¡Cómo describir la escultura de hielo que hemos visto hoy! Hoy es uno de esos días en los que me siento incapaz de escribir para calificar adecuadamente las imágenes que hemos tenido ante nuestros ojos. Debería ser poetisa, artista… para encontrar el modo de hacerlo… Pero, sinceramente, creo que no es posible, la naturaleza supera cualquier descripción en un lugar como éste. Aquí te sientes atrapado por sus brazos, sus brazos de hielo; por su luz, su luz de tonos azulados en toda esa gama del espectro; su aliento, el viento, fresco y limpio; su voz, los golpes del cristal agua cuando violentamente se resquebraja y cae sobre el lago que poco a poco la ha ido debilitado. 

Marcamos esta etapa en nuestro viaje como un desvío en nuestra ruta. Recuerdo cuando le expliqué a mi amiga Alejandra mi plan y este glaciar no estaba incluido en él, me parecía un exceso presupuestario… Pero ella espontáneamente me dijo: “¿irás al Perito, no?”. Y cómo pasar por alto su recomendación, tan natural, tan obvia era esta visita. Y así pasó a formar parte del periplo de “nosaltres4viatgem”.
Ayer alquilamos un coche, un “todoterreno” como dice Ernest. En realidad, un “cuatrolatas”, es decir, lo más barato que pudimos encontrar. Temprano hemos salido en dirección a los helados montes andinos que divisábamos al oeste. Durante 50 km hemos recorrido la estepa patagónica y después de otros 30 km por bosque que ya empezaban a otoñar, hemos divisado el gran río de hielo… 
Para llegar al glaciar hay que pasar el control de acceso del Parque Nacional Perito Moreno y pagar la tasa establecida. La carretera hasta el “balcón natural” desde el cual disfrutar del glaciar bordea la Península Magallanes que está rodeada por uno de los brazos del enorme Lago Argentino. Es curioso porque esta península no forma parte del Parque Nacional Los Glaciares, excepto el estrecho tramo por el que pasa la carretera y es por ello que hay que pagar la elevada tasa, sobre todo si eres extranjero (330 pesos argentinos en efectivo). 

En este país saben sacarle provecho a sus atracciones turísticas. No voy a contaros ahora el montaje que hay aquí con las visitas al glaciar, es realmente impresionante. Agencias, autobuses, guías, excursiones de todo tipo… En fin, todo un negocio del que es imposible salir. Pero el glaciar vale la pena y hay que aprovechar la oportunidad. Porque hay otros glaciares pero éste, además de ser precioso, es tan accesible que cualquiera (con el dinero necesario) puede llegar hasta él fácilmente. Desde la distancia ya se divisaba el gran río de hielo. 

Nos hemos acercado poco a poco y nos emocionábamos por momentos. Los niños miraban alucinados y nosotros sobrecogidos por esa inmensidad. A nuestra llegada casi no había nadie y hemos podido disfrutar del espectáculo con serenidad y calma. Hace falta esa calma para mirar, observar la majestuosidad de la gran lengua de hielo azul. Con todo el respeto a la Señora Antártida y al Señor Ártico sé que no podré volver a ver un mundo de hielo más impresionante que éste. Son 15 km de lengua glaciar sobre la cual se vislumbran los glaciares que la generan. El frente mide 5 km de ancho, 50-60 metros de alto -90 metros más sumergidos- y avanza unos 2 metros al día, es decir, se rompe en bloques de hielo de enormes dimensiones. Estamos a 50º latitud Sur, por ello, sólo a 1000 metros de altitud se pueden conservar estos glaciares. 

Los paseantes conversan pero se crean silencios entre nosotros ante la expectación de escuchar como se agrieta el hielo y como cae bruscamente sobre el agua del lago. ¿Qué edad tendrán estos hielos? ¿Cuánto tiempo hace que se acumularon allá en las montañas? No puedes dejar de mirarle. Cada cambio de luz, cada perspectiva, cada grieta es una obra de arte. Hemos caminado durante casi cuatro horas, almorzado y comido allí, bien abrigados. 

Ferran ha dormido su siesta y Ernest miraba fascinado esperando impaciente una nueva caída de un fragmento. Un fuerte chasquido avisa de que algo está pasando en la pared del helado acantilado azul. Después oyes el sonido violento del agua que ha recibido el témpano de hielo y, si tus oídos te dirigen adecuadamente hacia el lugar, logras ver aún una parte del hielo cayendo. El sonido llega retardado por ello es difícil ver el proceso completo. Pero para los pacientes observadores, siempre hay recompensa. 
Los niños se han portado estupendamente. Hay que subir y bajar infinitas escaleras si quieres disfrutar del lugar en su totalidad. La mayor parte de los visitantes se quedan en los miradores superiores. Ernest y Ferran han caminado como unos campeones con sus 4 y 2 añitos no casi no han parado. 

¿Lo mejor? Los colores y las texturas del glaciar. No, lo mejor haber podido disfrutarlo sin prisa con mi familia, con nuestros niños. Hay muchas otras opciones, cruceros increíbles, trekking en el hielo… Nosotros no nos lo podíamos permitir pero creo que no ha sido necesario nada más. Una vez más nuestro planeta nos regala la oportunidad de quererle y valorarle en toda su magnificencia pero sin olvidar el valor de una pequeña brizna de hierba. SIn duda este glaciar, es una auténtica catedral de hielo

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