7 PASAJEROS Y UN PILOTO EN PRÁCTICAS

7 PASAJEROS Y UN PILOTO EN PRÁCTICAS

Hoy era el día. Partíamos de Isabela con la tristeza de saber que iniciábamos nuestra última semana de viaje. Abandonar Isabela no es fácil porque realmente es un paraíso, un remanso de paz, un lugar en el que la gente vive tranquila y te acoge con naturalidad. Estamos satisfechos de cómo planteamos nuestro viaje porque, llegar aquí después de tantas idas y venidas, es el regalo perfecto para quien quiere descansar y observar la naturaleza y dejarse influir por ella.

Después del anterior traslado en lancha desde Santa Cruz, pensamos que la opción de efectuar dos largas travesías en un mismo día para llegar a la isla de San Cristóbal resultaría demasiado agotador a estas alturas del viaje. Fue entonces cuando valoramos la posibilidad de un desplazamiento aéreo. Aunque los pasajes no nos parecían excesivamente caros, el inconveniente era que deberíamos realizar el vuelo en una avioneta bimotor para tan sólo ocho pasajeros que no era, precisamente, un modelo de última generación.  


Estando en Ushuaia nos tentó la posibilidad de realizar un paseo aéreo con un pequeño aeroplano de un motor. En aquel momento no nos atrevimos. Fuimos demasiado conservadores. Éste era el momento de quitarnos esa espinita clavada…  

Puntuales hemos llegado al aeródromo, llamado por los isleños, aeropuerto. Mientras descargábamos nuestras mochilas del taxi, los niños han entrado corriendo al recinto. Al momento han regresado y Ernest gritaba: “¿Dónde está la gente de este aeropuerto?”. Efectivamente, allí no había un alma. El edificio estaba abierto de par en par porque no tenía ni puertas ni ventanas. No es que faltasen, es que por estas latitudes no son necesarios y muchos edificios se diseñan con amplios accesos y aberturas para facilitar la ventilación y la iluminación natural.  

Hemos estado bromeando sobre si nosotros mismos deberíamos hacer el checking y el control de equipajes. De paso, hemos aprovechado para controlar nuestro propio peso, por primera vez en todo el viaje, y hemos salido a la pista para ver si encontrábamos nuestra avioneta. “Avioneta, avioneta ¿dónde estás?”- gritaban los niños. En el angar del combustible hemos encontrado a un hombre que nos ha dicho que el bimotor tardaría media hora en llegar. En ese tiempo han llegado las otras tres pasajeras y el personal de la aerolínea.  

Por fin hemos escuchado el sonido de la avioneta y nos hemos asomado para verla. En el cielo nublado se distinguían las dos lucecitas de sus alas y rápidamente ha aterrizado. Al aproximarse a la zona de embarque, el piloto nos ha hecho señas para que nos apartásemos. Tras parar los motores, ha descendido el pasaje que llegaba a Isabela. Ernest y Ferran estaban entusiasmados por subir a la avioneta, pero aún hemos tenido que esperar un rato mientras llenaban los tanques de combustible.

Tras entregar el equipaje, nos hemos ido sentando en los asientos, a los que se accedía por las portezuelas situadas bajo las alas, a ambos lados del aparato. Ernest y yo nos hemos situado justo detrás del piloto y el copiloto, mientras que Ferran y Pau se sentaban en la parte posterior de la cabina. La avioneta lentamente ha empezado a moverse para dirigirse hasta el extremo de la pista. El piloto ha comprobado alternativamente el funcionamiento de ambos motores y, a continuación, hemos iniciado la maniobra de despegue con el sonoro ruido de los motores acelerándose. Suavemente, a menos de 100 km/h, nos hemos elevado. Ferran ya estaba dormido mientras Ernest observaba las hélices exultante de felicidad.  
La emoción nos ha sobrecogido al observar los lugares en los que tantos buenos ratos hemos pasado estos días pasados. El muelle, las playas, las piscinas naturales de aguas turquesas… Los grandes campos de lava aparecían en su dimensión real, inmensos. Finalmente, nos hemos introducido en el manto de nubes y durante un tiempo hemos creído estar perdidos quien sabe dónde.  

En el aerodromo de Puerto Villamil

Una vez hemos alcanzado los 4.500 pies de altura, unos 1.500 metros, el mar de nubes estaba bajo nosotros y la sombra de la avioneta se movía sobre él. El ruido de los motores era ensordecedor, sólo era posible hablar con el compañero a gritos. Nos ha llamado la atencion que el supuesto copiloto iba dando numerosas indicaciones al piloto. Así hemos deducido que este último estaba haciendo ejercicios de prácticas de vuelo.  
Es una lástima que nuestra cámara de fotos se haya bloqueado. Las vistas eran preciosas, pero no podemos mostraros ninguna imagen de esta experiencia que, por este percance técnico, deberán permanecer grabadas sólo en nuestra retina.  

Tras más de media hora de vuelo, las nubes se han abierto y hemos podido distinguir el mar. Poco después la isla de San Cristóbal ha aparecido ante nosotros y, junto a ella, al norte, la increíble formación rocosa del León Dormido. El piloto ha iniciado el aterrizaje disminuyendo la velocidad de la avioneta de unos 190 km/h a menos de 100.
Antes de posarse en la pista, el aeroplano ha dado unos bandazos que, por un momento, nos han hecho temer que tendríamos un brusco aterrizaje. Al fin, aunque hemos tomado tierra sin problemas, el copiloto ha hecho numerosas observaciones al piloto sobre cómo debería haber realizado la maniobra. Una vez en los angares hemos tomado nuestro equipaje y hemos salido del desierto aeropuerto hasta la calle. Un taxi nos ha llevado a nuestro hostal en Puerto Baquerizo y aquí nos hemos instalado dispuestos a afrontar ilusionados nuestra última semana de viaje.

EMULANDO A AXEL Y MR. LIDENBROCK

EMULANDO A AXEL Y MR. LIDENBROCK

Día fresco y lluvioso en Isabela. Buscamos un plan b y fácilmente lo encontramos. Esta isla tiene tesoros escondidos, no en vano fue lugar elegido por piratas para esconderse, y hoy hemos ido a descubrir uno de ellos. Todas las islas tienen un encanto especial si, además, son volcánicas, ofrecen visiones únicas de un mundo nuevo, reciente, en el que podemos apreciar las obras de una fuerza creadora en estado puro: la violenta energía interna de nuestro planeta, que permite la vida en su superficie.

Toda la isla está llena de lugares que embelesarían a un artista o a un amante de la geología. Los campos de lava, con sus bóvedas agrietadas, nos recuerdan que, no hace mucho, por aquí fluyeron ríos de roca incandescente cuyos trazos todavía hoy son fácilmente observables. Las playas de blanca arena están atravesadas por lenguas de lava “pahoehoe” que son aprovechadas por las iguanas para calentarse hasta alcanzar su temperatura ideal.  

La Cueva de Sucre se sitúa en la zona montañosa, a unos 20 km de Puerto Villamil. Está oculta por la espesura de un bosque nativo que crece gracias a la densa faja de nubes que permanece enganchada en la cima del volcán y que permite la existencia de una exhuberante vegetación que recuerda a las selvas tropicales. El contraste con la sequedad del territorio que se situa al pie de la falda del volcán es enorme, allí la vegetación es escasa y dominan los enormes cactus candelabro y opuntias.

Nuestro breve paseo por este bosque ha sido delicioso. Mientras los niños correteaban arriba y abajo por el sendero, nosotros nos entreteníamos recogiendo algunos maracuyás, los frutos del árbol de la pasión, que parecían caídos de la bóveda “vegeto-celeste” y que estaban esparcidos por ambos lados del caminito. Pronto hemos llegado a la boca de la cueva. Su nombre se debe a que el antiguo propietario de la finca donde se halla la caverna, apellidado Sucre, solía ir allá para cazar los cerdos salvajes que aprovechaban aquella oscura caverna para guarecerse.

A pesar de no saber nada de esta historia sangrienta y de instintos depredadores, lo cierto es que nuestros niños, aunque venían ilusionados pensando en entrar a la cueva con sus linternas, se han sentido un poco intimidados al ver el aspecto que ofrecía la entrada de la gruta y han tenido que hacerse los valientes, aferrándose a sus lámparas  como quien agarra un arma para enfrentarse a la tenebrosa oscuridad.  

Una vez dentro, ellos, como nosotros, han disfrutado del grandioso espectáculo que aparecía sobre nuestras cabezas. La práctica totalidad del techo cavernoso se hallaba cubierto por infinidad de gotitas de agua relucientes que destacaban sobre una fabulosa pátina de colores argentíneos y áureos que recordaban al pan de oro usado por los artistas al decorar las bóvedas catedralíceas. Esta insólita decoración es resultado de la acumulación de minerales en la parte superior de la cueva, probablemente por la filtración de humedad hasta el interior de la gruta. A este espectáculo sorprendente se añadía la presencia de innumerables goterones de lava lentamente solidificada al enfriarse, una vez que el túnel quedó libre.

Este tipo de túneles son característicos de aquellas zonas volcánicas donde el material magmático tiene unas características que permite que la parte superior de las coladas, se enfríe y solidifique rápidamente al contacto con el aire, mientras por su interior sigue fluyendo la lava a grandes temperaturas. Esa lava puede llegar hasta el mar o acumularse en planicies, de modo que una buena parte de los túneles por los que ha fluido acaban vaciándose dejando una amplia y alargada galería. Con el tiempo, éstas pueden colapsar, pero a veces, se conservan como ocurre en el caso de la Cueva de Sucre.  

La aventura por las entrañas de la Tierra ha sido excitante para Ernest y Ferran. Ernest andaba algo preocupado con la posibilidad de que nos perdiésemos ya que a lo largo del túnel se abrían varias galerías. Al no ver la boca del túnel, se sentía desorientado. Ferran, en cambio, estaba alucinado con los haces de las linternas  y los destellos refulgentes de techo de la cueva. Tras unos segundo de duda sobre el camino a seguir para salir de la gruta, hemos vislumbrado la luz al final del túnel.

Ya de regreso en casa comentábamos que, tal vez, deberíamos haber continuado nuestra expedición subterránea, saliéndonos del camino marcado. Quién sabe si nuestros pasos hubiesen adelantado el retorno a nuestro hogar, sin necesidad de pasar aduanas ni puestos fronterizos. Imaginad cuál hubiese sido nuestra sorpresa si al salir por una hendidura, como los célebres exploradores de la novela de Julio Verne, cegados por la deslumbrante luz del mediterráneo y contemplando el azul intenso de nuestro mar, hubiésemos oído gritar a unos niños: “Stromboli!! Stromboli!!”.

BAILANDO CON LOBOS

BAILANDO CON LOBOS

Una de las experiencias más especiales que se pueden tener en esta isla es la convivencia con los lobos o leones marinos. Pau dice que si viviera aquí, acabaría conociéndolos “personalmente” y ellos también a él. Estamos tan lejos de la naturaleza que uno tiende a verlos como animales, meramente, sin captar el hecho de que constituyen una comunidad con sus costumbres, hábitos de vida y todo un conjunto de relaciones tan ricas y diversas como pueden ser las nuestras.

Lo que nos hace especiales a nosotros, los animales humanos, no es nuestro lenguaje articulado, ni nuestra tecnología, ni nuestra intrincada organización social, sino la extraordinaria riqueza emocional que nos ha permitido desarrollar todo aquello y que debemos, precisamente, al hecho de ser mamíferos. Nuestras habilidades emocionales básicas no son sustancialmente diferentes a las que se dan en otros mamíferos sociales como los lobos marinos. Tan sólo somos ligeramente más sofisticados, por el hecho de vivir con consciencia algunos de nuestros estados emocionales y, por tanto, con capacidad para controlarlos.
A lo largo de este tiempo aquí nos hemos cruzado con ellos en multitud de ocasiones, sobre todo en la playa y en las piscinas naturales que hay junto al embarcadero de la isla, como la maravillosa Concha de Perla, una pequeña ensenada de ensueño.

Llama la atención ver la curiosidad con la que los más jóvenes nos observan, pues vemos en ellos reflejada nuestra propia curiosidad. Contrasta esto con la orgullosa y prepotente mirada que nos dirigen los adultos ante nuestra invasiva presencia, muy semejante a la que en ocasiones mostramos los propios humanos ante los extraños.  

Cuando vemos a las crías jugar entre ellas y nadar alegremente tras los pececillos, reconocemos a nuestros propios hijos que exploran el mundo con idéntico entusiasmo. Por el contrario, impone la seriedad y la tensión que transmite el espectáculo de ver a los lobos adultos persiguiendo a sus presas sumergidos en aguas más profundas, una actitud tan grave como la que demuestra cualquier ser humano enfrascado en un quehacer que le exige dar lo mejor de sí mismo.  Conmueve, asímismo, la ternura con la que se acarician y se abrazan cuando se tienden en la arena para descansar, ya sean las madres con sus crías o los adultos en pequeños grupos, unas carícias y unos brazos en todo semejantes a los nuestros.

Tanto se parecen a nosotros que, si te lanzas a nadar con ellos, superando la prevención inicial, y te prestas a participar en sus carreras y volteretas, no tardan en acogerte en su grupo, te siguen en el juego y te incitan a seguirles en los suyos, tratándote en adelante como si fueses uno más de los suyos.  
Todo esto nos hace pensar que hallarse ante un animal en estado salvaje no supone necesariamente una amenaza. Al contrario, si uno se atreve a dar el paso de cruzar la línea que presuntamente lo separa de aquél, de inmediato se encuentra con aquello que constituye lo más esencial de la vida en la naturaleza. El lobo marino es plenamente salvaje cuando curiosea, cuando juega, cuando se alimenta, cuando acaricia o cuando descansa, porque vive intensamente las emociones que todo esto conlleva. Exactamente como nos ocurre a nosotros, cuando no dejamos que nuestro juicio enturbie nuestras emociones más esenciales.  

Es similar a lo que ocurre con los niños, especialmente con los bebés. Ellos viven sus emociones sin filtros, sin la conciencia de la emoción, por eso son tan sensibles y tienen tan escaso control de sus experiencias emocionales. Y esto mismo es lo que los hace tan entrañables y por lo que suscitan en nosotros, los adultos, emociones igualmente incontrolables, ya sean de ternura, apego, congoja o compasión.  

¿Por qué los humanos nos sentimos tan atraídos por las crías de otras especies? ¿No es acaso porque despiertan en nosotros las mismas emociones que nuestros bebés?  Quizá es por todo esto que compartimos, todos los que visitamos este lugar, la fabulosa experiencia de quedarnos embelesados ante la magnética presencia de estas criaturas tan prodigiosas. Constituye, sin lugar a dudas, una oportunidad inmejorable para volver a conectar con nuestras propias emociones -en ocasiones olvidadas o demasiado atenuadas por nuestra hiperdesarrollada capacidad de autocontrol- y para reconocer todo aquello que todavía tenemos en común -queramos reconocerlo o no- con nuestro querido hermano, el lobo marino.

ISABELA: LA REVOLUCIÓN TURÍSTICA AVANZA

ISABELA: LA REVOLUCIÓN TURÍSTICA AVANZA

Si uno llega a Puerto Villamil pensando que va a encontrarse con un pequeño pueblo de pescadores, está muy equivocado. Cuando uno empieza a informarse sobre las particularidades de cada una de las islas que forman este archipiélago, Isabela destaca por ser el mejor lugar para observar fácilmente la mayor parte de la fauna y, Puerto Villamil, aparece como un lugar apartado de los circuitos turísticos.

Sin embargo, en Isabela, está en marcha la “revolución turística”, como le llaman aquí. En el año 2005 tan sólo recibió 3.000 visitantes, ahora somos ya, 30.000. La población está llena de hostales familiares de todas la categorías, multitud de agencias se organizan para llevar a visitar los principales atractivos turísticos, el transporte está muy bien organizado gracias a los taxis de la Cooperativa de Transporte Sierra Negra y los singulares camiones adaptados para llevar pasajeros.

 La plaza del pueblo está rodeada de restaurantes para turistas y, por todos lados, multitud de locales alquilan bicicletas o equipos para hacer snorckel. En el puerto abundan los aquataxis que van y vienen atiborrados de turistas y, al desembarcar por primera vez, hay que pagar un tasa de 5 USD “por ocupación del muelle”.  

A pesar de ésto, los habitantes de Puerto Villamil sufren carencias notables. Muchas familias viven en casas muy humildes. El municipio no dispone de agua potable por lo que se ven obligados a comprarla y, por las cañerías, fluye agua salobre casi tan salada como la del mar. En la tiendas no se vende agua mineral, no existe, el agua embotellada es “purificada”, se obtiene por  ósmosis inversa.

El suministro de alimentos es precario, sobre todo, de alimentos frescos. La dieta básica es el arroz. Impresiona ver cómo cuadrillas de porteadores lo descargan en grandes sacos en la playa desde las barcazas que vienen desde los mercantes atracados fuera de la bahía. Después los cargan en camiones que lo distribuyen por las tiendas del pueblo. La operación se repite para descargar muebles, electrodomésticos o material de construcción.

La energía eléctrica se produce en una anticuada planta con motores de gasoil y, la única gasolinera, depende del municipio. Destaca la sensación de que el pueblo está hecho a retazos. Muchas casas están a medio hacer, se acumulan escombros en los solares vacíos y, por el momento, no hay una oficina bancaria ni cajeros automáticos.  

Si bien, las inversiones públicas son evidentes en los últimos años. Aunque las calles están sin pavimentar, hace poco se remozaron las aceras con un buen enlosado de piedra volcánica y parece que todo está siendo preparado para un inminente asfaltado. Se ha hecho el mercado municipal, un parque infantil custodiado por dos esculturas gigantes de iguanas terrestres, la pista de voleibol cubierta -uno de los entretenimientos favoritos de los isleños- y se reformó el quirófano del centro de salud.  

Según informaba a través de la televisión local hace unos días el alcalde, o como él se autodenomina, “nuestro amigo de siempre”, la próxima gran inversión será la instalación de un sistema de purificación y potabilización de aguas para el consumo humano. También está previsto la implementación de un huerto solar que vendrá a sustituir el actual generador de electricidad por gasoil. Imaginamos que, algún día, le llegará el turno también a las rústicas farolas que iluminan las calles del pueblo.  

Todas éstas mejoras para la población humana se están llevando a cabo teniendo en cuenta a las poblaciones de todas las otras especies que cohabitan con nosotros aquí y que siguen disfrutando del espacio con total naturalidad y tranquilidad. Suponemos que, en el futuro, las iguanas continuarán teniendo prioridad para cruzar las calles, que los lobos marinos seguirán teniendo asiento preferente en los bancos, las playas y las barcas y que las grandes tortugas terrestres seguirán yendo a misa en la parroquia dedicada a San Francisco de Asís. Amén.

ASCENSIÓN AL VOLCÁN SIERRA NEGRA

ASCENSIÓN AL VOLCÁN SIERRA NEGRA

Hacía días que esperábamos el momento propicio para subir hasta el borde de la caldera de este enorme volcán. Mide más de diez kilómetros de diámetro y sólo es superado por el magnífico volcán tanzanés Ngorongoro. Lo destacable de éste es que está activo: la última gran erupción fue en 2005 y liberó una gran cantidad de lava que cubrió la mitad de la caldera con una capa de seis metros de espesor.

Isabela es la isla más grande del archipiélago y se ha formado por la fusión de seis volcanes submarinos que emergieron por separado de las profundidades del océano: Ecuador, Wolf, Darwin, Alcedo, Cerro Azul y Sierra Negra. Junto a la orilla occidental de esta isla encontramos hoy la isla Fernandina que, quien sabe si un día, emulando a los Reyes Católicos, acabará uniéndose a Isabela formando un único territorio en el cual convivan especies peculiares originadas por su historia evolutiva particular.  
Un caso que muestra este proceso lo hayamos en la misma Isabela donde conviven especies que en su día surgieron en distintas islas, cuando éstas aún eran independientes. De las diez especies de tortugas galápagos que sobreviven en el archipiélago, cinco son endémicas de Isabela; cada una de ellas vivía asociada a uno de los cráteres que forman la isla actual.  

Todo esto nos parecía muy interesante pero el problema fundamental era la meteorología. Excepto los tres meses más calurosos y secos del año (de enero a marzo), lo habitual es subir y no poder ver nada porque las densas nubes que suben por la ladera sur cubren completamente la caldera. Esta excursión hay que hacerla con guía y cuesta un dinero…, nosotros no teníamos prisa y sabíamos que el día bueno llegaría porque, según nos ha dicho Julio, hasta el momento ningún visitante ha permanecido en esta isla tanto tiempo como nosotros.  

Hoy ha sido el día. No se nos hubiese ocurrido un mejor regalo para Pau en su aniversario. Tras un recorrido de 45 minutos en coche desde Puerto Villamil, atravesando una zona dónde se permiten actividades agrícola y ganadera, hemos llegado al inicio del sendero a unos 850 m.s.n.m. Hay varias rutas para alcanzar el borde del cráter y los guías eligen la más adecuada en función de la nubosidad. Nosotros hemos podido hacer la más directa y hemos alcanzado nuestro objetivo en apenas media hora de paseo cuando el sol ya conseguía abrirse paso entre la humedad.  

A lo largo de este viaje hemos podido disfrutar de cinco o seis lugares majestuosos que captan tu mirada y todos tus sentidos. Son espacios que te atrapan y resulta difícil alejarse de ellos. Éste es uno de esos regalos que te ofrece nuestro planeta, probablemente, el último en nuestro viaje. Era como observar un enorme lago de aguas negras, de textura irregular y abrupta. Las orillas, las paredes verticales de la caldera, cubiertas de una densa vegetación verde brillante, contrastaban bellamente con el fondo. Las densas nubes blancas se enganchaban en la cara sur amenazando con dejarse caer en cualquier momento cubriendo la espectacular visión.  

Hemos recorrido el borde de la caldera. Ernest y Ferran corrían alegremente por el estrecho sendero y nosotros les seguíamos tranquilos. Este camino transcurre a unos 1000 metros de altura en dirección norte. Junto a nosotros venía la familia de Julio, lo que nos ha permitido, además, disfrutar de su compañía. Hemos almorzado y hemos regresado por otro camino, cuando las nubes ya nos impedían ver el volcán. Entonces ha empezado a lloviznar y hemos debido regresar a paso ligero.

En total hemos caminado 7,5 km y, aunque el sendero era suave, ha resultado bastante fatigoso pues la elevada humedad nos hacía transpirar intensamente. Esto hacia especialmente agotador el paseo a los niños porque al caminar debajo del estrato de vegetación ni tan siquiera sentían el alivio de la brisa.  
Durante la caminata ha sido gratificante poder intercambiar con Julio, nuestro guía, curiosidades sobre la flora de la región. Ésto ha sido una novedad para él ya que, tal como nos decía, muy pocos visitantes se interesan por conocer los detalles de esta vegetación tan particular. Es sorprendente, por ejemplo, el hecho de que hay cinco géneros de plantas exclusivos de estas islas y son muchas las especies únicas que sólo pueden observarse aquí.  

Realmente, si uno se detiene a observar es fácil experimentar la sensación que Darwin describía en su diario: “Viendo todas la colinas coronadas por sus cráteres, y perfectamente marcados todavía los límites de cada corriente de lava, hay motivo para creer que, en una época geológicamente reciente se extendía el océano donde se encuentran ellas hoy. Así pues, tanto en el tiempo como en el espacio nos encontramos frente a frente del gran fenómeno, del misterio de los misterios: la primera aparición de nuevos seres sobre la tierra“.

LA VIDA LIBRE Y SALVAJE DE LA NATURALEZA

LA VIDA LIBRE Y SALVAJE DE LA NATURALEZA

Estas islas no siempre han sido el baluarte del conservacionismo que son hoy en día. Es bueno recordarlo precisamente en este día que celebramos la jornada mundial por el medio ambiente. Desde que fueron descubiertas, las Galápagos estuvieron expuestas al insaciable instinto de depredación del ser humano. Piratas y balleneros esquilmaron durante años la población de tortugas. Después, el archipiélago fue objeto de interés estratégico para los norteamericanos, durante la Segunda Guerra Mundial. Y, con posterioridad, las autoridades ecuatorianas aprovecharon su remoto emplazamiento para instalar una deshumanizada penitenciaría.

Esta mañana hemos visitado este infausto lugar, que se encuentra a unos seis o siete kilómetros al oeste de Puerto Villamil. Con un par de bicicletas que alquilamos fuimos hasta allá. El camino es bueno y discurre a lo largo de la costa, hasta el punto en el que penetra en una zona de pozas y humedales. Aunque no hay demasiada pendiente, algunas de las rampas se hacen un poco incómodas, debido al calor asfixiante.  

De camino al Muro de las Lágrimas
Muro de las Lágrimas

El antiguo presidio es conocido por su tristemente célebre “Muro de las lágrimas”. Se trata de un alto murallón de piedra seca que levantaron los reclusos, a la fuerza, sin otra finalidad aparente que la de mantenerlos ocupados. Indignación, congoja, desasosiego… incluso compasión, son algunos de los sentimientos que nos ha provocado este terrible lugar. Como tantos otros lugares, nos da testimonio de la insensibilidad y la brutalidad de que es capaz el ser humano. Nuestro consuelo ha sido observar que el esfuerzo de aquellos pobres hombres no fue del todo en vano, pues aquel muro que tantos sudores y lágrimas les costó es hoy un hogar para muchas lagartijas y un sinnúmero de pajarillos. Así es, el hombre propone y la naturaleza dispone.

Ejemplar de tortuga galápago oculto entre los matorrales ¿lo ves?

Afortunadamente, la humanidad también puede aprender de sus errores y, asímismo, puede hacer algo por tratar de enmendarlos. Estas islas son una muestra de ello. Hay pocos lugares en el mundo en los que se haya producido un cambio de actitud tan radical respecto a un espacio natural. De ser la principal amenaza para las Galápagos, el ser humano ha pasado, en apenas unos decenios, a ser su principal protector. El asombro que provocaron, invariablemente, en todos los naturalistas que las pisaron -entre ellos Charles Darwin, sin duda el más destacado- y la expansión, a escala mundial, en los últimos cincuenta años, del pensamiento conservacionista, contribuyeron significativamente a hacer que las autoridades ecuatorianas decidiesen asumir la responsabilidad de proteger este lugar único en el mundo. Tanto es así, que hoy día el Ecuador es el único país del mundo que contempla la protección del medio ambiente como un valor reconocido constitucionalmente.  

Los grandes cangrejos se alimentan de algas

Un ejemplo inmejorable de esta buena disposición hacia la conservación de este espacio natural es la extraordinaria labor que se lleva a cabo en los centros de crianza de tortugas que están en marcha en el archipiélago. Solo en Isabela se han criado ya unas tres mil tortugas en cautividad, más de mil quinientas de las cuales han sido reintroducidas al medio natural. Sin ir más lejos, hoy mismo, en nuestro paseo, nos hemos topado con cinco o seis de ellas, sin salirnos del camino.   Atrás han quedado los tiempos de las cacerías de tortugas. Y los esfuerzos por eliminar a todos aquellos animales introducidos por el hombre y que suponen una amenaza para su vida -como los perros salvajes- o que compiten con ellas ventajosamente por el alimento -como las cabras o las reses-, han sido ingentes y persistentes, y todavía lo son.

En el Estero, los pelícanos se alimentan mientras jugamos

Hasta hace poco, además, las Galápagos contaron con el que debe haber sido el mayor icono del conservacionismo, a nivel mundial. El solitario George fue el último individuo de su especie. Era una tortuga gigante que pertenecía a la variedad endémica de la isla Pinta, al norte del archipiélago. Fue hallada hace unos sesenta años y pronto fue identificada como el último superviviente de su especie, al no encontrarse ningún otro individuo de su mismo linaje. Los intentos por conseguir que tuviese descendencia con hembras de otras especies, genéticamente similares, resultaron infructuosos. Así, el solitario George se convirtió, inevitablemente, en un emblema de lo que nunca más debería ocurrir en estas islas o, por extensión, en cualquier otra parte del mundo. Su muerte, acaecida el 24 de junio del 2012, hace apenas un año, no ha hecho más que consumar definitivamente su trágica existencia.

Durante la última semana, Ernest y Ferran se han familiarizado con la historia de George, gracias a una narración para niños ilustrada que les compramos cuando visitamos el centro de crianza de tortugas donde vivió y murió el solitario testudo, en la Estación científica Charles Darwin. Ahora saben quién fue George y conocen su historia, una historia “t(r)iste”, como dice Ferran. Y, a su manera, han comprendido que ninguna especie animal o vegetal debiera desaparecer nunca de la faz de la Tierra por la acción directa o indirecta del ser humano.

Libres en la naturaleza

Como nosotros, los niños también están disfrutando de este contacto estrecho y privilegiado con la naturaleza que brindan las islas Galápagos. Hoy, por ejemplo, han gozado adentrándose en la maraña del manglar para acabar descubriendo un paraje oculto, el Estero, en donde hemos hallado varios pelícanos chapoteando plácidamente en el agua, mientras un león marino dormía como un tronco, en la orilla, a nuestro lado. Poco después, en la Playa del Amor, se han asombrado con la gigantesca iguana que ha salido del océano venciendo a las olas para tumbarse en la roca, exhausta, y recobrar, así, las fuerzas. O, también allí, se han admirado con los enormes cangrejos que se aferraban porfiadamente a las rocas mientras eran sacudidos por el bravo oleaje y se han sonreído al ver cómo una pequeña iguana se acurrucaba afectuosamente contra el pie desnudo de su padre, aprovechando esta oportuna presencia de “calor humano”.

Playa del Amor, una cría de iguana reposa en el pie templado de Pau

Esta sobreabundancia de vida salvaje es lo que deslumbra de Galápagos. Deslumbra mucho más que el sol o las playas, sin duda. Lo cual nos recuerda que “Todas las cosas buenas son libres y salvajes”, como decía Thoreau. Tal vez sea esto lo que más nos aterra de la idea de volver: el saber que a donde vamos no hallaremos tanta vida libre y salvaje. No la veremos cuando miremos al cielo. Tampoco cuando oteemos el mar. Ni siquiera cuando dirijamos la mirada al suelo, hacia la tierra. Pero lo peor de todo es tener la sospecha de que posiblemente tampoco la hallaremos cuando miremos fijamente a los ojos de las personas.  

En los centros de crianza las enormes tortugas se reproducen para repoblar las islas

Nuestro mayor gozo, hoy por hoy, es mirarnos a los ojos -y sobretodo mirar a los ojos de nuestros hijos- y reconocer algo de esta vida. Si consiguiéramos conservar algo de este maravilloso destello, tras este viaje, ya sería un gran éxito para nosotros y una recompensa cumplida a todos nuestros desvelos. De nosotros depende que seamos capaces de guardar en la memoria el eco sonoro de esta llamada de la naturaleza.

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