas.

Cerca de Karcham (India, 2007)

Aquella visión fue como encontrarnos delante de una obra de la magnitud de las grandes pirámides de Egipto o de la Gran Muralla china en el siglo XXI. Allí las personas eran simples herramientas utilizadas en beneficio de una nación que necesita energía y la obtendrá gracias al esfuerzo de tantos desconocidos, innombrados y olvidados. De todo esto no hablaba nuestra guía para turistas occidentales que “vamos por libre”. Tantas vidas sacrificadas como las hormigas y las abejas hacen por su comunidad. Por menos de 2000 INR (40 €) al mes trabajaban para las empresas, algunas de ellas europeas, que llevaban a cabo esta obra faraónica ¿No podrían ofrecerles al menos lugares dignos donde vivir, escuelas para los niños, un lugar donde entretenerse en sus escasas horas de descanso e impedir que tuvieran que guarecerse bajo chapas de hojalata cuando diluvia, sopla el viento o el sol abrasa el valle?

Tirolinas para cruzar el gran valle (India, 2007)

Cubiertas de polvo seguimos trayecto hacia Karcham donde uno de esos inmensos túneles lanzaba millones de litros de agua junto a la central hidroeléctrica.  Iniciamos el ascenso hacia el valle del río Baspa. El paisaje fue mejorando y la serpenteante carretera nos regalaba imágenes indescriptibles. Nos cruzamos con autobuses llenos de gente, hasta el techo servía de asiento y nos preguntábamos cómo eran capaces de soportar sin miedo aquel trayecto junto al enorme precipicio. Preciosas casas se encaramaban en las laderas, con sus tejados de pizarra, rodeadas de pequeños huertos. Ante nosotras se abrió el inmenso valle y, al fondo, el macizo del Kinner Kailash (6.050 m) se elevaba sobre Sangla, un tranquilo y acogedor pueblo tibetano.

Vista del Valle del Río Baspa desde Kamru (India, 2007)
Huertos en el valle del río Baspa (India, 2007)
Tejados típicos en el valle del río Baspa (India, 2007)

Es evidente que tanto cultural como geográficamente, esta región es nepalí. El hinduismo se infiltra en sus constumbres y creencias pero su origen les une a los pueblos del Nepal. Sus habitantes, incluso siguen las telenovelas del país vecino: sus telenovelas nos recordaban a las películas de Manolo Escobar o Alfredo Landa; historias de amores y envidias rodadas en las altas estepas de la cordillera y siempre acompañadas de canciones pegadizas.

En el valle del río Baspa (India, 2007)

En Kamru, antigua capital del Imperio Bushahr que gobernó Kinnaur, recorrimos sus inclinadas calles. ¡Qué casas tan bonitas! Sus tejados de pizarra estaban cubiertos de albaricoques puestos a secar para después conservar o hacer licores. Las puertas talladas, las paredes de granito y algunos detalles pintados en colores daban al lugar un aspecto muy alegre y acogedor. En la plaza varios obreros y carpinteros trabajaban afanosos y nos miraban como si fuesemos extraterrestres. Seguimos ascendiendo hacia el templo entre huertos llenos de flores de calabaza y de “morning glory”, por todas partes crecían matas de marihuana que es allí una malahierba silvestre.

Kamru, albaricoques en los tejados (India, 2007)
Para poder entrar al Templo de Kamakhya Devi, del siglo XV, debimos ponernos los tradicionales gorritos de fieltro verde que utilizan habitualmente en este lugar, además de descalzarnos y atarnos una cinta de trapo a la cintura, según indican las normas del decoro. El amable y simpático militar que controlaba el acceso nos hizo saber las normas y nos advirtió que estaba prohibido entrar a las mujeres que tenían la menstruación.
Kamru, Templo de Kamakhya Devi (India, 2007)
Kamru, Templo de Kamakhya Devi (India, 2007)
Por supuesto que, el destino se alió con nosotras en aquellos días, o quizá no, pero confiamos no haber perturbado la paz de los moradores de aquel viejo rincón del mundo…
Para finalizar nuestra estancia en el valle de Sangla visitamos el Templo de Bering Nag y los bosques cercanos donde majestuosos árboles nos acompañaban. No cabía más que reverenciarlos, que observarlos detenidamente, sin prisas y pasear tranquilas, al ritmo que debieron crecer durante siglos.
Alguna de las casas más humildes en Kamru (India, 2007)

 

Kamru, Templo de Kamakhya Devi (India, 2007)
Bosques en el valle del río Baspa (India, 2007)

Para continuar nuestro viaje hasta Racksham y Chitkul nos vimos obligadas a dejar nuestro coche porque una avalancha de piedras, tierra y agua había destrozado uno de los puentes y varios tramos de la carretera. Cuando llegamos hasta allí quedamos paralizadas ante las toneladas de sedimentos allí acumulados. Seguimos a pie los dos kilómetros que nos separaban del pueblo y nos alojamos en casa de un simpatiquísimo nepalí que nos esperaba con una aromático té. Era además un cocinero excelente y aquella noche saboreamos sus platos vegetarianos gustosamente.

De camino a Raksham (India, 2007)
De camino a Chitkul (India, 2007)

Chitkul no estaba demasiado lejos pero, nuevamente, debimos caminar unos 10 km bajo la lluvia para lograr nuestro objetivo. Tuvimos que cruzar torrentes de aguas bravas y acúmulos de barro y troncos pero mereció la pena ele sfuerzo. Llegamos empapadas, una familia nos ofreció comer en su casa. Sobre una enorme cama nos relajamos tras quitarnos la ropa húmeda. Allí mismo nos sirvieron un excelente té azucarado con cardamomo y pimienta. Fuimos entrando en calor y degustamos aquellas lentejas con arroz exquisitas que aún recuerdo y que nos ayudaron a recuperar las fuerzas suficientes para visitar el pueblo y sus templos.

Nuestro almuerzo en Chitkul (India, 2007)
Chitkul (India, 2007)

Nos encantó compartir unos minutos con unos artesanos meticulosos que trabajaban la madera y la plata de modo impecable. Los campesinos recogían la cosecha, acumulaban leña, las vacas pacían y los niños correteaban por todas partes. Como siempre, las mujeres se llevaban la peor parte, además de trabajar intensamente llevaban adelante el cuidado de la casa y de sus hijos.

Chitkul (India, 2007)
Artesano en Chitkul (India, 2007)
Chitkul (India, 2007)
Chitkul (India, 2007)
Regresamos de nuevo a pie hasta el lugar donde nos esperaba un jeep. Disfrutamos del paisaje que se nos ofrecía majestuoso. Los torrentes bajaban con fuerza desde las montañas cargados de las aguas de los glaciares. A pesar de que varios puentes habían desaparecido la vida seguía pues era necesario prepararse para sobrellevar el otoño y el invierno que ya se anunciaban.
Proximidades de Chitkul (India, 2007)
Proximidades de Chitkul (India, 2007)

Nos preguntábamos cómo los 600 habitantes de aquel poblado lograban sobrevivir cada año a la dureza de los fríos meses de invierno. Nosotras regresábamos nuevamente rumbo al sur. Sin duda, dos mundos muy diferentes entre sí, en un mismo país cuya población crece desmesuradamente condicionando la vida tranquila de los habitantes de estos aislados valles. No sé si regresaremos a India pero, sin duda, a cualquier viajero recomendaría conocer estos profundos valles únicos y casi inalcanzables.

Torrentes en el valle del río Baspa (India, 2007)
SIETE DÍAS EN EL VALLE DE KINNAUR, SATLUJ Y SANGLA (I)

SIETE DÍAS EN EL VALLE DE KINNAUR, SATLUJ Y SANGLA (I)

 

Habíamos llegado a Shimla  (hindu शिमला, panjabi ਸ਼ਿਮਲਾ) después de un largo y dificultoso viaje en tren y bus desde Nueva Delhi. Los monzones arreciaban la cara suroeste de la cordillera del Himalaya y debimos permanecer varios días en la ciudad. La capital del estado de Himachal Pradesh es conocida por haber sido el lugar de retiro y descanso veraniego de las familias adineradas durante la época de la colonización Británica. Aquí se retiraban cuando el calor y la humedad eran sofocantes en las planicies meridionales. 

Nos hubiera gustado llegar hasta aquí en el legendario tren que recorre las escarpadas laderas de estas montañas, pero las avalanchas de tierra y agua habían arrastrado varios tramos. 

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Tomado de http://en.wikipedia.org/

Finalmente subimos a un autobús que durante 4 horas escalofriantes fue recorriendo los 90 km de carretera que separaban Chardigarh de Shimla. Íbamos con el corazón en un puño al observar por la ventana las toneladas de tierra y árboles que el conductor iba sorteando con gran habilidad. De vez en cuando mirábamos en la tele la película “bolibudiense” donde jóvenes de amplia sonrisa bailaban y reían en un mundo irreal.

http://www.luventicus.org/mapas/india/regiondeloshimalayas.html

El 15 de agosto se celebraba en la ciudad el 60 aniversario de la Independencia y fue toda una experiencia observar a las familias paseando con sus galas de domingo, tranquilos, tomando dulces y helados en la calle principal, conversando unos con otros. Los grupos de chicos jóvenes caminaban de la mano, las chicas iban con sus padres o su esposo. Las familias de origen tibetano, muy diferentes en sus rasgos y atuendo, disfrutaban también del momento. Nosotras mirábamos pero también nos sentíamos observadas, se reían y mostraban evidente curiosidad.

Shimla (India, 2007)

Finalmente nos decimos a contratar una excursión por los valles altos de la región. Era muy recomendable alquilar coche y conductor y así lo hicimos. Queríamos descubrir los grandes valles glaciares, las grandes montañas y las aguas salvajes de la cabecera de los ríos. Queríamos disfrutar observando el cielo, los paisajes y las gentes de aquellos lugares majestuosos.

Cerca de Shimla (India, 2007)

Llegar hasta Sarahan nos hizo sentirnos nuevamente orgullosas de haber emprendido ese viaje a la India. Está situada a 2.313 m.s.n.m. y para llegar a ella hay que recorrer 172 km por carreteras espeluznantes de vistas increibles. Los bosques de cedros y otros árboles imponentes se alzaban altivos entre pequeñas plantas que florecían como con prisas, sabedoras de que el buen tiempo dura poco en aquellas tierras.

Valle de Kinnaur (India, 2007)
Parada de camino a Sarahan (India, 2007)

Campos y más campos cultivados, montañas aterrazadas llenas de manzanos rebosantes de sus frutos verdes y rojos. Coles por todas partes, girasoles, perales que esperaban ya la cosecha, grandes cascadas y, en el fondo del valle, allá en la profundidad, un poderoso río de aguas embravecidas. Nunca antes habíamos visto un valle fluvial tan inmenso, de paredes verticales y terrazas aluviales tan enormes. En todas partes había aldeas o casas aisladas, pequeños huertos y algún rebaño.

Excursión al Hatu Peak (India, 2007)

En Sarahan los niños corren felices por las calles. Sus habitantes son humildes y agradables, siempre con una sonrisa y de fácil trato. A pesar de nuestra dificultad para comunicarnos con ellos -pues desconocíamos su idioma- siempre nos sentimos cómodas y relajadas. Nos alojamos en las habitaciones que los monjes alquilan junto al templo de Bhimakali. Por un precio ínfimo dispusimos de una amplia habitación con baño incluido. 

Sarahan (India, 2007)
Sarahan, reconstrucción de la torre (India, 2007)
Señora en el templo de Sarahan (India, 2007

De vez en cuando oíamos la campana que los feligreses tocaban al acceder al patio central. Construido en “gótico hindú”, su belleza radica en la manera de colocar las vigas de madera creando un entramado con los bloques de granito. Así se consigue un “efecto antisísmico”. En la gran torre, algunos carpinteros se esforzaban por afianzar y arreglar los desperfectos de un reciente terremoto. Los tejados de grandes losas de pizarra gris, los artesonados y tallas de madera, junto con el cuidado y limpio jardín, hacían del lugar un espacio único. Por la mañana nos despertaban los cantos de las oraciones monótonas y repetitivas que anunciaban el nuevo día. Se respiraba tanta serenidad en aquel lugar que no nos hubiésemos ido nunca…

Sarahan (India, 2007
Sarahan (India, 2007

La sabrosa comida vegetariana que tres mujeres cocinaban en un pequeño cuartito hacía las delicias de los pocos visitantes y las gentes del lugar. Con un estilo, un ritmo y una pulcritud admirables -pues disponían de muy pocos medios- elaboraban unos deliciosos “noodles non spice” -que por supuesto sí eran spice-, una tortilla de perejil, empanadillas al vapor, pan chapati y delicioso té con ginger. Nos encantaba observar el orden en los estantes de la pared y el cuidado con el que habían colocado las hojas de viejos periódicos para albergar sus utensilios adecuadamente.

Sarahan (India, 2007
Sarahan (India, 2007
Sarahan (India, 2007

Divisábamos las enormes montañas del macizo del Kinnaur Kailash (6.050 m) y el Sirikand Mamadeu (5.227 m) y nos preparábamos para el siguiente trayecto en jeep. Antes recorrimos los alrededores de Sarahan y observamos al “prior” del templo mientras hacía sus tareas. La humedad de la mañana era muy agradable. Las nubes se iban dispersando. Un largo viaje nos esperaba y estábamos llenas de energía para seguir difrutándolo.

Detalle del tejado del templo de Sarahan (India, 2007

 

FROM DELHI TO KALKA

FROM DELHI TO KALKA

Cada vez que mi mente viaja a India se remueven en mí todos los sentimientos contradictorios que sentí durante los 30 días que recorrimos el noroeste de aquel país. India es uno de los destinos más atractivos del mundo: su cultura, su historia, sus religiones, sus paisajes… Todo llama al viajero. Pero todo viajero sabe, antes de viajar a India, que deberá lidiar con muchas situaciones difíciles debido a los enormes desequilibrios sociales entre las personas que allí conviven. Los visitantes digieren estas situaciones de múltiples maneras: todas ellas son comprensibles y aceptables, probablemente todas son humanas. 

Para nosotras fue probablemente la experiencia viajera más dura, fue un esfuerzo psicológico permanente y, en absoluto fueron “vacaciones”. Debió pasar mucho tiempo, tras nuestro regreso, para poder hablar sobre aquel viaje. En nuestro álbum fotográfico hay testimonio de un país fantástico, colorista, diverso, bello… Todo lo horrible y macabro sólo quedó en la retina de nuestros ojos, en nuestro cerebro.

Jodhpur (India, 2007)
Hoy he decidido hacer una nueva catarsis, creo que antes de escribir sobre aquellos lugares fantásticos, debo purgar el dolor que sentí, el sufrimiento que vi. Nunca me atrevería a recomendar a nadie a viajar a aquel país aunque sé que merece la pena hacerlo. No sé si regresaré, aunque me encantaría, pero no sé si seré capaz de pisar de nuevo aquellas calles, de cruzar la mirada con aquellas personas.
Jodhpur (India, 2007)
Hacía casi dos semanas que viajábamos por India. Habíamos recorrido una gran parte del enigmático Rajastan -pronto os describiré sus ciudades- y estábamos de nuevo en Delhi. Planeábamos la siguiente etapa de nuestro viaje y esta vez queríamos acercarnos a las estribaciones del Himalaya en busca de los pueblos de influencia nepalí. El Monzón llovía con fuerza y la lluvia nos paró los pies en Chandigarh. Estábamos cansadas, aturdidas por las sensaciones, por la visión de ese país hundido en la podredumbre, en la miseria, en el horror, en la negación de lo humano… Cuando los seres humanos perdemos nuestra capacidad de empatizar con el otro, nos depravamos hasta límites insostenibles, inimaginables. No hace falta ir hasta allí, no quiero decir que sólo ocurra allí, pero allí esto es evidente por todas partes…

Jaipur (India, 2007)
Durante días intentamos asimilarlo, digerirlo, aceptarlo, entenderlo, pasarlo por alto, asumirlo… Acabamos por meternos en nosotras mismas, ni si quiera hablábamos de ello entre nosotras. Las tres reflexionábamos, cada una conversaba consigo misma, pero no fue hasta que subimos a aquel tren en dirección a Kalka que todo explotó. El Shatabdi Express era un tren cómodo que salía de Delhi a las 7:40. Esperábamos en el andén 1. Mucha gente esperaba mientras otros dormían en el suelo. Las vías llenas de porquería, ratas que buscaban alimento. Todos esperábamos allí, con normalidad… ¡menuda normalidad!

Chandigarh (India, 2007)
El tren se puso en marcha y entonces empezó nuestra bajada a los infiernos. Centenares de personas se apiñaban junto a las vías, vivían a la intemperie, bajo los puentes, bajo los plásticos, rodeados de basura y excrementos, de aguas negras. Perros tristes y pulgosos. Niños sucios que hacían caca junto a las vías, hombres que orinaban a la vista de todos, perdidos, solos, abandonados, olvidados, olvidados de ellos mismos… Fue entonces cuando rompimos a llorar y viajamos durante aquel tiempo desahogándonos. Purgando nuestro dolor e incomprensión. Poco a poco, como una fuente que vuelve a manar después de mucho tiempo, cada una de nosotras se fue desahogando, recordando anécdotas puntuales que le habían herido el alma.
Chandigarh (India, 2007)
Llegamos a Chandigarh y allí se detuvo el tren, durante demasiado tiempo. Llovía, seguía lloviendo. Nosotras ya no llorábamos. Finalmente comprendimos que no llegaríamos a tiempo a Kalka para tomar el tren Himalayan Queen hasta Shimla. Las lluvias habían arrancado una parte de las vías. Los corrimientos de tierra habían cubierto las carreteras. La región del Himachal Pradesh estaba incomunicada, debíamos detenernos y hacer nuevos planes. No teníamos prisa. Podíamos esperar, estos son los grandes problemas de nuestra vida. Por duras que sean nuestras experiencias personales, ninguna puede equipararse a las que viven tantas gentes en el mundo a cada instante.

Nueva Delhi (India, 2007)
Días más tarde logramos llegar a Shimla y allí disfrutamos de varias jornadas en un entorno inigualable acompañadas por gentes encantadoras que, alejadas del mundo urbano, vivían vidas duras y sencillas pero dignas. Esa fue otra etapa de aquel viaje tan especial…
PING-YAO, DE CAMINO A XI’AN

PING-YAO, DE CAMINO A XI’AN

Cuando planeábamos nuestro viaje a China nos sentíamos algo preocupados pues era la primera vez que visitábamos el continente asiático. Viajar un mes, por libre, por un país en el que idioma y cultura son tan diferentes puede ser una limitación para muchas personas. Para otras representa el mejor estímulo. Nosotros nos encontrábamos en el término medio: nos atraía la curiosidad pero, a la vez, sentíamos cierto miedo ante lo desconocido.
Ping-Yao (China, 2005)
Empezamos a planear nuestro viaje con tiempo y tranquilidad. Únicamente sabíamos que íbamos a pasar las primeras noches en Beijing y que, un mes más tarde, nos esperaba un avión en Shanghái para regresar a casa. Cuando planeas un viaje, contar con amigos que conozcan el país en profundidad resulta una gran ventaja. En nuestro caso tuvimos la suerte de poder consultar a un amigo que ha vivido mucho tiempo allí y nos animó desde el primer momento a visitar el país por nuestra cuenta asegurándonos que, sin duda, encontraríamos amabilidad y facilidades.
Ping-Yao, Shuanglin (China, 2005)

Visitar Ping-Yao fue una de sus recomendaciones. De camino a Xi’an este pueblo aparece como testimonio de lo que fueron aquellos pueblos de las dinastías Ming y Qing, aquellos que debió conocer Marco Polo en sus viajes a Oriente. Es una ciudad antiquísima aunque su diseño actual data del siglo XIV. Su preciosa muralla cuyo perímetro recuerda a una gran tortuga, sus seis enormes puertas y sus preciosas setenta torres, son el envoltorio ideal para este lugar que en 1997 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Beijing, Estación Oeste (China, 2005)

Para llegar hasta allí tomamos un tren nocturno en la moderna y enorme Estación Oeste de la capital china. Por momentos pensamos que seríamos incapaces de encontrar nuestro andén pues los indicadores luminosos sólo mostraban en chino los destinos y tipos de tren. Los viajeros nacionales nos observaban con una mirada entre la extrañeza y la burla mientras nosotros intentábamos orientarnos ante aquellas indicaciones que nos parecían un jeroglífico indescifrable.


En tren nocturno hacia Ping-Yao (China, 2005)
Finalmente conseguimos descubrir que nuestro tren nº2519 salía del andén 6 en la puerta 9 a las 19:43 horas. Como siempre ocurre en China, había muchísima gente esperando pero por gracia de su “sistemática cultura ancestral”, todos subimos organizadamente al larguísimo tren y nos ubicamos en nuestras literas. Los vagones eran amplios, las camas cómodas y limpias. Atestados de gente, el ambiente en los vagones era agradable. Familias que viajaban con sus niños, algún que otro turista, todos parloteaban  sin cesar.
Ping-Yao, (China, 2005)
El viaje duró doce horas y llegamos a la estación cuando aún la humedad de la mañana refrescaba el ambiente en aquella polvorienta ciudad. Nos alojamos en el albergue Tian Yuan Kui en la calle Qin Ming. Las habitaciones mantenían el encanto de la antigua casa donde nos alojábamos, las inmensas camas algo elevadas y muebles bellamente decorados.

Ping-Yao, hostal Tian Yuan Kuin (China, 2005)
Nos sentimos fascinados por las calles adoquinadas de la ciudad. Era tan bonita y genuina, tan agradable por su arquitectura donde la arcilla y la madera de color negro propiciaban un ambiente solemne. El contraste con los faroles y otros adornos de color rojo creaban una imagen elegante y tradicional. De pronto te sentías llevado a un espacio bellísimo, pero también íntimo y  asfixiante, en el que vivían las mujeres  protagonistas del mundo que aparece retratado en películas como La linterna rojade Zhang Yimou (1991).
Ping-Yao, hostal Tian Yuan Kuin (China, 2005)
El mundo transcurre lentamente en Ping-Yao. En los diversos talleres se siguen desarrollando oficios al modo tradicional. Los pequeños puestos de verduras aparecen aquí y allá. Los ancianos se encuentran a charlar en las puertas de las casas o a jugar a las damas en las aceras. Los niños juegan libres y recorren las calles en sus viejas bicicletas. Por la noche, los farolillos rojos iluminan tenuemente las calles y la gente se recoge a sus casas a descansar.

Ping-Yao (China, 2005)
El negocio de los tejidos en el siglo XVIII hizo prosperar a los habitantes de esta ciudad. Aquí surgieron los primeros tongs o bancos en la antigua China. Hay gran cantidad de templos, museos y casas históricas que dan testimonio del esplendor económico de esta ciudad.

Ping-Yao, vendedor en la calle (China, 2005)
Ping-Yao, peluquería (China, 2005)
 Los habitantes de esta región no hablan chino-mandarín sino otra variedad llamada jin. Es una de las cosas que más te llaman la atención en aquel inmenso país: la enorme diversidad cultural que existe y que, por desgracia, desde el poder dominante se lleva siglos queriendo eliminar. La situación más alarmante se ha producido en el Tibet pero hay ejemplos en todo el territorio chino que son realmente preocupantes. Es una de las lacras de la humanidad, la necesidad que el poder experimenta por impedir las manifestaciones culturales y lingüísticas de otros habitantes. Esto no es más que consecuencia de su ignorancia y escasa sensibilidad y, sin embargo, está provocando una gran pérdida de diversidad cultural en la humanidad.
Ping-Yao, zapatería (China, 2005)

Ping-Yao, jugando a las damas (China, 2005)
Ping-Yao, puesto de verduras (China, 2005)
A las afueras de la ciudad se encuentra el monasterio budista más antiguo del país: Shuanglin. Llegar allí fue divertido, montados en un remolque arrastrado por un cacharro que emitía gases pestilentes y cuya velocidad era menor que nuestro caminar. En aquel momento el estado de los edificios era algo deplorable pero mantenía su encanto y solemnidad. Las estatuas en terracota de los guardianes y de buda pintadas aunque decoloradas eran de una llamativa expresividad.   Los detalles en la construcción y los elementos históricos otorgan a este lugar un valor incalculable. Algunas personas rezaban, colocaban barritas de incienso o limpiaban los patios y jardines. Mientras recorríamos aquellos salones y patios nos fue inundando la paz reinante en aquel lugar.

Ping-Yao, Shuanglin (China, 2005)
Ping-Yao, Shuanglin (China, 2005)
Ping-Yao, Shuanglin (China, 2005)















De regreso a nuestro hostal nos preparamos para proseguir nuestro viaje. Sentados cómodamente en la calle, esperando el momento de partir, aprovechamos para merendar aquella maravillosa manzana caramelizada que hizo las delicias de nuestro paladar. Rebozada y frita magistralmente, bañada en caramelo ardiente, degustamos cada trocito con la inseguridad del que no está habituado a comer con palillos. 
Ping-Yao, recorriendo la muralla (China, 2005)
Ping-Yao, regresando de Shuanglin (China, 2005)
Repetimos el ritual de humedecer en agua fría cada pedazo con el fin de enfriar y cristalizar el caramelo. Memorizamos aquel sabor que aún hoy recuerdo y celebramos la buenaventura de nuestro viaje.

Ping-Yao, (China, 2005)
Con este recuerdo dulce os deseo un feliz año nuevo. Hace unos días así lo celebraban en China. Comienza el año del Caballo. Suerte a todos y a seguir soñando.

Ping-Yao (China, 2005)

Ping-Yao (China, 2005)
Ping-Yao (China, 2005)
VARANASI, UN LUGAR DONDE ESPERAR LA MUERTE    

VARANASI, UN LUGAR DONDE ESPERAR LA MUERTE    

Llegamos a Varanasi (Benarés) en nuestro comodísimo avión “gran burbuja”. En el aeropuerto nos esperaba un taxista de origen nepalí que nos llevó por aquellas calles de tránsito indescriptible: motos, bicicletas, rickshaws, coches, personas, animales…, polución, calor, sudor, olores.. Nos fuimos impregnando de todo aquello mientras observábamos aquella estampa tan habitual en la India.   

Varanasi (India, 2007)

Por fin nos introdujimos en las estrechas calles del barrio antiguo hasta que debimos descender del auto pues sólo eran transitables en bici, en moto o a pie. A mis pies tuve que observar una de esas escalofriantes imágenes a las que no pude nunca acostumbrarme y que me hacen recordar de modo agridulce aquel viaje. Una mujer estaba sentada en el suelo, con los pechos al aire, un trapo envuelto en su cintura y rapada su cabeza. Llacía allí, en medio del caos. Era una prostituta, la policía les rapa la cabeza cuando las detienen, para “marcarlas”, pues el que las mujeres tengan el pelo largo es un signo de decencia… Es terrible, en aquel lugar donde tanta gente sufre, las mujeres y los niños siguen padeciendo aún más los males de la pobreza y del machismo que se combinan creando el peor de los infiernos.

Varanasi (India, 2007)
Varanasi (India, 2007)


Con esa imagen en mi mente nos introdujimos en las callejuelas donde todo parecía más tranquilo: la gente conversaba en los portales, en los pequeños puestecillos vendían de todo, los niños jugaban y las boñigas de vaca “asfaltaban” el pavimento.  

Varanasi (India, 2007)

Nos alojamos en el hotelito Shiva Ganges View, justo frente al Ganges. Desde la habitación se observaban unas espectaculares vistas de la curva del gran río. El agua, de un color marrón pastoso, fluía hacia el norte. Estábamos junto al Manasrrowar Ghat. Un rebaño de enormes búfalos negros tomaban un baño mientras su pastor les lavaba con mimo, les rascaba la cabeza y les masajeaba.   

Varanasi (India, 2007)

Es realmente complicado rememorar las experiencias allí vividas. En Varanasi está la esencia de la India, nada te deja indiferente, todo tiene un gran poder de atracción. Es una ciudad caótica, fácilmente criticable, pero hay que olvidarse del caos, de la suciedad, de la contaminación y observar tranquilamente la bulliciosa vida a orillas del Ganges. Aquí confluyen dos ríos, al norte el Varuna, al sur el Assi. Según me contaron, en el primer libro sagrado de los hindúes, el Veda, se le da este nombre qué significa “el lugar que atrae a todo el mundo”. Parece que ya existía en el año 3.000 a.C.    

Varanasi (India, 2007)

El río Ganges está fuertemente contaminado. Los planes para su saneamiento han fracasado. Antiguamente se le atribuía una pureza legendaria, hoy está plagado de desechos químicos, de fertilizantes, de bacterias y de restos fecales que superan en decenas los límites permitidos.   

Varanasi (India, 2007)

Varanasi es especial, es una mezcla tan grande de sensaciones, de colores, de gentes, de templos, de olores, de miradas…, de agua, de humedad, de jacintos flotando.. Los niños se bañan y disfruta de sus juegos, los hombres “lavan” la ropa, las mujeres se “asean”, los peregrinos hacen las abluciones, los enfermos esperan la muerte. Según la tradición hindú, quien muere en Varanasi queda liberado del eterno ciclo de las reencarnaciones: su alma será libre para siempre. Es por ello que ancianos y enfermos acuden hasta allí. También por ello los maharajás construyeron suntuosos palacios donde descansar cuando se acercara su final.   

Varanasi (India, 2007)

Probablemente, para cualquier extranjero, resulta en gran medida incomprensible. Todo va más allá de la racionalidad, del “sentido común”, depende de la fe, de la costumbre, de la cotidianeidad, de la realidad social… Sin duda resultó una experiencia especial aunque, si os soy sincera, no creo ser capaz de repetirla. Nos sentimos muy extrañas allí. Sin querer te introduces en la vida de los demás, en su privacidad. Intentamos observar sin dejar de ser conscientes de que todo aquello que estábamos viendo era real. Allí sentadas en una barca, mientras éramos observadas y observábamos, nos dejábamos introducir en un espectáculo que se ha convertido en una atracción turística y nos negamos a cruzar una frontera que muchos turistas cruzan. No fuimos capaces.   


Varanasi (India, 2007)

El ambiente era bochornoso, humedad y calor intensos, casi no se distinguía el horizonte entre el Ganges y el cielo. Las cenizas flotaban en el río, entre caléndulas y restos de las hogueras. Algunas personas rezaban, otras meditaban. Por la mañana, la mayoria se lavaba para después ir al templo y, más tarde, a trabajar. Cuando salió el sol todo se llenó de color. Mucha gente se bañaba, hablaban, reían y hacía los rituales del amanecer.   

Rituales de la mañana en Varanasi (India, 2007)
Por la noche salimos a navegar y descendimos el río en dirección norte. La orilla occidental bullía de actividad, los preciosos palacios abandonados y los templos, creaban una cuadro indescriptible. En el Ghat Dasashwamedh había mucha gente. Es el principal lugar de encuentro para las abluciones de la mañana. Cerca está el templo Vishvanath por lo que mucha gente acude allí antes de sus rezos. Seguimos navegando y llegamos al Ghat Manikarnika que es en el que se realizan la mayor parte de las incineraciones. Dicen que en este lugar el fuego no cesa nunca. Grupos de hombres esperaban tranquilos junto a su difunto envuelto en un sudario blanco, dispuesto sobre una camilla de bambú y cubierto de caléndulas de intensos colores. Fue muy incómodo introducirnos en la vida de aquellas personas. Algunos familiares preparaban a sus difuntos, les lavaban la cara y los pies; otros amontonaban las piras de leña, varias hogueras ardían intensamente… Un “tipo cazaturistas” se metió en nuestra barca e intentó convencernos para bajar y acercarnos a las hogueras. En realidad, aquel lugar está reservado para los hombres, las mujeres de la persona fallecida quedan en casa, sin embargo, las turistas si podemos entrar y pagar unas rupias a cambio. Nos pareció tan terrible ver como otros accedían…   


Preparándose para la noche en Varanasi (India, 2007)

Mientras, los indios allí sentados entre las piras funerarias transmitían una enorme sensación de serenidad. Ellos conviven con la vida y la muerte con naturalidad. Fue una gran lección de vida para nosotras. Mientras queman a sus difuntos, la vida sigue. Hacen sus ritos y viven plenamente conscientes de que esperan lo mismo y de que, tras las muerte, habrá una vida mejor. Esto también les lleva a vivir con una resignación insoportable para nosotras, a asumir la injusticia, a aceptar un presente nefasto para ellos mismos y una gran parte de sus conciudadanos. Pero es inevitable intentar ponerse en su lugar: cuando uno vive en condiciones tran precarias, es comprensible desear algo mejor en una próxima vida. Mientras, nosotras, nos sentíamos tan afortunadas, tan llenas de vida en medio de tanta muerte, tan sanas en medio de tanta enfermedad, tan limpias en medio de tanta suciedad, tan respetadas… Que no podíamos permitirnos desear algo mejor. 

Varanasi (India, 2007)

Se necesitan 300 kg de madera para asegurar la cremación completa en unas tres horas. Si la madera es de sándalo, el tiempo se reduce a dos horas. Cuando el cuerpo arde, se dice que los cinco elementos que lo forman regresan cada uno a su lugar, gracias al fuego. Es el primogénito del difunto quien prende la hoguera dando cinco vueltas a su alrededor. Por supuesto, no todas las familias disponen de recursos para pagar los 300 kg de madera. Por ello, no siempre la incineración es completa. Sea como fuere, los restos son lanzados al gran río sagrado…     

Abluciones de la mañana en Varanasi (India, 2007)

Regresemos al hotel compungidas, abrumadas por la visión de aquel mundo en el que conviven la serenidad y la eternidad junto a la inmundicia y la precariedad. La luna se elevó preciosa mientras nosotras intentábamos asimilar lo que habíamos visto.   

Santones en Varanasi (India, 2007)

Nuestra última tarde la pasamos tranquilas en la terraza del Lotus Lounge Restaurant. Un lugar precioso junto al río, lleno de flores. Era extraño estar allí, en aquella “isla”, sabiendo que la miseria nos rodeaba por todas partes. Pero también oíamos las risas de los niños jugando. Reflexionábamos. Probablemente fue en aquella ciudad de la India en la que más relajadas nos sentimos. Por encima de lo que tenemos, de lo que somos, de lo que padecemos, está la asumción de nuestra realidad y del mundo en el que hemos nacido, del lugar en el que vivimos. Nuestra realidad, sea cual sea, es la nuestra y nadie puede arrebatárnosla. Valga un recuerdo para aquellos que apreciándola, se niegan a aceptarla y luchan por mejorar la situación de las personas que viven en aquellas circunstancias.

Varanasi (India, 2007)

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