Sentados junto a la puerta de nuestra habitación del hostal esperamos a que cese de llover para salir a dar un paseo. Mientras, nos entretenemos observando cómo unos pocos pinzones dan saltitos por el patio buscando restos de nuestro desayuno.

Es curioso pensar que debemos a estos inocentes pajarillos la mayor revolución científica de los últimos doscientos años y el cambio más fundamental que se ha dado jamás, en toda la historia de la humanidad, respecto a nuestra visión de la naturaleza y de nosotros mismos, los seres humanos.  

Durante las últimas semanas hemos entrado en contacto con estas aves en muchas ocasiones, especialmente a la hora del almuerzo, cuando acudían a pedirnos comida como auténticos pedigüenos. Desde el principio nos ha sorprendido su cercanía y el escaso temor que les inspirábamos. Se posaban en nuesta mochila, curioseaban entre los juguetes de los niños, incluso saltaban para comer de nuestra mano.  

No es extraño que el joven Darwin pudiese observarlos a su antojo hasta descubrir, con su incomparable ojo de taxonomista, las sutiles diferencias que existen entre las diferentes especies de pinzones que habitan en estas islas, que hacen que estén mejor adaptadas al medio que se da en cada una de ellas. Pero lo genial de Darwin no es esto. Observando el origen geológico de este archipiélago, el naturalista comprendió que estas islas se habían formado en un período reciente, y que cada una databa de un momento diferente. Esto le hizo pensar que tal vez aquellos pinzones tan diversos no habían sido creados por Dios en un mismo golpe de gracia creativo y caprichoso, sino que habían surgido en momentos diferentes a partir de un antepasado común, a consecuencia de las diferentes condiciones ecológicas que se daban en cada una de estas islas.  

Esta revolucionaria intuición, captada por primera vez en las islas Galápagos, fue atesorada por el joven Darwin en su mente y, durante más de veinticinco años, fue madurándola y fundamentándola gracias a un prolijo estudio científico. Todo ello desembocó en la publicación de El origen de las especies , una obra que marcó un hito y cambió definitivamente nuestra manera de ver nuestra relación con los demás seres vivos.  

Desde nuestra perspectiva, la intuición de aquel prodigioso naturalista no es sólo valiosa en su ampliación estrictamente científica, dentro de los cauces establecidos para los estudios biológicos. En realidad es una intuición extrapolable a nuestra visión sobre la extraordinaria diversidad que se da en la humanidad. Si somos lo suficiente sensibles para valorar las sutiles diferencias que se dan entre las personas, atendiendo a cada una según su personalidad específica, y nos mostramos abiertos a comprender las circunstancias que han hecho que cada cuál sea como es, alcanzaremos una sabiduría que no es nada despreciable. Pues con ello aprendemos a amar a los demás por lo que son, al tiempo que descubriremos cómo cada persona vive inmersa en un proceso de transformación único que es, por igual, sublime y apasionante.

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