Cada día es una gran oportunidad para descubrir la sorpresa en la  cara de nuestros hijos. Nos levantamos cada día con el “piloto automático” encendido, sabiendo qué vamos a hacer, qué tenemos programado y previsto para ese día. Hay poco margen a la improvisación. Aunque ellos también empiezan a entrar en este mundo programado, su instinto, aún les saca fácilmente de él.

A nuestros alumnos, por el contrario, ya no les ocurre así, ya están “programados” y suelen llegar al instituto con cara de profesionales que no esperan nada nuevo de su “jornada laboral”. Es lamentable y es una de las cosas que más nos obsesionan en nuestra labor diaria: cómo romper la previsibilidad de las clases monótonas. Cada día hablamos con nuestros compañeros y a muchos de nosotros nos preocupa este asunto: hay que divertirse para aprender, hay que divertirse haciendo cosas, creando uno mismo, descubriendo… Pero es difícil porque nosotros también estamos programados… y casi todos los días son predecibles. Cuando logramos trabajar con ellos trasladándoles el protagonismo, haciéndoles responsables de su aprendizaje, sólo entonces, en algunos se enciende la lucecilla del saber, la de “El gozo intelectual” que describe Jorge Wagensberg en su interesante libro.

Oceanogràfic (València, 2014)

Es por ello que buscamos un cambio de rumbo, una manera de vivir viajando entre las cosas que nos fascinan, que nos motivan, que promueven nuestra creatividad. Porque solo en este estado podemos enseñar esa manera de vivir. Porque, como se suele decir, no enseñamos con lo que decimos, sino con lo que hacemos y somos.

Nuestros hijos nos transmiten esa capacidad por descubrir, el sentido innato de la sorpresa. Intentamos aprender de ellos para ser cada día más felices. Este curso hemos emprendido un cambio de rumbo y empezamos a recoger frutos. Después de unos meses de marejada parece que algunos de nuestros alumnos empiezan a ser conscientes de que ellos pueden ser protagonistas de su propio aprendizaje. Nos están regalando ya gratas sorpresas y con esta nueva dinámica, revisar sus trabajos es toda una aventura para nosotros. Empiezan a quedar lejos esos exámenes monótonos y aburridos, previsibles, de preguntas con respuestas cerradas y clónicas.

En nuestro viaje De Tierra de Fuego a las Galápagos fuimos así. Vivimos en el mar de lo imprevisible y fue maravilloso. Durante seis meses vivimos con la sorpresa, con la paz interior y con la alegría de sentir nuestra mente ligera de equipaje porque no estaba programada. Era entonces cuando podíamos crear, escribir, jugar. Hace casi un mes que no escribo y esa es una mala señal. Pero por fin he encontrado el momento.

Tras tantos meses de excedencia fuera de las aulas, alejarse es una oportunidad para conocernos, analizar nuestra manera de trabajo y mejorarla, transformarla o revolucionarla. En todas estas cosas hemos pensado en nuestra reciente visita a Valencia en familia. Seguimos avanzando.

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