Las mañanas son frescas en Santiago. Hoy hemos acabado el día emulando a Darwin con nuestro ascenso al Cerro de Santa Lucía. El 17 de agosto de 1834 él subío para divisar las vistas de los alrededores de Santiago de Chile y dejó escrito: Una inagotable fuente de placer es escalar el Cerro Santa Lucia, una pequeña colina rocosa que se levanta en el centro de la ciudad. Desde allí la vista es verdaderamente impresionante y única”.

Mucho debe haber cambiado la ciudad de Santiago de Chile desde entonces, pero las vistas siguen siendo impresionantes. Los Andes, tan cercanos, parecen una pared infranqueable. En sus laderas se divisan campos de cultivo y toda la ciudad, ruidosa, domina la perspectiva. El jardín que cubre esta montaña volcánica estaba lleno,esta tarde de domingo, de familias santiagueras y parejas de enamorados. Era un ambiente muy agradable y cercano. Nosotros hemos sido la atracción para muchos de ellos pues les resultaba curioso nuestro medio de transporte para niños viajeros…

El día se había iniciado varias horas antes: se inició bien temprano como consecuencia del “jetlag”. Salimos pronto de nuestro albergue (Ecohostel) y nos dirigimos al Palacio de la Moneda. Recorrimos la zona centro de la urbe con sentimientos ambivalentes de desubicación y curiosidad. La ciudad gris, vacía y bastante sucia, los perros callejeros durmiendo tranquilos por todas partes….

La mañana era fresca pero poco a poco el sol ha ido iluminando la ciudad y ha empezado a descubrirnos sus encantos. La Plaza de Armas, el mercado, la antigua estación de trenes y el final del recorrido matutino, el agradable barrio Bellavista. Nos hemos ido adentrando en el ambiente de la ciudad. El modo de hablar de estas gentes es agradabilísimo y nos ha ido acompañando en nuestras andanzas.

Los niños han disfrutado, han dormido en el carro, han disfrutado con las bocas de incendio y las pinturas preciosas que cubren algunas fachadas. Ha sido un día perfecto y nos demuestran, nuevamente, que pueden serguir nuestro pasos… e, incluso, marcarnos el ritmo en muchos momentos. 

El barrio Bellavista no parece calmado y tranquilo mientras que el resto de la ciudad es un hervidero de coches y gente acudiendo a sus lugares de trabajo. El Cerro San Cristóbal los domingo está atestado de familias disfrutando de la jornada de descanso pero el resto de la semana amanece se pasa el día casi desierto. Aún no eran las 10 y ya estábamos esperando el bus gratuito que lleva a la cumbre, junto a un jardín dominado por una imagen de 13 m. de María Auxiliadora -otro testimonio de la influencia de los padres Salesianos en estas tierras.
Desde la cumbre a más de 800 metros de altitud se domina la ciudad de Santiago de Chile a pesar de que la polución y la calima limitan mucho la visibilidad. Es curioso porque la vegetación de esta ciudad me hace sentir en nuestro levante mediterráneo. El intercambio de especies de plantas es evidente: palmeras datileras han sido plantadas por doquier, junto a los olivos comparten su espacio con eucaliptos, araucarias y pinos, falsas pimientas y mimosas, además de otras especies desconocidas para mí.
El Museo de Histórico Nacional es un museo pequeño y tranquilo que resume la historia de este país de poco más de 200 años. Eso sí, se inicia el relató mucho antes, con las culturas precolombinas y termina justo en el momento del golpe de estado con algunos recortes de periódico que hacen referencia a cómo se relato el inicio de esa amarga etapa de este país. 

Sin embargo, lo máso impactante ha sido encontrarme delante de los lentes de Salvador Allende. La mitad de esa gafa que quedó en un rincón de una escalera en el Palacio de la Moneda y que una señora, Teresa Silva Jaraquemada, rescató por casualidad. Años después, con la llegada de la democracia, las donó al museo. Verte, cara a cara, con los lentes de Allende, paraliza.


Hemos seguido el día disfrutando de este verano austral y del Mercado Central, hemos comido de picnic en la Plaza de Armas, nos hemos tomado unos helados y les hemos comprado algunos juguetes a los niños -todo es necesario. 

Viajar con niños implica plantearse todo en tiempo real, es decir, hacer los mínimos planes posibles y disfrutar del momento. No hay que apretar el acelerador, eso es lo mejor: SLOW TRIP!!! Así puedes disfrutar más de todo lo que haces, sin prisas y saboreando. Además, con ellos, descubres cosas que como adulto habrían pasado desapercibidas, pequeñas cosas que se convierten en cosas mágicas si ellos te las muestran.

Es una gran oportunidad ésta de viajar con nuestros hijos. Cada uno de ellos tiene su carácter y enriquece nuestra aventura. Ernest es el observador, el que descubre las pequeñas cosas, el que muestra el pudor ante lo desconocido… Ferran es el simpaticón, el que se camela a todo el mundo con sus sonrisas y nos facilita el contacto con las personas que vamos conociendo. Hoy ha sido una mañana tranquila, hemos ido al Parque Bustamante y hemos hecho una parada en el Café Literario. Ellos corrían sin parar y nosotros les observábamos satisfechos.

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