Hoy, por fin, nos hemos lanzado a la carretera para hacer nuestros los increíbles paisajes de esta región. Nos hemos dirigido hacia el sur, para visitar el salar de Atacama, en donde se encuentra la Reserva Nacional de los Flamencos.

Nuestra primera parada ha sido la Laguna de Chaxas, un singular hábitat que llama la atención por la presencia de los bellos y elegantes flamencos, pero que se sustenta gracias a la Artemia franciscana, un pequeño crustáceo que vive en el agua y que constituye el elemento fundamental de la cadena trófica de la laguna. El lugar es espectacular y sorprende el inesperado aspecto, irregular e intransitable, de la llanura salada.

El nivel del agua era bajo, debido a la época del año en que estamos. Pero, además, parece que el nivel freático de la laguna está bajando más de lo normal, a causa de la sed insaciable de las mineras que explotan el agua de la zona. Esto está provocando que cada año haya menos flamencos y se prevé que desaparecerán definitivamente en poco tiempo.  

A los niños les ha gustado contemplar a estas aves. Pero, la verdad, es que aún les ha gustado más descubrir los fascinantes lagartos que se escondían entre los pedazos de sal, perseguir a los ratones del desierto que se cobijaban a la sombra de la pequeña construcción que daba acceso a la laguna o, sobretodo, admirar las volteretas que daban en un pequeño acuario los diminutos ejemplares de la Artemia franciscana.  

A mediodía, hemos ido a comer al valle del Jeré, un lugar poco transitado, junto al pueblo de Toconao. Es un lugar increíble: uno de aquellos lugares en los que nada más verlos sabes que el ser humano ha estado allí desde el principio. Desde que el hombre primitivo empezó a andar sobre la faz de la Tierra, escogió lugares como éste para asentarse. De hecho, aquí hemos visitado unas pequeñas cuevas hechas por los hombres hace 11.000 años, es decir, nada más llegar al continente americano.  

Se trata de una quebrada causada por las presiones tectónicas que han provocado el progresivo hundimiento de la zona y que son el origen del salar en torno al cual se encuentra el desierto atacameño. En esta quebrada, no obstante, el agua y el hombre, con sus regadíos, permiten la existencia de un oasis de frutales y chopos en medio del árido desierto. Nos ha costado mucho conseguir que los niños accedieran a abandonar este lugar tan delicioso.  

Por último hemos ido a pasar la tarde a la laguna Céjar. A nuestra llegada, el lugar estaba atestado de turistas. Por suerte, la mayoría se ha marchado pitando para completar alguno de los frenéticos tours que ofrecen las agencias en San Pedro. Ésto nos ha permitido darnos un placentero baño en la pequeña laguna Piedra, acompañados tan sólo por una pareja de turistas chilenos. El atractivo de esta laguna es su alto grado de salinidad, que permite que el cuerpo flote sin ningún esfuerzo.

La puesta de sol ha sido fabulosa y los tonos del cielo y la vegetación ofrecían una imagen agradable y armoniosa que nos ha acompañado en un último paseo bordeando la laguna Céjar, antes de que oscureciera.

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