Mientras escribo el cielo está plagado de estrellas y la Vía Láctea atraviesa el firmamento. Podría deciros que la noche es oscura pero no es así: hay tantas estrellas que, a pesar de no haber Luna, el campo está iluminado. Hace frío pero ha parado el viento que cada tarde, al ponerse el sol, sopla desde el oeste. El olor a tierra, a polvo, a arena, se mete en nuestra nariz. La Osa Mayor asoma por el horizonte, allá por el norte, pero dada la vuelta, aquí parece que “el cazo” esté derramando su contenido.

Ésta ha sido una semana muy tranquila. En algunos momentos, para mí, aburrida… ¡Todo el desierto por descubrir y nosotros encerrados en el Ayllu de Coyo! Los niños felices con sus juegos y Pau en su salsa, sin prisas, sabiendo que esta semana que mañana empieza nos desbordará de actividad.  

Quizá por el hecho de estar aburridos y por tener una buena conexión a Internet, hemos estado más pendientes de lo que pasa en nuestro país. Además de dedicarnos a organizar la estancia en las Galápagos, hemos seguido las noticias, hemos visto algunos programas como el que Salvados dedicó en febrero a la educación… Hemos pensado mucho en cómo estarán nuestros compañeros y amigos. El curso se termina, un curso duro, largo, un curso de desgaste y de falta de expectativas estimulantes. Estamos lejos de todo pero llevamos en nuestra mochila el peso de nuestra vida, de la realidad a la que regresaremos dentro de seis semanas, justo cuando los alumnos salgan de las escuelas para descansar en verano. Y, desde aquí, intentamos pensar con ilusión en nuevos proyectos con los que afrontar nuestro trabajo. Sabemos que será difícil, pero no nos falta la ilusión, porque sabemos que la educación, parafraseando a Arquímedes, es la palanca que moverá al mundo y lo sacará del hoyo en el que ha caído.  

Con esa ilusión hemos pasado esta semana aquí. Buscando estrategias para compensar la falta de recursos. Haciendo pan y bollos a falta de una panadería, pintando en los costrones de sal cuando el papel se queda estrecho, reflexionando entre nosotros ante las dificultades para comunicarnos con nuestros esquivos anfitriones y aprendiendo de la espontaneidad y y el saber-hacer de los niños, a los cuáles nunca les faltan ni la alegría ni las ganas de vivir. Para ellos, cada día es una nueva oportunidad para jugar, para reír, para crecer y aprender, para reclamar y exigir, para hacerse respetar, para luchar por ser ellos mismos y para descubrir la complejidad y la riqueza qué supone el encuentro con los otros y, en definitiva, para disfrutar de este maravilloso mundo en el que vivimos.

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