Hoy hace una año iniciábamos nuestra estancia en las Islas Encantadas. Así aparecen ahora nuestro recuerdos, como encantados, porque la combinación de sensaciones, colores, sonidos, imágenes y emociones nos hacen complicada la descripción de las experiencias que vivimos allí a lo largo de aquellas cuatro semanas. Casi me atrevería a decir que visitar aquellas islas debería ser una visita obligada para los amantes de la naturaleza y, sobre todo, para aquellos cuya sensibilidad hacia el mundo natural está poco desarrollada. 

Allí uno puede tomar plena conciencia de la existencia de ecosistemas en los que la naturaleza se expresa con todo su esplendor y donde el hombre no es un intruso, pero tampoco interfiere y dificulta la vida de todos aquellos organismos que llegaron mucho antes que nosotros. En contraposición, podríamos pensar que sería mejor limitar el acceso con el fin de preservar las islas de la amenaza del ser humano. Creo que los habitantes y gestores del Parque Nacional Islas Galápagos están haciendo un gran esfuerzo por lograr el equilibrio entre ambas opciones y han convertido el hecho de vivir y viajar allí en una experiencia plena de aprendizajes.
En este momento de la historia de nuestro planeta nos enfrentamos a un verdadero reto en la gestión de los recursos naturales y en el planeamiento del modo de sociedad que queremos para los miles de millones de personas que invadimos la Tierra. Creo sinceramente que este asunto es el problema más importante al que nos enfrentamos -aunque raramente tome el protagonismo en los medios de comunicación- y determina aspectos tan importantes como el uso del agua, la producción y distribución de alimentos, la gestión de los residuos o la producción de energía. No hay duda que una manera adecuada de enfrentarnos a estas cuestiones ayudaría, no sólo a la conservación de los ecosistemas terrestres, también al de los millones de seres humanos que viven en condiciones que impiden su pleno desarrollo como personas debido a la falta de alimentos, de agua o de un lugar agradable en el que vivir. En las islas Galápagos se puede encontrar la receta para solucionar el problema: necesitar poco, sólo lo suficiente para vivir digna y respetuosamente con el medio ambiente.
Viajar a Guayaquil desde Madrid es sencillo y no demasiado caro. Hay vuelos directos todos los días. Se puede tomar un vuelo nocturno y, por la mañana, enlazar con uno de los vuelos que conecta la capital económica del Ecuador con Baltra (Isla Santa Cruz) o Puerto Baquerizo Moreno (Isla San Cristóbal). A los trámites habituales de aduana hay que añadir el tiempo necesario para hacer las gestiones exigidas por las autoridades del Parque Nacional. En el aeropuerto de Guayaquil hay que hacer un primer control de equipaje y, en el de llegada a las islas, un segundo control aún más exhaustivo. Hay que pagar 10$ antes del embarque y 100$ más (50$ los niños) para conseguir el permiso de visita. Además, en el avión, el personal de abordo dedica una parte de sus explicaciones a detallar las particularidades ambientales de las islas y de cuáles son las normas generales de comportamiento en ellas. Por último, y para sorpresa de los turistas, proceden a fumigar la cabina del avión y todo el equipaje de mano con el fin de eliminar cualquier invertebrado viviente… Realmente te sientes como un chinche atrapado en su guarida y, aunque lo asumes, no dejas de pensar en que el procedimiento es un poco invasivo. Si bien, es lo que hacemos los humanos habitualmente con los “animaluchos” y “malas hierbas” que no nos interesan….
Moverse entre las islas es fácil, sobre todo entre las más habitadas. Hay lanchas motoras de diversas capacidades que comunican unas islas con otras. Eso sí, los trayectos son largos y sobre un océano Pacífico a menudo con mar de fondo que provoca que el desplazamiento sea exigente para los que no estamos habituados al mar. Hay una opción alternativa que también implica asumir ciertos riesgos pero que es una experiencia única y placentera si es que controlas los miedos a volar en una “mosca de acero”. Se trata de reservar un asiento en una de las avionetas que comunica los aeródromos de las islas. Las de mayor capacidad tienen 8 asientos más el piloto y el copiloto. Transportan el correo y hay vuelos diarios. El viaje más largo es el que une Isla Isabela con la Isla de San Cristóbal. Nosotros decidimos hacer uso de esta opción con nuestros hijos pequeños y os aseguro que fue una experiencia inolvidable. El vuelo a poco más de 100 km/h sobre las islas a 1.500 metros de altura constituye todavía hoy uno de los mejores recuerdos que tenemos de nuestro viaje De Tierra de Fuego a las Galápagos.
Entre los tópicos sobre el viaje allí es que resulta muy caro. Sin embargo, puede no ser así en absoluto. Resulta caro si se reserva un crucero en un pequeño yate o velero que te lleva de isla en isla aunque también es cierto que es esta la única manera de visitar ciertos lugares que no son en absoluto accesibles caminando en las islas. Por otra parte, hay muchas actividades que sólo pueden realizarse en pequeños grupos y acompañados por un experto guía, para reducir el impacto sobre el entorno, las cuales también implican el desembolso de elevadas cantidades de dinero. Pero, sobre todo, en todas las islas hay pequeñas rutas, senderos y playas de acceso totalmente libre, con muy buenas indicaciones y totalmente gratuitas, en las que se puede disfrutar de la naturaleza en estado puro. Esta fue nuestra opción y os aseguro que no quedamos en absoluto defraudados.
Todos estos datos prácticos han venido a mi memoria, quizá porque no sé qué vivencias seleccionar de los 30 días que estuvimos allí. Nadar con lobos marinos, entre iguanas y grandes tortugas marinas. Divisar las bandadas de piqueros de patas azules mientras pescan en la costa. Disfrutar con los rápidos “vuelos” de los pingüinos y admirar el lento caminar de las enormes tortugas galápagos. Ascender a los volcanes entre brumas tropicales, curiosear por los túneles dejados por las coladas volcánicas, recorrer en bicicleta las largas playas de arena blanca. 
Deslizarse en kayak acompañado de mantas-raya y tiburones. Almorzar acompañado por los curiosos y confiados pinzones. Tomar el sol junto a las extrañas iguanas marinas y tomar un coco helado en una tumbona mientras un cachorro de lobo marino duerme su siesta junto a tí. Enormes cangrejos rojos descansan sobre las rocas negras creando un atractivo traje de “faralaes” y los colibríes vienen a libar en las matas cercanas a la playa. Los grandes pelícanos pescan en la orilla mientras nuestros hijos juegan felices. Las grandes grullas pasean entre las palmeras mientras nosotros nos sentimos adormecidos disfrutando de un sueño del que no queremos despertar.
Pero lo más extraordinario del lugar es descubrir que en pocos días tus ritmos vitales se acompasan con los de la naturaleza. Que tu sensibilidad despierta a muchas sensaciones que habitualmente pasan desapercibidas. Te sientes en armonía con el mundo, respetando, dejando que la vida fluya sin obstáculos en toda su belleza.

Son tantos los recuerdos que esta mañana, mientras escribo desde mi cama y observo el trocito de mar divisable entre los altos edificios de El Campello, no puedo evitar trasladarme a aquellas frescas mañanas en Puerto Villamil. Termino esta entrada, la cuelgo en el blog, cierro los ojos y me parece sentir el jugo de maracuyá, la macedonia de papaya, los dulces caseros… Me relajo como aquella enorme iguana en la Playa del Amor. La humedad del ambiente se va disipando, luce el sol y ante nosotros tenemos un gran día. Hoy es un gran día, lo va a ser, pero aún es mejor porque tenemos nuestros recuerdos de las Islas Encantadas.

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