Estas islas te hacen un regalo cuando menos te lo esperas. Como sabéis, estamos concluyendo este viaje de casi seis meses y tenemos más la mente en casa que aquí. Es inevitable pensar en el reencuentro, hacer planes para el verano… Pero, simultáneamente, seguimos aferrándonos a estas islas como quien no quiere ser arrancado del paraíso. Cuando nos descuidamos y nuestra mente se aleja, la Pachamama nos manda un mensajito, como si quisiera ayudarnos a seguir disfrutando del tiempo que nos queda por vivir en este recóndito lugar.
La luna creciente en la noche, la puesta de sol, las aves, el viento, la espesa humedad en la montaña, los lobos marinos, una cala donde bucear, una playa donde descansar…  

Hoy hemos ido a la Playa de la Lobería, cerca del pequeño aeropuerto de la ciudad. Hemos tomado un taxi que nos ha dejado al principio del sendero y, cuando íbamos a empezar a caminar, una suave lluvia nos ha amedrentado. El océano se escuchaba bravío, el viento soplaba fuertemente. Nos hemos cobijado bajo un mangle botón y poco después hemos iniciado nuevamente el paseo.  
En menos de diez minutos estábamos en la playa. La marea subía, casi llegaba a su nivel máximo. Unos cuantos lobos dormían en la arena. Algunos grupos habían ocupado las pocas sombras existentes ¡Tienen buen criterio para elegir! Aún no nos habíamos situado cuando hemos visto varios lobos saltando en el agua, cazando y jugando agilmente y, de pronto, una enorme tortuga marina buceando junto a la orilla, y otra más allí y otra un poco más allá. El mar estaba agitado pero nadaban plácidamente y salían a respirar cada dos por tres.  

Parece mentira, llevamos casi un mes en este archipiélago pero seguimos sin habituarnos: la vida te sorprende a cada paso. Junto a nosotros, una loba marina dormía mientras su bebé se amamantaba. Es por ello que esta playa recibe el nombre de Lobería, aquí acuden las mamás lobas con sus crías para cuidarlas tranquilas, sin que las molesten. Nosotros no parecíamos ser una molestia.  
Las fragatas han aparecido sobrevolando nuestras cabezas y también los piqueros de patas azules que se lanzaban a pescar en el mar como torpedos. Pau buceaba junto a una enorme tortuga verde, junto a ella literalmente, pues le ha acariciado su recio caparazón cuando una ola se la ha tirado casi encima. Entonces, he visto una joven tortuga que pasaba junto a ellos y se dirigía a la orilla. Las olas la han empujado fuera del mar y ella ha salido impulsándose penosamente con sus aletas. Allí hemos acudido curiosos y, junto a nosotros, los jóvenes lobos marinos que se acercaban a olisquearla.  

Es difícil describir mi sentimiento de alborozo. Estaba embriagada ante la visión de este animal y de todo aquello que he intentado describiros. Estoy segura de que regresaré  a este lugar en el que las experiencias de proximidad con la naturaleza son inagotables. Me siento hechizada por estas islas que ciertamente están encantadas, y es por ello que sé, con absoluta certeza, que no desaparecerá la luz de mis ojos sin que vuelva a contemplarlas.

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