TOMANDO CONCIENCIA EN EL DÍA MUNDIAL DEL MEDIO AMBIENTE

TOMANDO CONCIENCIA EN EL DÍA MUNDIAL DEL MEDIO AMBIENTE

El pasado domingo tuvimos la oportunidad de visitar la granja de Mutxamel donde cultivan las verduras que desde hace unos meses nos llevamos a la boca. Dentro de nuestro proyecto “vive como viajarías” que explicamos en el II Encuentro de Familias en Ruta, estamos haciendo un esfuerzo para que nuestro modo de vida se parezca al ideal que practicamos cuando tenemos la oportunidad de viajar libre y serenamente. No podemos estar cada día en la ruta descubriendo el mundo pero tampoco queremos vivir prisioneros en un modo de vida que no nos gusta.

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CUANDO LA COMIDA IMPORTA

CUANDO LA COMIDA IMPORTA


Empiezo el año de un modo sobresaliente: leyendo un buen libro. Un libro que me hace reflexionar sobre mi modo de vida, sobre los pequeños gestos de cada día. Un libro que me anima a continuar dedicando mis esfuerzos al cuidado de mi cuerpo, a mejorar la salud de mi familia, a dirigir la enseñanza de las ciencias naturales hacia actividades que ayuden a mis alumnos a reflexionar sobre su modo de vida y, finalmente, a que todo esto ayude en la medida de lo posible a mejorar la calidad del medioambiente.
Otra manera de vivir. Cuando la comida importa fue escrito en el año 2005 por Jane Goodall, reconocida naturalista que ha destacado por sus estudios en el mundo de los primates. Es este un libro de denuncia hacia los sistemas actuales de producción de alimentos y al efecto de estos sobre la contaminación de los ecosistemas. Pero es sobre todo un libro que celebra la acción de individuos aislados y de pequeños colectivos que  un día decidieron decir basta y redirigir sus energías y conocimientos hacia la mejora de su vida y la de sus conciudadanos. No vale la pena detallar cada uno de los capítulos del libro, os animo a leerlo.

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JO TENIA UNA CASETA DALT D’UN ARBRE…  

JO TENIA UNA CASETA DALT D’UN ARBRE…  

Quan jo era xiqueta, al meu barri, els xiquets teníem una caseta dalt d’un gran arbre. Era una olivera centenària, en la qual algú -no sé qui- havia tingut la gran idea de construir una caseta precària i mal bastida. Allà dalt, amagats entre les fulles, passàvem estones delicioses, allunyats de l’esguard vigilant de la gent major del barri i d’acord amb les regles que ens marcàvem a nosaltres mateixos. En realitat, la caseta “era propietat” dels xicots grans, però quan ells no hi eren nosaltres, els menuts, preníem possessió d’aquell baluard i la convertíem en la fortalesa de la nostra innocent infantesa.


Tots tenim moments d’ensomniació en els quals desitgem viure dalt d’un gran arbre: és un desig d’evasió. Hi ha llocs on ens agrada pensar que fóra possible, com a La Casa del Ceibo en l’illa de San Cristóbal de les Galápagos o en La Casa Maitenea de Puente la Reina, Navarra. Però cal alguna cosa més, no sols és qüestió de disposar d’una “infraestructura arbòria”. Pujar-se a un arbre implica un enfrontament amb tot el que ha estat establert i que no ens agrada. És un gest de rebel·lia, com el de El Baró Rampant.  
Potser és, senzillament, que aquesta revolta està gestant-se dins de nosaltres i, sobretot, en moments com aquest, encara més. Per això la simpatia que ens provoca i que sentim davant el sorgiment de persones i moviments que representen una alternativa front al règimen actualment imperant. Desitgem que canvien les coses i anhelem un canvi profund, o més bé radical.  

I mentre la nostra ment està ocupada amb aquests pensaments llegim i comentem apassionadament Summerhill, l’extraordinari llibre de A.S. Neill. Una defensa tan aferrissada de la llibertat i la felicitat dels xiquets i xiquetes ens emociona i ens trasbalsa, alhora. Amb la seua experiència, Neill ens enlluerna i ens avergonyeix, com a pares i com a professors, ens alliçona i ens estimula, per igual. Mentalment ens acompanya aquesta remor interior i diàriament constatem que vivim a un món on allò prioritari no és l’amor ni la llibertat que necessita la nostra humanitat.

Per tot això, durant aquest estiu, hem construït una caseta dalt de la nostra figuera. L’hem feta per al nostres fills, però realment és un símbol que ens ha de recordar què volem fer com a pares i mestres: educar en la llibertat i l’autorregulació. I com a persones i ciutadans ens ha d’incitar a tractar els altres com el que són: persones amb autonomia i criteri.  
Això no és gens fàcil, però. És difícil, més bé. Tanmateix, és interessant perquè ens obliga a analitzar les nostres conductes, a posar nom als nostres sentiments i a corregir tot allò que ens fa sentir malament. L’odi, la mesquinesa, la por… Res de tot això no és sa, ni ens ajuda a ser més feliços. Tampoc no ajuda els nostres fills. Ara bé, la seua vida pot transcórrer a una major alçada, per damunt de tot això. Fer-los una casa a un arbre és un primer pas per salvar-los del marasme que afecta el nostre món i suposa oferir-los un refugi, una talaia des d’on puguen arribar a albirar un altre món, més lliure i més feliç.  

Per a fer una caseta en un arbre fan falta els materials següents:
– un bon arbre, millor si és un arbre centenari amb tres o quatre branques poderoses que t’abracen i amb moltes branques i fulles que t’allotgen fent-te sentir com si estigueres en un niu de pardals
– fustes velles, com ara biguetes, taulells…
– alguns elements per a la subjecció
-potser farà falta algun clau, però cal evitar-los, encara que si l’arbre té una bona corfa podrà assumir aquest dany
– alguns xiquets que inciten els adults a llançar-se a construir amb il·lusió
– molt d’amor a la llibertat

NUESTRO MUNDO EN UN CUBO DE BASURA

NUESTRO MUNDO EN UN CUBO DE BASURA

Reciclar es un hábito que cuando lo adquieres, como cualquier otro, es difícil desprenderse de él. Hace muchos años que nosotros asumimos esta constumbre como algo normal en nuestra vida y, ahora, mezclar la basura nos parece casi un sacrilegio.
Hace unos años nos regalamos un estupendo contenedor con varios compartimientos para nuestros residuos y fue una adquisición que sentimos como una recompensa después de muchos años usando bolsas, bolsitas, cajas y cajitas que colgábamos donde podíamos en la cocina. Ahora todo está bien organizado. A nuestro regreso a casa, dentro de menos de una semana, queremos dar un paso más: gestionar nuestros residuos orgánicos originados al cocinar.

Cuando llegamos a Chile al principio de este viaje, una de las cosas que más nos costó fue deshabituarnos a separar la basura. Allí no se recicla nada. El reciclaje es una cuestión personal y privada. En Santiago, por ejemplo, si una familia quiere reciclar debe contactar, a nivel particular, con una empresa que quincenalmente recogerá sus residuos. Por este servicio paga unos 20 euros al mes y se compromete a separar y almacenar en casa todo lo que se puede reciclar: metales, pilas, plásticos, papel y cartón, latas, etc. Todo debe estar limpio, sin residuos orgánicos. Este ejercicio diario de conciencia con nuestro entorno es admirable, desde nuestro punto de vista. Implica un compromiso enorme con el medio ambiente y con nuestros descendientes. No existen contenedores para reciclaje en la calle, no hay servicio público recogida de estos residuos.  

El modelo de gestión de residuos utilizado en nuestro país es interesante porque ha permitido mejorar nuestros índices de reciclaje en los últimos años. Sin embargo, aún queda mucho por hacer y, sobre todo, nos falta dar el paso decisivo: antes de reciclar hay que reutilizar y, aún más, debemos hacernos conscientes de que lo importante es reducir.
Imagina que desde mañana te dijesen que se acabó el servicio de recogida de basuras y que, desde ese momento, tú mismo debes encargarte de gestionar tus residuos en tu propia casa… ¿Dónde meterías el montón de desechos que generas cada día? Cualquier persona inteligente lo que haría en tu lugar es reducir el volumen de desechos al máximo. Hay infinidad de maneras de hacerlo. Tenemos que reducir. Éste es el único horizonte sostenible para un planeta superpoblado .

Tras más de cuatro meses en Chile, aterrizamos en las islas Galápagos. Otro mundo es posible. Aquí es una obligación porque cuando la basura sale de tu casa deja de ser sólo tuya y pasa a ser de todos. Las campañas de información y la gestión pública han permitido a los galapagueños tomar conciencia del problema ecológico que suponen los residuos que generamos los humanos y, ante esta evidencia, implicarse directamente. Cada familia tiene tres contenedores cada uno para un tipo de desecho. Un camión, siempre el mismo, pasa cada día por cada casa, pero recoge la basura únicamente de uno de los contenedores. Por ejemplo, el lunes orgánico, el martes materiales reciclables y los miércoles lo que no es reciclable. De este modo, el mismo servicio se hace cargo de todos los residuos que han sido separados previamente y los lleva, cada día, a un lugar diferente para ser gestionados adecuadamente. Aún queda mucho por hacer, pero sin duda, aquí hay una participación activa de los ciudadanos en el cuidado de sus islas.  

Nos preguntamos si estas personas son más inteligentes o más clarividentes que nosotros, o que sus compatriotas del continente… Evidentemente, no. Pero tienen a su favor que viven en islas, pequeños territorios con escasez de agua y de espacio, con escasez de muchos recursos. Además, el entorno es magnífico. No podían esperar más. Gestionar bien es importante. El futuro depende de ello.

 ¿Cuándo nos daremos cuenta todos los demás de que vivimos también en un pequeño mundo? Vivimos en un pequeño planeta de límites finitos invadido por 6.000 millones de humanos, muchos de los cuales seguimos consumiendo recursos desaforadamente y produciendo residuos de manera imparable. Probablemente este sea uno de los grandes problemas de la humanidad pero, como muchos otros grandes problemas, raramente son cabecera de un telediario o portada en la prensa. A pesar de ello, está en nuestra mano, cada vez que destapamos el cubo de basura para tirar un desecho podemos elegir qué vamos a hacer son él y, probablemente, hay un opción mejor que ese cubo de basura.

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