Hoy hace tres meses que llegamos a Chile y es hoy también cuando volvemos después de nuestra breve escapada a Mendoza (Argentina). Para nosotros ha sido un trimestre intenso, muy intenso. Pero probablemente aún lo ha sido más para nuestros dos pequeños viajeros. Sin duda, su buena disposición para viajar ha superado todas nuestras expectativas. Un magnífico ejemplo de ello ha sido el día de hoy. ¿Qué supone viajar con niños?


Antes de iniciar nuestro periplo no imaginábamos que fuesen capaces de sobrellevar tan bien palizas como la de esta jornada. Primero, la espera de una hora en la estación de autobuses de Mendoza. Después, las tres horas de viaje hasta la frontera y el abrupto despertar de la siesta para cumplimentar el trámite aduanero. Allí, además, les ha tocado vivir el trauma de ver cómo el perro del puesto de control se llevaba sus deliciosas pasas (“gos porta pansetes”, se lamentaba el pobre Ferran). A continuación, la espera por las obras en la carretera y el descenso de las treinta endiabladas curvas del Paso Libertadores. Más tarde, la hora y media hasta Santiago y el inmenso “taco” a la entrada de la estación de autobuses. Y, por último, el trayecto en metro hasta casa de Rodrigo y Mª José. En total, nueve horas y media. Sorprende que hayan llegado allá de tan buen humor.

Ante esto nos viene a la mente la pregunta más recurrente por parte de los viajeros que hemos ido conociendo a lo largo del viaje: “¿Es muy difícil viajar con niños?” Nuestra respuesta a la pregunta es: “Tanto -o tan poco- como vivir con ellos”.   A una pareja de jóvenes norteamericanos que nos confesó abiertamente que estaban pensando en ampliar su familia (y que lo veían como una limitación para viajar) les explicamos, al respecto, lo siguiente:

  • es muy importante no pensar mucho en lo que harías en el viaje, si los niños no estuviesen.
  • No se debe viajar con los niños -ni para ellos-, sino junto con ellos.
  • Lo mejor de este viaje es la experiencia de estar juntos tanto tiempo.
  • Algo que hemos tratado de explicar a todos aquellos que nos han objetado que tal vez los niños olvidarían las vivencias de este viaje. Aunque sea así, la misma experiencia del viaje y, sobretodo, el hecho de compartir con nosotros todo este tiempo influirá muchísimo en su desarrollo personal y en su relación con nosotros.

Después de tres meses de viaje, podemos confirmar que esto está ocurriendo, de hecho. Podríamos resumirlo así:

  • No sólo ellos están creciendo en su relación con nosotros. También nosotros estamos aprendiendo a relacionarnos con ellos de una forma más afectuosa, respetuosa y abierta.
  • A los adultos, por lo general, nos cuesta aceptar que los niños tienen necesidades, que saben muy bien lo que quieren y que no son meramente caprichosos u obstinados.
  • Absortos por nuestras responsabilidades como adultos, apenas dejamos que los niños se nos acerquen y que entren en contacto con nosotros profundamente. Dejar a un lado estas responsabilidades por un tiempo nos permite encontrarnos con ellos de un modo más cercano e intenso.

En este sentido, a menudo recordamos una de nuestras citas favoritas de Thoreau: “No os ocupeis de muchos asuntos. Tened sólo tres o cuatro.” Estas son nuestras ocupaciones, ahora mismo: nosotros mismos (tanto personalmente como el uno respecto al otro), nuestra relación con los niños y el gozo de vivir en contacto con la naturaleza. El resto de asuntos, por suerte, no son ocupaciones, sino simples pasatiempos. Esto es lo que hemos aprendido y consolidado en estos tres meses. Por eso nos gusta viajar con niños.

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