Montaigne es una pequeña localidad francesa situada en la campiña de Aquitania, cerca del río Dordoña. A parte de tranquilidad y viñedos, el lugar no ofrece al visitante alicientes que lo conviertan en un polo de atracción turística. Toda una suerte para los lugareños que pasan los días sin ver su villa asediada por masas ingentes de turistas de todo el mundo. Pese a ello, Montaigne es un lugar de peregrinaje para unos pocos bibliófilos que acuden allí para visitar el castillo en el que vivió y escribió uno de los más ilustres de entre los que se han dedicado a las letras en Francia: Michael de Montaigne.

FUENTE: https://www.biografiasyvidas.com/

Como ocurre con las residencias de otros ilustres franceses, el castillo está incluido en el catálogo nacional de Mansiones de Ilustres. En este caso, el castillo bien merece una visita, incluso en el caso de no contratar la visita a la parte noble del complejo, puesto que el corazón de este hogar de las letras -el antiguo torreón del que se valía como refugio literario el creador del ensayo- está abierto al público y es fácilmente accesible.

Dejemos que sea él quien nos lo describa:

“En casa, me aparto un poco más a menudo a mi biblioteca, desde donde, con toda  facilidad, dirijo la administración doméstica. Estoy a la entrada, y veo debajo de mí mi huerto, mi corral, mi patio, y dentro de la mayoría de las partes de mi casa. Ahí, hojeo ahora un libro, luego otro, sin orden ni plan, a retazos. A veces pienso, a veces registro y dicto, mientras me paseo, mis desvaríos, que tenéis delante. La biblioteca se encuentra en la tercera planta de una torre. La primera es la capilla; la segunda, una estancia y su anexo, donde duermo con frecuencia, para estar solo. Encima, tiene un gran guardarropa. En el pasado era el lugar más inútil de la casa. Paso ahí la mayor parte de los días de mi vida, y la mayor parte de las horas del día. De noche, no estoy nunca. A su lado, hay un gabinete no exento de elegancia, donde puede hacerse fuego en invierno, iluminado de una manera muy agradable. Y si no temiese más la preocupación que el gasto, la preocupación que me aparta de toda obra, podría fácilmente añadir a cada lado una galería de cien pasos de longitud y doce de anchura, al mismo nivel, ya que he encontrado todos los muros alzados para otro uso, a la altura que me hace falta. Todo lugar de retiro requiere un paseo cubierto. Mis pensamientos duermen si los mantengo en reposo. Mi espíritu no avanza tanto solo como si las piernas lo mueven. Quienes estudian sin libro, han llegado todos a este punto. Su forma es redonda, y sólo es lisa en la parte que se requiere para mi mesa y mi silla; y me ofrece en una sola mirada, al curvarse, todos mis libros, ordenados sobre pupitres en cinco estantes alrededor. Tiene tres vistas con una perspectiva rica y libre, y el hueco mide dieciséis pasos de diámetro. En invierno, no paso en ella tanto tiempo seguido.”

Respecto a su casa, Montaigne dice lo siguiente:

“Mi casa, en efecto, está encaramada en una colina, como dice su nombre, y no tiene pieza más aireada que ésta, que me agrada porque su acceso es un poco difícil, y porque está algo apartada, tanto por el provecho del ejercicio como por alejar de mí a la multitud. Aquí tengo mi morada. Intento adueñarme de ella por completo, y sustraer este único rincón a la comunidad conyugal, filial y civil. En los demás sitios, mi autoridad es sólo verbal; en lo efectivo, confusa. ¡Qué miserable es, a mi juicio, quien no tiene en su casa un lugar donde estar a solas, donde hacerse privadamente la corte, donde esconderse! La ambición paga bien a su gente manteniéndola siempre a la vista, como la estatua de una plaza. Magna seruitus est magna fortuna [La gran fortuna es una gran esclavitud]. Ni siquiera en el retrete encuentran retiro. Nada he juzgado tan duro en la vida austera que nuestros religiosos pretenden que lo que veo en algunas de sus compañías, el hecho de tener como regla compartir siempre el mismo lugar, y ayudarse muchos mutuamente en cualquier tipo de acción. Y me parece en cierta medida más soportable estar siempre solo que no poder estarlo nunca.”

 

Celoso de su privacidad, en su día a día, en sus escritos se nos muestra íntimo y casi desnudo, no solo en lo relativo al cuerpo -con todos sus achaques y malestares-, sino también respecto a su alma, que desvela casi sin pudor ni vergüenza alguna. 

Así lo confiesa él:

“Los autores se comunican con el mundo merced a un distintivo especial y extraño; yo, principalmente, merced a mi ser general, como Miguel de Montaigne, no como gramático, poeta o jurisconsulto. Si el mundo se queja porque yo hablé de mí demasiado, yo me quejo porque él ni siquiera piensa en sí mismo. ¿Pero es razonable que siendo yo tan particular en uso, pretenda mostrarme al conocimiento público? ¿Lo es tampoco el que produzca ante la sociedad, donde las maneras y artificios gozan de tanto crédito, los efectos de naturaleza, crudos y mondos, y de una naturaleza enteca, por añadidura? ¿No es constituir una muralla sin piedra, o cosa semejante, el fabricar libros sin ciencia ni arte? Las fantasías de la música el arte las acomoda, las mías el acaso. Pero al menos voy de acuerdo con la disciplina, en que jamás ningún hombre trató asunto que mejor conociera ni entendiera que yo entiendo y conozco el que he emprendido; en él soy el hombre más sabio que existir pueda; en segundo lugar, ningún mortal penetró nunca en su tema más adentro, ni más distintamente examinó los miembros y consecuencias del mismo, ni llegó con más exactitud y plenitud al fin que propusiera a su tarea. Expuse la verdad, no hasta el hartazgo, sino hasta el límite en que me atrevo a exteriorizarla, y me atrevo algo más envejeciendo, pues parece que la costumbre concede a esta edad mayor libertad de charla, y mayor indiscreción en el hablarse de sí mismo.”

Así pues, en esta visita al hogar de Montaigne no contemplamos más que el lugar por el que deambuló el ser particular de un ilustre -y muy modesto- individuo, nada más. Pero, quizás, como él mismo dice, la idea misma de “individuo” no sea del todo acertada, porque nadie es tal “individuo”, sometido como está a los vaivenes de la fortuna:

 

“No es maravilla, dice un escritor antiguo, que el acaso pueda tanto sobre nosotros, pues que por acaso vivimos. Quien no ha enderezado su vida hacia un determinado fin es imposible que pueda ser dueño de sus acciones particulares; es imposible que ponga en orden las piezas de que se compone un conjunto, quien no tiene de antemano en el espíritu la idea de ese mismo conjunto. ¿Para qué serviría la provisión de colores a quien no supiera lo que tenía que pintar? Ninguno hace de su vida designio determinado, ni delibera sino por parcelas. El arquero debe primeramente saber el punto donde dirige el dardo; luego acomodar la mano, el arco, la cuerda y los movimientos: nuestros consejos nos extravían porque carecen de dirección y de fin; ningún viento sopla para el que no se dirige a un puerto determinado. No soy del parecer de los jueces que encontraron que Sófocles era apto para el manejo de las cosas domésticas contra la acusación de su hijo, por haber presenciado la representación de una de sus tragedias; ni apruebo tampoco lo que los parios conjeturaron cuando fueron enviados para reformar a los milesios: al visitar aquéllos la isla se fijaron en las tierras que estaban mejor cultivadas y en las casas de labor mejor gobernadas; registraron el nombre de los dueños de unas y otras, reunieron luego a los habitantes de la ciudad y confirieron a aquéllos los cargos de gobernadores y magistrados, juzgando, que como eran cuidadosos en sus negocios privados seríanlo también en los negocios públicos. No somos más que seres fragmentarios de una contextura tan informe y diversa, que cada pieza de las que nos forman, y cada momento de nuestra vida, hacen un juego distinto, y se encuentra diferencia tan grande entre nosotros y nosotros mismos, como la que existe entre nosotros y los demás hombres: Magnam rem puta, unum hominem agere [“Vivid persuadido de que es bien difícil ser constantemente el mismo hombre.” SÉNECA, Epíst., 120.]”

Todo individuo no es tal, pues, sino muchos. Cada uno de ellos forjado por el momento y la situación que vivimos. Ensayos de hombres y mujeres que nunca acaban de estar completos ni realizados, sino que prueban, intentan, fallan y van errados, la mayor parte de las veces.

Suena pesimista, pero no lo es, en absoluto. Pues nadie queda atado a sus fracasos. Todos pueden rehacer su vida y su ser. Lo que fui ayer no supone menoscabo para lo que mañana seré. Esto excluye, en gran medida, el remordimiento, y nos libera. Para Montaigne, nuestras vergonzosas y vanas contradicciones no son relevantes para nada. Lo fundamental es guardar la integridad dentro de uno mismo:

 

“Es una vida relevante la que se mantiene dentro del orden hasta en su privado. Cada cual puede tomar parte en la mundanal barahúnda y representar en la escena el papel de un hombre honrado; mas interiormente y en su pecho, donde todo nos es factible y donde todo permanece oculto, que el orden persista es la meta. El cercano grado de esta bienandanza es practicarla en la propia casa, en las acciones ordinarias, de las cuales a nadie tenemos que dar cuenta, y donde no hay estudio ni artificio.”

Esta prioridad -y mayor probidad- de la vida privada sobre la pública tiene su colofón en la propia conciencia (algo de lo que debiéramos tomar nota ante la fastuosa popularidad de la que gozan tantos deshonestos hoy en día):

 

“El pueblo acompaña a un hombre hasta su puerta deslumbrado por el ruido de un acto público, y el favorecido con su vestidura abandona el papel que desempeñara, cayendo tanto más hondo cuanto más alto había subido, y dentro de su alojamiento todo es tumultuario y vil. Aun cuando en ella el orden presidiera, todavía precisa hallarse provisto de un juicio vivo y señalado para advertirlo en las propias acciones privadas y ordinarias. Montar brecha, conducir una embajada, gobernar un pueblo, son acciones de relumbrón; amonestar, reír, vender, pagar, amar, odiar y conversar con los suyos y consigo mismo, dulcemente y equitablemente, no incurrir en debilidades, mantener cabal su carácter, es cosa más rara, más difícil y menos aparatosa. Por donde las existencias retiradas cumplen, dígase lo que se quiera, deberes tan austeros y rudos como las otras; y las privadas, dice Aristóteles, sirven a la virtud venciendo dificultades mayores y de modo más relevante que las públicas. Más nos preparamos a las ocasiones eminentes por gloria que por conciencia. El más breve camino de la gloria sería desvelarnos por la conciencia como nos desvelamos por la gloria. La virtud de Alejandro me parece que representa mucho menos vigor en su teatro que la de Sócrates en aquella su ejercitación ordinaria y obscura. Concibo fácilmente al filósofo en el lugar de Alejandro; a Alejandro en el de Sócrates no lo imagino. Quien preguntara a aquél qué sabía hacer obtendría por respuesta. «Subyugar el mundo»; quien interrogara a éste, oiría: «Conducir la vida humana conforme a su natural condición», que es ciencia más universal, legítima y penosa.”

De ahí viene la auténtica autoestima y el aprecio sincero de quien nos conoce, en verdad:

 

“No consiste el valer del alma en encaramarse a las alturas, sino en marchar ordenadamente; su grandeza no se ejercita en la grandeza, sino en la mediocridad. Como aquellos que nos juzgan por dentro nos sondean, reparan poco en el resplandor de nuestras acciones públicas, viendo que éstas no son más que hilillos finísimos y chispillas de agua surgidos de un fondo cenagoso, así los que nos consideran por la arrogante apariencia del exterior concluyen lo mismo de nuestra constitución interna; y no pueden acoplar las facultades vulgares, iguales a las propias con las otras que los pasman y alejan de su perspectiva.”

 

Juzgarse a uno mismo digno no depende, así pues, de la vulgar opinión. Solo de la propia consideración que, por forzosa familiaridad, conoce las propias faltas y las fortalezas que uno atesora. A modo de ejemplo de buen juicio, Montaigne nos presenta la vida de un vecino suyo, ladrón confeso, pero, sin duda, honrado:

“Hallándome días pasados en las tierras que uno de mis parientes posee en Armaignac conocí a un campesino a quien todos sus vecinos llaman el Ladrón, el cual relataba su vida por el tenor siguiente: como hubiera nacido mendigo y cayera en la cuenta de que con el trabajo de sus manos no llegaría jamás a fortificarse contra la indigencia, determinó hacerse ladrón, y en este oficio empleó toda su juventud, con seguridad cabal, merced a sus fuerzas robustas, pues recolectaba y vendimiaba las tierras ajenas con esplendidez tanta que parecía inimaginable que un hombre hubiera acarreado en una noche tal cantidad sobre sus costillas; cuidaba además de igualar y dispersar los perjuicios ocasionados, de suerte que las pérdidas importaran menos a cada particular de los robados. En los momentos actuales vive su vejez, rico, para un hombre de su condición, gracias a ese tráfico que abiertamente confiesa; y, para acomodarse con Dios, a pesar de sus adquisiciones, dice que todos los días remunera a los sucesores de los robados y añade que si no acaba con su tarea (pues proveerlos a un tiempo no le es dable), encargará de ello a sus herederos en razón a la ciencia, que el solo posee, del mal que a cada uno ocasionara. Conforme a esta descripción, verdadera o falsa, este hombre considera el latrocinio como una acción deshonrosa, y lo detesta, si bien menos que la indigencia; su arrepentimiento no deja lugar a duda; mas considerando el robo, según su escuela, contrabalanceado y compensado, no se arrepiente en modo alguno.”

 

Esta es la sabiduría que atesora Montaigne. Una sabiduría simple, humilde, alejada del fasto de los que aspiran a ocupar cátedras y recibir homenajes. Enemigo contumaz de la falsedad y la mera apariencia, solo se jacta de conocerse -y ni aún eso-, pues adopta como lema, la invectiva escéptica “¿Qué sé yo?”, un lema que llevaba labrado en el medallón que pendía de su cuello y que hoy preside la puerta de la que fuera, en su día, su apartada y solitaria morada.

FUENTE: https://www.newyorker.com/magazine/2009/09/07/me-myself-and-i

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