Rudolf Steiner dijo: «Cuando la vaca se acuesta para digerir su alimento, se entrega al cosmos en la forma más portentosa: todo un mundo, una síntesis entera del proceso cósmico actúa en esa digestión del animal, que experimenta las visiones más maravillosas. Este proceso digestivo es el acto más poderoso de conocimiento del animal; mientras digiere, se entrega al cosmos de modo imaginativo, como en ensueño. Esto puede parecer una afirmación extravagante, mas, por extravagante que parezca, es absolutamente verdadera.»

Buscando momentos para trabajar y aprender juntos (Mammoth Lake, California)

Quizás pudiera decirse, de la familia, que es una institución rumiante. Aunque parezca no hacer nada, sustenta el organismo social entero. Que una familia deje a un lado sus quehaceres cotidianos (trabajo, escuela, compromisos sociales, etc.) para solazarse, puede semejar una conducta negligente o incluso irresponsable, a los ojos de más de uno.

Lo cierto es que, si la vaca no rumia, no digiere, y si no digiere, corre el riesgo de morir por inanición.

Hoy la familia, como institución, corre el riesgo de morir por inanición. Esto ocurre, sencillamente, porque hemos olvidado que se trata de una institución rumiante.

Nosaltres4viatgem nació de la necesidad que sentíamos, como familia, de rumiar. Nuestra primera experiencia como familia rumiante fue el viaje de seis meses que hicimos en 2013 a Chile, Argentina y Ecuador. Entonces aprendimos que la familia que rumia unida, crece unida.

Trabajos en casa durante nuestra estancia en Guatemala

Por supuesto, el término rumiar equivale, en este contexto, a aprender. Como decía Steiner, este proceso digestivo es el más poderoso acto de conocimiento: es aprendizaje, pues.

Hoy en día suele hablarse de “familias desestructuradas”. Quizás fuese mejor hablar de “familias desfuncionalizadas”, es decir, familias que han olvidado o desatendido su función primordial: la de digerir y asimilar. La función de educar. Ya no hay familias rumiantes, o cada día hay menos.

Dicho esto, procedemos a analizar nuestra última experiencia rumiante, como familia, en nuestro reciente viaje a Estados Unidos, México, Guatemala y Brasil, visitando escuelas Waldorf con motivo del centenario del surgimiento de esta pedagogía en 1919, de la mano del citado Rudolf Steiner.

Visitando la primera escuela normal en San Cristóbal de las Casas

El proceso de años de institucionalización de la escolarización obligatoria ha generado, de modo paulatino pero constante, una erosión en la familia, como institución educativa, por simple delegación de funciones. En este sentido, la desescolarización supone un reto considerable para cualquier familia: supone volver a asumir una función que había transferido a la escuela. A pequeña escala, esto explica la crisis familiar que se produce durante los periodos vacacionales. Muchos padres y madres se sienten abrumados por la responsabilidad que supone atender a sus hijos e hijas 24 horas al día durante estos períodos en los que niños y niñas dejan de asistir a la escuela.

John Muir en el Valle Yosemite: siempre buscamos personas que sean referentes en los lugares que visitamos

Decidir emprender un viaje de tres meses, interrumpiendo un periodo lectivo, supone asumir la responsabilidad de acompañar a los hijos en la experiencia de aprendizaje que normalmente se da en el contexto escolar. Nosotros nunca habíamos practicado el homeschooling o worldschooling si estás viajando. Realmente es una tarea árdua. Requiere tiempo y dedicación. Sin duda, no es una práctica para aquellas familias en las que ambos progenitores se ven obligados, por su economía familiar, a realizar largas jornadas laborales. Para quien lo hace por primera vez, probablemente supone una revelación sobre lo duro y extenuante que puede llegar a ser el trabajo docente.

El hambre de aprender en los niños y niñas es tan grande en esta etapa de su vida que atender debidamente esta necesidad requiere de un trabajo profundo y constante que solo puede ser atendido como corresponde cuando hay alguien que se ocupa de ello enteramente.

Aprendiendo geología en el centro de visitantes del P.N. Valle Yosemite

Como familia, sin embargo, el aprendizaje durante aquellos tres meses fue mucho más allá de los momentos que dedicamos al homeschooling.

Pasar juntos tres meses, sin interrupciones, es una oportunidad incomparable para forjar un espacio de comunicación estrecha y profunda en el seno de la familia. Entre los estudiosos de los estilos de crianza, suelen distinguirse tres estilos fundamentales: autoritario, negligente y dialogante. Los dos primeros manifiestan de forma diversa una desatención a los hijos que tiene consecuencias dispares, pero todas ellas de cierta gravedad. El estilo dialogante pone en el centro de la crianza el cuidado de la comunicación entre padres e hijos, como elemento estructurador de la relación y como estrategia educativa que potencia la autonomía y la responsabilidad de los hijos. La clave para establecer y consolidar este estilo de crianza dialogante es reservar tiempo para la comunicación.

Admirando Antigua en Guatemala y uno de sus volcanes

El día a día de una familia a veces está lleno de frases del tipo “Te he dicho mil veces que…” o “¿No te he dicho nunca que…?”. Estas referencias aparentemente explícitas a actos comunicativos denotan, más bien, que no hay una comunicación efectiva y sana con los hijos. Tal vez se habla mucho, pero se escucha poco y, por tanto, la comunicación no es positiva. Aprender a escuchar a los hijos y ayudarles a que aprendan a escuchar requiere la disposición a buscar espacios y propiciar momentos idóneos para una comunicación rica y de calidad.

Durante estos tres meses de viaje redescubrimos la importancia de la comunicación. Cuando lo vives con consciencia, cualquier momento del día a día puede ser un momento de genuino encuentro con tus hijos: mientras esperas un avión, cocinando, visitando un museo, admirando un paisaje, de camino a la escuela, compartiendo una comida… Juntos las 24 horas del día durante tres meses, todos estos momentos se van hilando, uno tras otro, como las cuentas de un collar, y entrelazando mutuamente hasta tejer una verdadera red de confidencias, complicidades, descubrimientos, diversiones, aburrimientos, pesares y preocupaciones que constituye el elemento de seguridad que los hijos necesitan para afrontar su día a día con la debida confianza. En el futuro, en los momentos críticos de la adolescencia, los hijos confiarán en sus padres solamente si estos se han preocupado previamente por tejer esta red de seguridad.

Esperando la furgoneta en el paso fronterizo entre México y Guatemala

Por supuesto, viajando juntos tanto tiempo también surgen momentos de tensión. No es sencillo armonizar las necesidades y los ritmos de todos. A veces hay que ser pacientes o creativos para sacar partido de los pocos medios de los que se dispone. Un cuaderno y un lápiz pueden salvar una situación crítica. Una simple pelota puede evitar un conflicto. Hay que estar dispuesto a cambiar de planes. Se trata de ser flexibles y originales, a la hora de resolver los problemas que surjan sobre la marcha. 

La mayoría de padres hoy en día resuelven el problema fundamental de los hijos (el aburrimiento) con una escasez portentosa de medios y un esfuerzo creativo mínimo: mediante videojuegos, televisión o internet. Esto es cómodo, pero no ayuda a fortalecer lazos familiares, al contrario. Los juegos de mesa, las lecturas compartidas, los paseos en familia o sentarnos juntos a dibujar son formas de convertir el aburrimiento en una oportunidad para relacionarnos y compartir algo. No es fácil. Requiere salir de nosotros mismos y aprender a pasarlo bien con nuestros hijos.

Museo de Arte Popular: México y su artesanía

Normalmente no tenemos tiempo para observar a nuestros hijos y conocerlos bien. A veces el ritmo diario a duras penas deja a algunas familias un par de horas al día para relacionarse y percatarse de cómo van cambiando día tras día. La escuela y el sinnúmero de actividades extraescolares mantienen a los hijos alejados del hogar, habitualmente por la ausencia forzada de los padres, debido a obligaciones laborales. Lo cierto es, sin embargo, que la familia es la mejor actividad extraescolar que pueden practicar nuestros hijos. A la larga, una estancia duradera con su propia familia les será de más provecho que una estancia de varios meses en el extranjero para aprender un idioma.

Al viajar podemos aprender muchas cosas propias del lugar que visitamos

Con todo, quizás el mayor aprendizaje, como familia, en un viaje de estas características sea el de aprender a adaptarse y a gestionar la propia frustración. Aunque hay momentos deslumbrantes, que son guardados como un tesoro en la memoria compartida de la familia, como pasear en silencio bajo milenarias secuoyas gigantes, vislumbrar las crestas rocosas de Yosemite o disfrutar las vistas de Río de Janeiro desde la cima del Pão de Açúcar, lo cierto es que también hay muchos otros momentos que ponen a prueba la paciencia de cualquier padre o madre viajeros

Los propios niños se sienten frustrados o inadaptados en más de un momento, ya sea por la comida, el idioma, el lugar en el que han de dormir, las personas con las que se ven forzadas a estar o los aparentemente interminables momentos de tránsito de un destino a otro o de espera desesperante. Acompañar a los hijos en esos momentos, entre quejas y lamentos, es una prueba dura. Sobre todo para ellos. Lo mejor es cuando percibes que van aprendiendo a gestionar todo esto y cómo desarrollan sus propios recursos para sobrellevar lo mejor posible todas estas adversas circunstancias. Es entonces cuando te das cuenta que todo eso ha valido la pena.

En Alamo Square Park junto a las «Painting Ladies» (San Francisco, California)

Así pues, en esta familia creemos firmemente en los mimbres de la pedagogía Waldorf y en la fuerza del homeschooling y del worldschooling como elementos colaboradores para un crecimiento más completo del ser humano. También sabemos que lo esencial está en nosotros mismos, en nuestra familia. Reforzar los lazos que nos unen durante el segundo séptenio de la vida de nuestros hijos es la mejor manera de intentar asegurarnos un buen tránsito hacia la madurez. La pedagogía Waldorf nos recuerda que vivimos en un mundo de prisas donde no hay tiempo para rumiar, para aprenderAsí que intentamos no adelantarnos, no correr, disfrutar de la vida y, especialmente en los viajes, exprimirla con más conciencia. Por eso nos gusta tanto viajar juntos: porque aprendemos, porque rumiamos en familia.

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