La isla de Chiloé es un lugar de ensoñación y evocaciones nostálgicas. Leyendas e historias misteriosas envuelven entre brumas su pasado remoto y la geografía incierta y caprichosa la convierten en una tierra atractiva y, a su vez, esquiva. Las lluvias perennes y la ancestral cultura rural configuran un paisaje dominado por bosques, prados, ganados y casitas dispersas por doquier. Ante nuestros ojos se presenta bajo el aspecto de una Galicia isleña. Pero otros pensarían, tal vez, en la Bretaña, en Gales o incluso Irlanda. En cualquier caso, Chiloé hace sentir su genio particular, como también lo hacen cada una de aquellas regiones. Chiloé ha cuidado de sus tradiciones durante siglos pero, un día, llegó el dinero y lo cambió todo.

En cierto sentido, el drama llegó a estas islas. Es un drama reciente y lastimoso. Hace apenas tres décadas, Chiloé vivía aún en una especie de aislamiento autárquico que hacía de sus moradores un pueblo de hábitos modestísimos y talante genuinamente solidario. No tenían mucho, en efecto, pero lo poco que tenían lo compartían solícitamente. No sabían, apenas, qué cosa era el dinero, puesto que toda su economía se basaba en el intercambio. Hombres y mujeres se prestaban ayuda y con ello contraían deudas, cuantificadas en tiempo, de las que nacía el compromiso. De este modo, todos estaban mútuamente comprometidos, en la medida que su precario modo de existencia los hacía depender los unos de los otros.

Las salmoneras, establecidas frente a las costas de estas islas, contrataron a los chilotas y, aunque los sueldos eran míseros, tentaron a los ingénuos chilotas asegurándoles que con la plata podrían comprar autos y electrodomésticos. Y así lo hicieron, pero sin caer en la cuenta de que acà todavía no había llegado la gasolina ni la luz eléctrica… Con todo, lo peor fue que rompió con la cultura económica tradicional, puesto que ya nadie trabajó si no le ofrecían dinero a cambio. La insostenible gestión de las salmoneras provocó, además, una catástrofe ecológica en las aguas que rodean el archipiélago y dejó a los numerosos pescadores del lugar sin su forma habitual de sustento, cortando de raíz un uso tradicional firmemente establecido.Todo cambió, no obstante, con la llegada de las grandes empresas salmoneras. Trajeron trabajo. Trajeron dinero. En Chiloé, el dinero cambio el sisitema de vida para siempre.

Todo ello transformó drásticamente el modo de vida y el carácter que había caracterizado a los isleños durante siglos. No es nada nuevo, en realidad. De hecho, todo nuestro mundo sufrió una tragedia similar… Pero hace más tiempo, y de una forma mucho más lenta. Por ello resulta tan esclarecedor conocer un poco la historia reciente de este pueblo malogrado: nos sirve, sobretodo, para comprender las razones por las que nuestro modo de vida ha quedado tan profundamente desvirtuado. Habitualmente, desconocemos el valor de las cosas (esto es, el tiempo que alguien ha debido invertir en ello) y no sabemos nada de la deuda que contraemos al adquirirlas: pagamos con nuestro dinero y nos creemos liberados de todo compromiso. ¿Cómo haríamos para vivir, sin nuestro dinero? ¿Qué ofreceríamos para saldar nuestras deudas?

La amabilidad de la gente chilota, su generosidad, su discreta manera de llegar a nosotros, nos ha cautivado. Es cierto que el dinero lo cambia todo pero, al menos, la sensibilidad y el buen hacer, siguen estando presentes en esta isa remota. Su mar  salvaje, el inmenso océano Pacífico. Sus bosques. Los delfines saltando entre las olas y los lobos marinos alimentándose. Un espectáculo natural único. En Chiloé, el dinero, lo cambia casi todo… Más sobre nuestra estanciá en Chiloé: aquí!

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