Cualquier evocación del Vesubio nos trae a la memoria, irrevocablemente, la trágica fatalidad ligada a la catastrófica erupción volcánica que sepultó bajo un manto de colada piroclástica la ciudad de Pompeya y la villa de Herculano en el año 79 de nuestra era.
La imagen de los cuerpos inertes y petrificados de los incautos vecinos que fueron sorprendidos por la abrupta explosión en medio de las calles, mientras huían despavoridos tratando de eludir una muerte segura, nos transmite el drama agudo de la desesperación vivida en aquel instante postrero en el que un último hálito de vida se quedó suspendido y atrapado en la masa incandescente que consumió el resto de sus existencias en unos pocos y efímeros segundos.

Paseando por los «bares» de Herculano
Un drama abrupto que bien puede sintetizarse con la máxima Vita brevis: un lema latino, común a todas las escuelas filosóficas de la época pese a las orientaciones tan dispares de algunas de ellas, sobre la manera adecuada de afrontar la vida y las terribles desgracias que conlleva, a veces.
Cabe suponer que nadie esperaría morir como lo hizo aquel fatídico día. Como solemos hacer la mayoría, debieron vivir los días previos a su muerte con la felicidad inconsciente de quien no sabe que sus días están contados.
César no sospechó que fuese a ser víctima de una conspiración cuando fue al Senado de Roma, allá por los idus de marzo. Y si lo hizo, no lo tomó con la suficiente seriedad, como para no exclamar, sorprendido, aquella célebre frase: “¿Tú también, Bruto?”.

El antiguo puerto de Herculano y sus casetas para las barcas
Tampoco Séneca vio venir la condena a muerte que le decretó Nerón, movido por las paranoicas sospechas que albergaba respecto a la implicación de su mentor en algún complot. No tuvo tiempo, ni siquiera, para recoger y dejar constancia de sus últimas voluntades. Solo pudo ocuparse en la ingrata tarea de afrontar, con ánimo sereno y despreocupado, el desvarío homicida de su desquiciado protegido, de acuerdo con los principios filosóficos de imperturbabilidad y dignidad que le exigía su adhesión a la doctrina moral estoica.
El dichoso placer ligado al mero hecho de existir nos vuelve inconscientes ante los riesgos que nos acechan, sean volcanes, tiranos o conspiradores sediciosos, en las más cercanas inmediaciones. El simple apego a la vida, el afecto sencillo, humilde e íntimo a este cuerpo frágil y vulnerable que nos sostiene con vida aleja de nuestras mentes y de nuestros corazones la idea de la muerte, así como el frío y malhadado presentimiento de su inminente vecindad.

Las coladas de lava y los depósitos de piroclastos desplazaron la linea de costa 600 metros hacia el suroeste
Porque el placer de vivir es natural y necesario, según establece la doctrina epicúrea, pero el deseo de no morir no es ni natural ni necesario. Pues la muerte es, en verdad, la consecuencia inevitable de nuestra ineludible condición mortal.
Es, cuanto menos, paradójico que una fatalidad como la erupción del Vesubio arrasara, precisamente, un par de comunidades levantadas para el disfrute y el relax de la clase adinerada romana. Pues eso eran, en realidad, Pompeya y Herculano: centros vacacionales y de ocio placentero para los potentados romanos, hartos del agobio y el estrés de la vida urbana. Seguramente los devotos ascetas de aquel tiempo, tan críticos con la vida de dispendio y disolución de los hombres acaudalados y de moralidad laxa, debieron de ver en la desgracia la mano severa de la ira divina.
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Desde el punto de vista epicúreo, sin embargo, la tragedia selló, con fuego, el principio fundamental de sus enseñanzas -la búsqueda de la felicidad en el placer, como dicta el hedonismo-, pues, siendo la vida frágil, incierta y efímera, es esencial que la disfrutemos de ella tanto como podamos y mientras podamos.

Los papiros se conservaron carbonizados
Que el volcán sepultara, precisamente, una de las mayores bibliotecas epicúreas de la época, en la que hoy día conocemos como la Villa de los papiros, es una de las ironías del destino que, de vez en cuando, nos ofrece la historia en su imprevisto y caprichoso acontecer.
La casa, una mansión lujosa y solariega propiedad de una familia patricia romana, había pertenecido, siglo y medio atrás, a Lucio Calpurnio Pisón, hombre ilustre y suegro del gran Julio César. En aquella suntuosa villa de Herculano vivió, durante casi tres décadas, el célebre poeta y filósofo sirio Filodemo de Gádara, amigo y protegido del patricio romano que detentaba la propiedad de aquella finca de recreo.

La Villa de los Papiros se elevaba junto al mar en una ubicación excepcional
Siendo aún joven, en su tierra natal, Filodemo había sido un libertino de inclinaciones licenciosas que frecuentaba prostíbulos y no hallaba modo de poner freno a la pasión lujuriosa. Tras pasar por Atenas y convertirse en discípulo del epicúreo Zenón de Sidón, se empeñó en poner cordura a su locura, a partir de la moderación que propugnaba la enseñanza de Epicuro, mediante la distinción de los placeres naturales y necesarios de los que no son ni naturales ni necesarios.
De este tránsito -quizás más deseado que logrado- dan testimonio alguno de sus epigramas:
Otra vez guirnaldas de violetas, música de lira y más vino de Quíos y más mirra de Siria; de nuevo los brazos de una puta borracha. Esto es lo que ya no quiero, lo odio, lo que me lleva a la locura. Mas ciñe mi frente con narcisos, que suene suave la flauta y unge mi cuerpo con perfumes de azafrán; dame vino de Mitilene y a mi lado en mi hogar una sencilla muchacha como esposa.

La antigua ciudad de Herculano quedó completamnte enterrada bajo 16 metros de cenizas y lodos volcánicos
La voluntad de enmendar su deseo lascivo se hace patente en la permuta a la que aspira, pasando del placer por el lujo obsceno a un placer un poco más modesto, pero aún se sabe necesitado de redención:
Siete años de suman a los treinta, se agrietan las columnas de mi vida; tengo, Jantipa, algunas canas, mensajeras de una edad más sabia; mas me atraen aún el sonido de la lira, banquetes y canciones, y el fuego humea lento todavía en mi corazón insaciable. ¡Oh musas, señoras, escribidlo cómo punto final de mi locura!
Pese a ello, poco o poco hace progresos, como cuando invita a su señor a celebrar el aniversario de Epicuro, como está prescrito a los discípulos de la filosofía del Jardín, una fiesta en la que el placer más opulento será el gozo de la amistad:
Mañana, Pisón, tu amigo y amigo de las musas, te invita a las tres a su humilde morada. Pues el veinte desea celebrar el aniversario. No encontrarás ubres ni vinos de Quíos, pero sí buenos compañeros y escucharás también palabras más dulces que el país de los feacios. Si te unes a nosotros, la fiesta no será modesta, no, sino opulenta.
Con los años, la pasión de Filodemo decae. Eso le permite vivir más tranquilo. Pero en parte echa en falta el ardor de su juventud:
Antes podía hacerlo cinco o nueve veces, ahora, Afrodita, con esfuerzo a una llego desde la noche a la mañana. ¡Ay, que se me muere la cosa! ¡Que medio muerta está ya! En verdad sufro el castigo de Térmero. ¡Oh vejez, vejez! ¿Qué me harás cuando llegues si ahora así me marchitas?
La sobriedad se abre paso, al fin, y el disoluto aprende de una vida vivida que el juego da paso a lo serio y que es de sabios renunciar a aquello de lo que ya no se puede disfrutar:
Amé. ¿Quién no? Me divertí. ¿Quién no lo ha hecho? Pero enloquecí ¿mas por culpa de quién sino de un dios? Se acabó, el pelo negro encabece, anuncia más sabia edad. Jugamos cuando tocaba jugar y ahora que ya no es tiempo renunciamos y seguiremos más serios pensamientos.
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Estos floridos epigramas, junto con otras obras enjundiosas sobre las artes que inspiran las musas, fueron el legado de Filodemo en la casa de Pisón, recogidas en la biblioteca de la villa, junto con otros textos de la escuela epicúrea. Versos y rollos que se guardaron durante décadas, hasta que la erupción del Vesubio las sepultó de forma repentina, condenándolos al olvido durante siglos, hasta que, afortunadamente, la labor concienzuda de expertos arqueólogos los rescataron de la tumba y de entre las cenizas para reavivar su pasión aparentemente fenecida y apagada.
Visto con perspectiva, surge el interrogante de si en verdad es posible moderar la pasión o si solo cabe esperar a que se apague.
La juventud es el tiempo del placer y la belleza, aquella época en la que no pesa el disfrute, incluso a pesar de la locura. La madurez, en cambio, es el tiempo de la mesura y la ponderación, la época del cálculo y las finanzas: el momento en que las pérdidas deben ser compensadas por los beneficios. La vejez, por último, quizás sea el tiempo de la bancarrota o del subsidio, de la pensión o del pequeño ahorro, la época en la que se vive del recuerdo de lo vivido, de la memoria de los deleites de antaño.
¿Es toda pasión volcánica e irrefrenable? ¿Es la moderación un rasgo de la edad? ¿O depende, en última instancia, del temperamento de cada cual?
Filodemo no lo resuelve: vive y escribe desde sus contradicciones. Contempla la vida desde los contrastes. Resiste sus encantos y se deja seducir, todo a la vez. Quizás sea una paradoja inevitable: un permanente desequilibrio. Una tensión ineludible… Esta quizás sea su mayor contribución al legado humanista de su civilización.
Resulta paradójico que la conservación de buena parte del legado de este poeta y filósofo epicúreo se lo debamos, precisamente, a la acción devastadora del Vesubio.
Como ha ocurrido con otros autores hedonistas, su obra se perdió o fue destruida por aquellos que condenaban toda filosofía encaminada a disfrutar de la vida. Ante la erupción del Vesubio, un siglo después de la muerte de Filodemo, los herederos de la antigua villa de Pisón colocaron los escritos de Filodemo en cajas junto con el resto de la espléndida biblioteca de la casa para evacuarla y evitar su destrucción. Sin embargo, la inminencia de la erupción impidió la evacuación de este legado. Quizás fue una suerte. Enterrados bajo un manto de colada, los papiros se conservaron semicarbonizados, a salvo de la damnatio memoriae que borró los vestigios de tantas obras sublimes.
La compleja tarea técnica de lectura espectroscópica de los restos de los papiros, desarrollada en las últimas décadas, nos ha permitido acceder a esta inédita biblioteca, para satisfacción de los eruditos e ilustración de los que nos sentimos atraídos por la sabiduría humanista de estos antiguos hombres de letras.
La fascinación por el esplendor de la antigua civilización romana sigue viva hoy en día. La atracción que representan Pompeya y Herculano, con miles de visitas de turistas cada año, son una prueba fehaciente de su imperecedero atractivo, así como de la morbosa curiosidad que suscita su trágico final.

Muchas personas intentaron escapar desde el puerto y quedaron asfixiadas en las casetas donde se guardaban las barcas
El alto valor simbólico de la lujosa villa vacacional de Pisón se manifiesta en la fama mundial de la “villa de los papiros”. Tanta fue la expectación que provocó su descubrimiento, que incluso el multimillonario filántropo J. Paul Getty hizo construir en Los Ángeles una réplica de la villa para albergar el museo que lleva su nombre.
La elegancia y suntuosidad del complejo permite hacerse una idea bastante aproximada del nivel de civilización que alcanzó Roma, sobre todo si tenemos en cuenta que la mansión era tan solo una villa de recreo.
Nada de esto puede verse en Herculano, puesto que la mayor parte de la villa sigue enterrada bajo la colada volcánica del Vesubio. Pero en el lugar late, todavía, el último hálito de vida de un mundo que estaba llamado a ser enterrado por la historia.
Aprovecho estas últimas líneas para agradecer a los arqueólogos su paciente y ardua labor, demasiado a menudo poco valorada, de sacar a la luz, de nuevo, un mundo radiante que nos recuerda lo que fuimos, lo que somos y lo que no debemos dejar de ser, en ningún caso. Hijos e hijas de Roma: herederos de una civilización humanista.
Algunos consejos para visitar Herculano:
- Parque Arqueológico de Escolano (https://ercolano.cultura.gov.it/): una experiencia inigualable para acceder al pasado de forma inmersiva e impactante.
- Parco Archeologico di Ercolano (https://ercolano.cultura.gov.it/): puedes comprar las entradas combinadas con el acceso a Pompeya y toda la información de acceso actualizada
- Aparcamiento junto a la entrada al parque arqueológico (ubicación aquí)
- Museo Arqueológico Virtual (https://www.museomav.it/) idela si preferís una reconstruccióndigital de la vida en la antigüedad
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En el silencio de la naturaleza disfruto de caminar, observar y escuchar. De ello me nace el pensar, y la necesidad de escribir o dibujar. Mis otras pasiones son la lectura y la enseñanza como destreza comunicativa, al estilo socrático. Viajo en familia: el descubrimiento, la convivencia y el aprendizaje son los ejes de esta experiencia irrenunciable.


















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