Descartes es el nombre de la antigua villa francesa de La Haye, que cambió su nombre para rendir tributo a su oriundo más célebre. Tal es la celebridad de Descartes, el filósofo más famoso de su tiempo. De hecho, todo el mundo sabe quién fue Descartes. Pero son menos los que conocen lo que se oculta tras el personaje. Pocas personalidades representan mejor esta dualidad inevitable entre la vida pública y la vida privada. La causa profunda de esta escisión se puede rastrear hasta su primera infancia, cuando aún nadie sospechaba que aquel niño enfermizo criado por una nodriza, tras la muerte de su madre, a consecuencia del parto, llegaría a ser la personalidad más eminente e influyente de su época.

L’ESPACE MUSEAL RENÉ DESCARTES

Ni siquiera su padre, que por aquel entonces lo apodaba “el filósofo” debido a las apremiantes e incisivas preguntas de aquel precoz niño no fue capaz de intuir ni prever el enorme alcance que llegaría a tener aquel pequeño portento intelectual. Quizás sea esto lo mejor de la visita a la modesta casa natal de René Descartes en la ciudad homónima: lo que no muestra. Las dos plantas del edificio incluyen una aleccionadora e interesante retrospectiva biográfica del genio francés. Pero nada de ello pone el énfasis en la parte silenciosa, discreta y oculta de la vida de Descartes.

Retrato de Descartes

Como en un cuadro en el que las partes iluminadas atraen la mirada y la apartan de los detalles que quedan velados por la penumbra, la deslumbrante vida y obra del eminente filósofo y matemático francés oculta la discreta y disimulada existencia de un hombre enfermo, inseguro, temeroso y, tal vez, un poco paranoicoCreo que él se esforzó en pintar este retrato velado, parcial y sesgado de su personalidad. Y tuvo éxito en ello. Porque se hace difícil sospechar, de entrada que el paladín de la razón metódica y de la metafísica moderna fue, en realidad, un individuo bastante delicado, miedoso y acomplejado. 

Patio trasero de la casa de René Descartes

Visualizamos al pequeño René sentado en el jardín trasero de su casa, jugando a cargo de su amada y protectora nodriza, con un padre frío y distante con sus muchas ocupaciones administrativas en Rennes, la capital de Bretaña, y entendemos la soledad y el desamparo que arrastró Descartes a lo largo de su vida. También comprendemos su frágil, precario y complejo vínculo afectivo con las mujeres de su vidaDesde la criada que concibió a su hija hasta la joven e idealizada Isabel de Bohemia o la protectora Cristina de Suecia, las relaciones de Descartes con las mujeres oscilan entre la figura real y presente de su nodriza y la lejana y soñada imagen de la madre que jamás conoció. En cualquiera de ambos casos, Descartes no deja de presentarse ante nuestros ojos como el desvalido y desatendido niño que imaginamos en el jardín de su casa natal. Semejante vulnerabilidad explica la necesidad persistente del hombre de ocultar a los ojos del mundo una parte significativa de su vida. 

Siendo estudiante en el internado, su precocidad intelectual y su omnipresente enfermedad le permiten excusar su ausencia de las clases para refugiarse en su cuarto, en la cama, entre lecturas, sueños y pensamientos originales. Tras los estudios, el joven siente la necesidad, de vez en cuando, de retirarse al campo para huir de la vida disoluta e irresponsable de sus viejos amigos estudiantes. Incapaz de asumir un cargo, como su padre, se alista voluntario como mercenario para disolverse, como una sombra, en la masa de las ingentes tropas que recorren Europa en aquel tiempo.

Junto a la casa natal del filósofo en Descartes

Tras la muerte de su padre, las rentas le permiten retirarse a una vida ociosa y discreta en Holanda, donde da rienda suelta a su innata curiosidad respecto a saberes complejos que su formidable talento desbroza con asombrosa facilidad. Animado por otros, en los pocos y excepcionales encuentros en los que expande su parca vida social, decide publicar sus progresos y descubrimientos. Eso sí, lo hace de forma anónima, sobre todo después de la condena eclesiástica que ha sufrido Galileo por un atrevimiento semejante. La fama refuerza el ego frágil e intrincado del filósofo. Su relación epistolar, como maestro, con la joven princesa Isabel de Bohemia le permite sublimar una atracción aparentemente platónica por su noble protegida. 

 

Mientras tanto, y de forma clandestina e ilícita, Descartes tiene una hija con la mujer que le asiste en casa. A diferencia de tantos otros hombres, Descartes decide cuidar y mantener con él a su hija. Se ha encariñado de ella. La presenta como su sobrina. Es su pequeña Francine. Pese a que su nombre recorre ya toda Europa, pues su obra anónima no le ha evitado ser conocido por todos, el centro de la existencia del eminente matemático, científico y filósofo es estrictamente secreto: su amor por Francine. Nadie conoce la verdad. Y, pronto, su desgracia estará llamada a permanecer bajo el mismo secreto y clandestinidad. A los cinco años, Francine fallece por enfermedad, para desconsuelo de su padre. Su luto, callado y triste, sume al hombre en la desesperación y la soledad. Despide a la madre de la niña, a la que beneficia con una buena dote que le permita casarse. Descartes necesita purgar solo su dolor. Se dice que entonces Descartes ingenia una muñeca autómata a la que viste y peina como a Francine. Es su secreto mejor guardado. Aquella figura hierática de movimientos toscos y rígidos concita los pocos y dolidos afectos del cerebro más deslumbrante de su tiempo. 

Acceso a la casa museo de Descartes

Es su mayor consuelo en una época en la que empieza a ser hostigado y cancelado en las universidades por sus ideas mecanicistas y su filosofía racionalista. La Iglesia ha intuido que el cartesianismo es un espíritu maligno que infecta las mentes y corroe la asentada autoridad de su trono. Temeroso por su seguridad y su tranquilidad, Descartes cambia de residencia con asiduidad. Rehuye de la fama como de la peste. Pero no puede eludir la responsabilidad de defender la obra que ha quedado ligada a su nombre. La escisión entre el personaje público y el hombre de carne y hueso alcanza el mayor grado de tensión. En tal momento trágico, quizás Descartes prefiera no ser Descartes.  

Los colores de Estocolmo cambian cuando el día amanece gris

Pero su destino ya está fijado. Acuciado por los que le hostigan, Descartes acepta marchar a Suecia, aceptando la protección de la reina Cristina. El viaje hasta allí no puede ser más calamitoso. Con un mar embravecido, los marinos -supersticiosos por naturaleza- sospechan del mal fario asociado a ese pasajero huraño e huidizo que se encierra en su solitario camarote. Exaltados, como los marinos que lanzaron a Jonás al mar en medio de la tempestad, asaltan su camarote privado para encontrar allí al filósofo con una muñeca diabólica que se mueve y gesticula como si estuviese poseída por un genio maligno. Gritos, golpes y violencia preludian el previsible desenlace: la muñeca es lanzada por la borda y poco falta para que el filósofo sufra la misma suerte. Descartes llega a Estocolmo desfallecido y desahuciado. Una mortal tristeza le embarga. Allí deviene filósofo de la corte. Descartes se siente atrapado. Pese a los honores y agasajos, el filósofo se siente vacío y perdido. Sin vida propia, el hombre ha sucumbido ante el personaje, definitivamente.

Cristina de Suecia en sus reuniones con eruditos en palacio (Descartes está situado a su izquierda)

Añora la soledad y la privacidad que guardaba con tanto celo. Echa en falta esa interioridad sublime que desplegó magistralmente, ante los ojos del mundo, en sus célebres meditaciones. Pero una vez desveladas, su secreto ha dejado de ser tal. El genio ya ha salido de la botella. No puede volver a guardarse. Lo que era privado se ha hecho público. El drama de Descartes es, al fin y al cabo, el drama de la modernidad. Descartes muere de éxito. Su celebridad consume su vida. Ni siquiera sus restos mortales hallarán descanso. Incluso su cráneo es custodiado y exhibido, aún, en el Museo del hombre de París. Su cabeza y su pensamiento ya no le pertenecen.

 

Con ello volvemos al jardín de su casa de infancia, a aquel pequeño René que jugaba ensimismado, bajo la mirada de su nodriza. ¿Qué ha quedado de él? ¿Dónde se ha ido? ¿Por qué se perdió? En Descartes y su vida redescubrimos la importancia de salvaguardar la separación de la vida privada y la vida pública. En este tiempo de sobreexposición social, a través de las redes y el mundo de la imagen, nos urge la necesidad de preguntarnos qué no vamos a contar, qué no vamos a mostrar, qué nos vamos a guardar. 

Junto a la réplica de la primera publicación del «Discurso del Método»

¿Qué parte de nuestra vida guardamos exclusivamente para nosotros? ¿En qué medida defendemos nuestra intimidad y nuestra privacidad? ¿Qué derecho tienen los otros a leer o escrutar nuestra propia vida? ¿De dónde surge la necesidad de exponer o exhibir nuestro deambular por el mundo? Cuando observamos el cráneo de Descartes, sobre el cual alguien escribió algunos de los célebres pensamientos del filósofo, nos preguntamos si no será duro y cerrado precisamente para mantener algo guardado. 

 

Quizás sea esa la clave de la tan pregonada libertad de pensamiento. En este tiempo en el que cada click es analizado como quien lee el pensamiento de multitudes que vagan por las redes de nuestro mundo virtual, ¿no debería protegerse como algo sagrado la confidencialidad de nuestro deambular digital? ¿Por qué debemos aceptar estar constantemente geolocalizados? ¿Por qué debemos tragarnos todas las galletas que nos sirven? ¿Por qué no navegamos de incógnito por defecto?

 

En este espacio digital que hemos creado, a imagen y semejanza del célebre panóptico, se exige la desnudez propia de la absoluta transparencia. Aún criticamos el hipócrita juego de apariencias y el burladero del anonimato. Pero olvidamos que quizás son los últimos bastiones de una intimidad y una privacidad asediadas. Nunca mostramos todo lo que somos. Es más: quizás somos lo que no mostramos. Y mostrarlo bien pudiera ser perder lo que somos. Tal vez por esto defendió Descartes la idea del alma, como algo distinto y separado -de otra naturaleza- respecto del cuerpo material. Algo intangible que no puede ser mostrado ni revelado. Algo que late, invisible, más allá de la apariencia que se muestra.

 

Es sugerente la idea de algo que permanece oculto, insondable. De algo que no puede ser mostrado ni demostrado. Algo que nadie puede conocer, salvo uno mismo. Es más, algo que soy yo mismo. Desde esta perspectiva, la propia salvación permanece incólume. Nadie más puede hollar el recinto sagrado del templo augusto de mi propia personalidad. 

Placa conmemorativa de su bautizo

El pequeño René que juega ensimismado en el jardín de su casa, bajo la mirada de su nodriza, está a salvo, pues. Nadie más que él conoce lo que vive interiormente. Ese es su reino interior. Ninguna tutela, ninguna vigilancia puede socavar su propia autoridad. Él dirige su pensamiento, con una soberanía absoluta. Incluso Dios se somete a sus razonamientos. Que sea un niño no le impide pensar, aunque su pensamiento sea aún débil y tentativo. Su curiosidad es fuerte e inagotable, sin embargo. Merece todo nuestro respeto. No quiere respuestas: anhela descubrimientos. Porque las respuestas son comunicables, pero los descubrimientos son inefables e intransferibles. Ya maduro, Descartes descubre el yo pensante. Esa experiencia es el núcleo de su filosofía. Él narra su experiencia pero sólo otro yo pensante puede acceder a -y experimentar- semejante descubrimiento. Eso no está al alcance de ningún algoritmo ni de ninguna inteligencia artificial.

Pienso, luego existo”. Esta es la experiencia privativa.

“Pienso, luego existo”. Esta es la experiencia privativa. Algo que solo yo puedo constatar. Nadie más puede dar razón de mi existencia. Una inteligencia artificial generativa quizás pueda simular un yo pensante a ojos de los demás, pero la verdad profunda de ese pensar aparente será la vacuidad de una muda inexistencia.

Nada puede sustituir una existencia genuina. Por eso Descartes es insustituible. Por eso mismo, yo soy insustituible. Por eso mismo, tú eres insustituible. Es a esta cualidad de genuina insustituibilidad a lo que Descartes llamó inmortalidad. Ningún yo pensante puede concebir nada sin concebir, al mismo tiempo, su propia existencia pensante. De ahí que le sea inconcebible su propia inexistencia. Así pues, el yo pensante de Descartes es, lógicamente, inmortal.

 

De esto no sabe nada el pequeño René, aún. Pero quizás algo intuye… Todo niño ensimismado vive inmerso, ajeno al tiempo, en la eternidad de su propia conciencia. De ahí que no conciba la muerte como un horizonte vital. Es un ser inmortal. Tal vez Descartes no dejó de ser nunca ese niño ensimismado. Con razón, pues, su padre lo apodaba “el filósofo” cuando lo veía absorto en los días que sus ocupaciones le permitían visitarlo. Ajeno al mundo y al tiempo, el pequeño René vivía en -y era- el pensamiento. Hoy Descartes -la villa- rinde tributo a ese niño ensimismado…..

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