Poco a poco, durante estos días, hemos empezado a pensar en la nueva etapa del viaje que pronto iniciaremos. Buena prueba de ello es que hemos empezado a preparar el equipaje, ya que en las Galápagos, previsiblemente, no nos hará falta nuestra ropa de abrigo y pensamos dejarla en Guayaquil, junto con otras pertenencias, con la intención de recogerlo todo en nuestro viaje de regreso a casa. De entre nuestro equipaje, no obstante, hemos apartado la ropa de abrigo de Ferran para dársela a Juani, nuestra vecina en Coyo, puesto que le vendrá muy bien para cuando su bebé de dos meses haya crecido y corretee por el ayllu entre juegos y caídas. Juani tiene una existencia humilde.

También lo ha hecho su marido, que ha venido esporádicamente durante las últimas dos semanas. Este tipo de relación entre marido y mujer, marcado por la distancia y la ausencia, parece bastante habitual en este lugar. Las mujeres viven solas o se hacen compañía mútuamente, al tiempo que se encargan de todo.
Ayer aceptamos su reiterada invitación a visitar a sus dos cabritas, para que los niños pudiesen verlas. Cada mañana va con su bebé hasta el campo donde las tiene encerradas y las suelta para que pasten. Allí nos explicó orgullosa que durante el embarazo se había alimentado con la leche de estos animales, para fortalecer su cuerpo. Imaginamos que su alimentación no debe ser demasiado variada, ya que es evidente que no maneja dinero. Probablemente, ella y la anciana subsisten con lo poco que les da el campo y con los huevos de sus gallinas.

Por mucho que los índices macroeconómicos apunten en el sentido de un claro desarrollo del país, lo cierto es que a lo largo de todo nuestro viaje  hemos visto muchas mujeres como ella, viviendo en condiciones semejantes, lo cual demuestra que el presunto desarrollo económico dista mucho de alcanzar a todo el mundo. Es una existencia humilde, muy humilde.

Pero no todo es negativo. Esta humilde y sencilla manera de vivir tal vez tenga algo intrínsecamente valioso: hace que el tiempo pase tranquilo pues los días se caracterizan por una serena rutina y si este modo de vida es aceptado profundamente, a pesar de sus evidentes limitaciones, puede ser razón suficiente para una existencia en paz.

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