Día fresco y lluvioso en Isabela. Buscamos un plan b y fácilmente lo encontramos. Esta isla tiene tesoros escondidos, no en vano fue lugar elegido por piratas para esconderse, y hoy hemos ido a descubrir uno de ellos. Todas las islas tienen un encanto especial si, además, son volcánicas, ofrecen visiones únicas de un mundo nuevo, reciente, en el que podemos apreciar las obras de una fuerza creadora en estado puro: la violenta energía interna de nuestro planeta, que permite la vida en su superficie.

Toda la isla está llena de lugares que embelesarían a un artista o a un amante de la geología. Los campos de lava, con sus bóvedas agrietadas, nos recuerdan que, no hace mucho, por aquí fluyeron ríos de roca incandescente cuyos trazos todavía hoy son fácilmente observables. Las playas de blanca arena están atravesadas por lenguas de lava “pahoehoe” que son aprovechadas por las iguanas para calentarse hasta alcanzar su temperatura ideal.  

La Cueva de Sucre se sitúa en la zona montañosa, a unos 20 km de Puerto Villamil. Está oculta por la espesura de un bosque nativo que crece gracias a la densa faja de nubes que permanece enganchada en la cima del volcán y que permite la existencia de una exhuberante vegetación que recuerda a las selvas tropicales. El contraste con la sequedad del territorio que se situa al pie de la falda del volcán es enorme, allí la vegetación es escasa y dominan los enormes cactus candelabro y opuntias.

Nuestro breve paseo por este bosque ha sido delicioso. Mientras los niños correteaban arriba y abajo por el sendero, nosotros nos entreteníamos recogiendo algunos maracuyás, los frutos del árbol de la pasión, que parecían caídos de la bóveda “vegeto-celeste” y que estaban esparcidos por ambos lados del caminito. Pronto hemos llegado a la boca de la cueva. Su nombre se debe a que el antiguo propietario de la finca donde se halla la caverna, apellidado Sucre, solía ir allá para cazar los cerdos salvajes que aprovechaban aquella oscura caverna para guarecerse.

A pesar de no saber nada de esta historia sangrienta y de instintos depredadores, lo cierto es que nuestros niños, aunque venían ilusionados pensando en entrar a la cueva con sus linternas, se han sentido un poco intimidados al ver el aspecto que ofrecía la entrada de la gruta y han tenido que hacerse los valientes, aferrándose a sus lámparas  como quien agarra un arma para enfrentarse a la tenebrosa oscuridad.  

Una vez dentro, ellos, como nosotros, han disfrutado del grandioso espectáculo que aparecía sobre nuestras cabezas. La práctica totalidad del techo cavernoso se hallaba cubierto por infinidad de gotitas de agua relucientes que destacaban sobre una fabulosa pátina de colores argentíneos y áureos que recordaban al pan de oro usado por los artistas al decorar las bóvedas catedralíceas. Esta insólita decoración es resultado de la acumulación de minerales en la parte superior de la cueva, probablemente por la filtración de humedad hasta el interior de la gruta. A este espectáculo sorprendente se añadía la presencia de innumerables goterones de lava lentamente solidificada al enfriarse, una vez que el túnel quedó libre.

Este tipo de túneles son característicos de aquellas zonas volcánicas donde el material magmático tiene unas características que permite que la parte superior de las coladas, se enfríe y solidifique rápidamente al contacto con el aire, mientras por su interior sigue fluyendo la lava a grandes temperaturas. Esa lava puede llegar hasta el mar o acumularse en planicies, de modo que una buena parte de los túneles por los que ha fluido acaban vaciándose dejando una amplia y alargada galería. Con el tiempo, éstas pueden colapsar, pero a veces, se conservan como ocurre en el caso de la Cueva de Sucre.  

La aventura por las entrañas de la Tierra ha sido excitante para Ernest y Ferran. Ernest andaba algo preocupado con la posibilidad de que nos perdiésemos ya que a lo largo del túnel se abrían varias galerías. Al no ver la boca del túnel, se sentía desorientado. Ferran, en cambio, estaba alucinado con los haces de las linternas  y los destellos refulgentes de techo de la cueva. Tras unos segundo de duda sobre el camino a seguir para salir de la gruta, hemos vislumbrado la luz al final del túnel.

Ya de regreso en casa comentábamos que, tal vez, deberíamos haber continuado nuestra expedición subterránea, saliéndonos del camino marcado. Quién sabe si nuestros pasos hubiesen adelantado el retorno a nuestro hogar, sin necesidad de pasar aduanas ni puestos fronterizos. Imaginad cuál hubiese sido nuestra sorpresa si al salir por una hendidura, como los célebres exploradores de la novela de Julio Verne, cegados por la deslumbrante luz del mediterráneo y contemplando el azul intenso de nuestro mar, hubiésemos oído gritar a unos niños: “Stromboli!! Stromboli!!”.

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