Apostados en nuestro vehículo junto a una charca, solo hacía falta esperar un poco para asistir al ininterrumpido desfile de animales que acudían al agua a beber en las tórridas horas de los ociosos días africanos. La sucesión de gacelas, impalas, cebras, ñus, facóceros, jirafas, rinocerontes y elefantes era continua y sin fin, de hecho. Sin nada más que hacer, salvo beber y comer, la vida de los herbívoros de la sabana orbita en torno al entramado de charcas y del conjunto de matorrales de espinos y bosquecillos de mopanes que los circundan. De ahí la facilidad para observarlos y aprender algo sobre su modo de vida. Contemplar a estos animales en su medio nos permitió captar algunos de sus hábitos sociales, así como de sus jerarquías.
Los elefantes son, sin duda, los reyes de la charca. A su paso, el resto de criaturas se aparta, dejando la charca libre, ya sea para saciar a la sedienta manada de elefantas junto con su simpático grupo de crías o para refrescar al soberbio macho, huraño y solitario, que se aproxima raudo e impasible desde la lontananza.
Las jirafas, encaramadas en lo alto de su larguísimo cuello, avizoran los movimientos en la charca y controlan la sucesión jerárquica de animales sedientos que se aproximan, esperando pacientes su turno, cuando la charca está lo suficientemente tranquila como para bajar la cabeza, doblar las rodillas o flexionar las patas de un modo ciertamente inverosímil, y beber tranquilas, por turnos, mientras el resto del grupo de jirafas se mantiene alerta ante posibles peligros en las inmediaciones.
Los grupos de cebras, gacelas, ñus y otros cuadrúpedos, se amontonan en los bordes de la charca o chapotean en ella alegremente sin mayor preocupación hasta que aparecen las hienas, los chacales o los perros salvajes. Es entonces cuando se ponen en estado de alerta, se agitan y, si hace falta, se dan a la fuga en estampida. Sin embargo, la fuerza magnética del agua es tan poderosa en esta época del año que la mera presencia de un grupo de leonas descansando tranquilamente a escasos metros del agua no disuade a muchos herbívoros de acercarse y merodear nerviosamente la charca, mientras sacian la sed, vigilando -eso sí- de reojo a las perezosas leonas que dormitan, tumbadas, a la sombra de un mopane.
Por último, vemos a los avestruces -esos forasteros emplumados y elegantemente extraños en medio de una charca superpoblada por mamíferos-, los cuales pasean con orgullo su mullido plumaje al tiempo que contonean, oscilan y basculan con altivez su enhiesto cuello, alardeando esa imperturbable calma que les confiere su inquebrantable confianza en la agilidad y la gracilidad de su veloz e inigualable zancada, algo que los hace inmunes al acecho de los torpes y pesados depredadores que salivan al admirar sus tersos, firmes y jugosos muslos.
En muchos aspectos, la vida en la charca se asemeja a la vida social de los humanos. La dominancia y la jerarquía están presentes en la vida social. Da lo mismo que hablemos de una empresa o del patio de una escuela. Es fácil distinguir al humano-elefante, a cuyo paso todos ceden su lugar. También se reconoce con premura al humano que se refugia y camufla en la manada, cuando le acucia el miedo y se siente inseguro. A la jirafa la podemos vislumbrar, también, en el humano cauteloso y prudente. Y depredadores agresivos que perturban la paz acechando al resto los hay, asimismo, entre nosotros, por desgracia. Todos y todas los conocemos, ciertamente, y sabemos de qué especie son. Ahora bien, verlos llegar de lejos nos permite mantenernos a salvo, guardando una prudente distancia. Por último, incluso descubrimos, también, entre nosotros, al insólito avestruz, orgulloso y elegante, seguro de sí mismo, que alardea sin complejos de su rareza en un medio social hostil en el que es tildado por otros, sin compasión alguna, como extraño o forastero, ya sea porque parece demasiado estirado o remilgado, porque se viste emplumado o se comporta de forma amanerada o porque es prejuzgado, simplemente, como un pajarraco, esto es, como miembro de otra especie o de una raza ajena y “exótica”.
Quizás fuera esta visión arquetípica de los animales lo que impulsó a Marshall Rosenberg, educador, mediador y terapeuta, a tomar al chacal y a la jirafa como símbolos de dos estilos opuestos de comunicación entre los humanos. El lenguaje del chacal es, en efecto, el de la comunicación violenta, lleno de insultos, gritos, amenazas y hostigamientos. El lenguaje de la jirafa, por otro lado, es el de la Comunicación No Violenta, basada en la escucha, la empatía y la asertividad.
Como resaltaba Marshal Rosenberg, a diferencia de los animales, la conducta humana no está sujeta al rígido patrón del instinto y la codificación genética. Nadie se ajusta perfectamente al esquema comunicativo del chacal o de la jirafa, en todas y cada una de sus conductas. Nuestro estilo de comunicación es híbrido, muta, se transforma y evoluciona. De ahí la invitación de Marshall Rosenberg de dar pasos hacia una comunicación empática y no violenta.
PASOS HACIA UNA COMUNICACIÓN EMPÁTICA Y NO VIOLENTA
- El primer paso para ello es aprender a observar sin juzgar, ya que es del juicio al otro, sobre todo de la crítica mordaz e hiriente, de donde surgen muchos de los conflictos a los que nos enfrentamos.
- El segundo paso es centrar la atención en los propios sentimientos de miedo, frustración, ira…, sin culpar a nadie por ellos, aunque nos venga la tentación de hacerlo.
- El tercero es comprender qué necesidades tengo y no han sido atendidas para que yo me sienta así.
- Y el cuarto es pedir al otro que atienda mis necesidades, en la medida de sus posibilidades, sin exigencias, reproches ni imposiciones de ninguna clase.
Se trata, en fin, de dar a conocer al otro, de un modo asertivo, qué conducta suya nos ha molestado, resaltando en todo momento nuestros sentimientos y necesidades y sin acusar ni responsabilizar al otro de nuestro malestar, pero sí apelando a su empatía para que esté dispuesto a ayudarnos modificando su conducta o haciendo algo por nosotros.
La Comunicación No Violenta no nos garantiza que el otro hará lo que nosotros queremos o necesitamos. No es una técnica para manipular a los demás y para que hagan lo que nosotros deseemos. Es un estilo de comunicación que nos permite relacionarnos con los demás de un modo más sereno, pacífico y ético. Nos convierte en individuos socialmente valiosos, por las habilidades de diálogo y mediación que confiere. Nos hace más confiables ante los ojos de los demás y nos permite sentir la satisfacción de ser útiles en nuestra comunidad, ya sea una empresa o una escuela.
Al fin y al cabo, la vida en la charca no es tan compleja. Solo requiere ciertas destrezas comunicativas para que la convivencia de tantas y tan diversas criaturas sea lo más grata posible, sin conflictos demasiado asiduos, graves o duraderos. Saber evitar los conflictos o saber resolverlos pacíficamente son destrezas necesarias en la vida social: adquirirlas es parte del arte de la vida en la charca.
En el silencio de la naturaleza disfruto de caminar, observar y escuchar. De ello me nace el pensar, y la necesidad de escribir o dibujar. Mis otras pasiones son la lectura y la enseñanza como destreza comunicativa, al estilo socrático. Viajo en familia: el descubrimiento, la convivencia y el aprendizaje son los ejes de esta experiencia irrenunciable.
Tienes mucha razón Pau…doy fe.
Observarnos unos a otros nos hace ver que seguimos siendo «muy animales», para bien y también a veces, para mal…
Un abrazo.