Es curioso cómo funciona nuestro cerebro, cómo hace asociaciones y nos trae pensamientos que llenan el aparente vacío de nuestra mente. Esta mañana iba en coche al trabajo y he pasado junto al mercadillo de El Campello donde semanalmente aprovisionamos nuestra despensa de excelentes productos frescos -y muchas veces ecológicos- en el maravilloso puesto del Sr. Eladio. Simultáneamente escuchaba en la radio comentarios sobre el Festival de Cine de Venezia y, así ha sido como, de pronto, he creído encontrarme dando un paseo por el mercado situado junto al gran puente de Rialto.

Mercato del Pesce (Venezia, 2009) 

Desde Bologna a Napoli, de Roma a Catania, en los pequeños pueblos y en muchos barrios, los mercados italianos siempre me han llenado con su energía y colorido, con el buen gusto del diseño de sus puestos y el jolgorio ruidoso de los vendedores. Las influencias centroeuropeas al norte y el mediterráneo más al sur, el mundo árabe y el americano, todo se encuentra en estos mercados.  El mercado de Rialto en Venezia conserva además la magia de la ruta de la seda cuando hasta aquí se traían los productos del lejano Oriente.

Había estado muchas veces en la ciudad de la Laguna: en Navidad cuando está casi desierta y el frío de los Alpes se extiende por sus calles y la humedad te cala hasta los huesos; en otoño, cuando le acque alte inundan la Piazza San Marco y la ciudad muestra su rostro más decadente; en primavera, cuando los días alargan y los campos del Venetto se llenan de árboles frutales en flor, las brumas se retiran y dejan paso al calor; en el Carnaval y en verano, cuando son los turistas los que llenan las calles hasta tal punto que es necesario regular “el tráfico humano”. Pero como suele ocurrir, los grandes lugares siempre dejan asuntos pendientes y éste era uno para mí: madrugar, recorrer la ciudad temprano cuando los residentes acuden al trabajo y los forasteros aún no han llegado. Conocer la ciudad así es un privilegio y hacer la compra en Rialto una oportunidad para desarrollar los sentidos y conversar con los mercaderes.

Esa vez nos habíamos hospedado en Ca’Foscolo, en pleno centro de la ciudad, en una antigua casona restaurada en pequeños apartamentos. Todo un lujo para nuestras cortas vacaciones. Habíamos llegado hasta allí en acquataxi acompañados por nuestro hijo de menos de nueve meses. Era su primer gran viaje y buscábamos la comodidad y la independencia que sólo este tipo de alojamientos puede ofrecer a los que viajamos con niños pequeños. El objetivo de nuestra visita era simple y llanamente “vivir en Venezia”, o sentirnos como si así fuese. Es por ello que nos dedicamos a descubrir los lugares a los que no habíamos alcanzado en otras ocasiones, tomar buen vino en algunos barecillos para lugareños, comprar en el mercado y dormir buenas siestas cuando el calor y las avalanchas humanas limitaban nuestros movimientos.

Il Campo della Pescaria, le Fabbriche Vecchie, le Fabbriche Nuove o il Palazzo dei dieci Savi son sólo algunos de los lugares cercanos a este mercado que ya debía existir en el siglo XI.  El puente de Rialto actual sustituye a uno anterior de madera que se incendió en el 1514 y recibe su nombre por estar situado en esta zona de la ciudad de “tierra firme”, que no sufre las inundaciones periódicas por estar en el “Rivo Alto“.

Con esta pincelada concluye la fugaz visita a Venezia que he realizado esta mañana, cual Peter Pan, cuando en realidad iba en coche a Xixona a cumplir con la delicada y difícil tarea de evaluar a mis alumnos. Y así se inicia esta serie de “paisatges en la memòria” en la que rememorar aquellas experiencias que se van diluyendo como una acquarella en la mente pero que conservan sensaciones únicas e irrepetibles.

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