Ya hace media hora que pasó la medianoche. Los niños duermen, la casa está en silencio. Nosotros no podemos dormir. La emoción de la llegada y el “jetlag” nos tienen aún un poco desorientados. Hoy hemos amanecido pasado el mediodía y el día ha pasado volando… Los niños están excitados. Ernest está emocionado por el reencuentro con la familia y sus juguetes. Ferran parece estar haciendo como ha hecho a lo largo del viaje, una nueva adaptación a una nueva casa. Aunque sabe que estamos en Campello y muchas cosas le son familiares, él casi no tiene recuerdos… 


El vuelo de once horas fue cómodo. Pau casi no durmió. En Barajas tuvimos un pequeño pero entrañable recibimiento que nos hizo sentir como en casa. Desde allí salimos hacia Alicante ansiosos por llegar. Los niños soportaron pacientemente las cuatro horas de viaje atados en las sillitas del coche -un hábito al que se habían desacostumbrado. Nosotros observábamos la ciudad asombrados. Hemos cambiado de continente, es evidente. 

Llega el verano, atravesamos los campos de cereal amarilleando en Cuenca y Albacete. Los castillos de Almansa, Villena y Sax. La Foia de Castalla: “som a casa”. La Sierra del Maigmó y el mar allá a lo lejos. Nuestro mar. Y cantamos, como lo hacemos siempre que llegamos a casa… 

“Ja estem arribant a Campello, 
ja es veu el Puig Campana, 
baixem el carrer, 
tot ple de palmeres, 
creuem el trenet 
i ja som a casa…” 

Es tarde pero sabemos que nos esperan y efectivamente allí está una parte de nuestra familia, orgullosos y sonrientes, nos aplauden y abrazan y, probablemente, respiran tranquilos porque todo ha salido bien. Hemos vuelto. Nos han preparado con cariño y dedicación una pequeña fiesta. Los niños se reencuentran y juegan como lo hacían “ayer”. 

Y regresamos a la comodidad de nuestra cotidianeidad, a lo previsible. Porque no podemos engañarnos: viajar estos seis meses ha supuesto un gran esfuerzo para los cuatro. Un esfuerzo que estábamos dispuestos a afrontar porque, en la vida, todo lo que vale la pena suele requerir un esfuerzo. Y hemos vivido seis meses entrañables en los que hemos disfrutado de lugares increíbles y experiencias irrepetibles. Hemos hecho realidad un sueño. 

Estar en nuestra casa es un placer. Tenemos nuestro pequeño espacio, tenemos nuestras cosas, los alimentos que nos gustan, nuestros libros, nuestras sábanas, nuestras rutinas. Estamos dispuestos a adaptarnos a nuestro día a día y a mejorar nuestra existencia en la riqueza de las pequeñas cosas. Sin duda, todo esto es importante, pero no lo puedo negar: echaremos de menos esa manera de vivir que se experimenta, únicamente, cuando uno viaja libremente, sin guías ni planes estrictos; recordaremos las grandes montañas, los glaciares y los volcanes, los bosques de la Patagonia, el cielo atacameño y las insólitas islas Galápagos. 



Estamos cerrando esta etapa, y con ella este blog. Pero en la vida, los inicios y los finales no son nítidos, sino más bien difusos. La urgencia y los condicionantes del momento presente tienden a entorpecer la tarea de cerrar reflexivamente esta experiencia que hemos vivido. Sin embargo, no estamos dispuestos a permitir que esto ocurra y nos obligaremos, en los próximos días, a sentarnos y a recopilar todo aquello que nos parezca relevante de lo vivido y que valoremos como irrenunciable en lo que respecta a nuestro aprendizaje personal sobre la vida. Será un placer compartirlo con aquellos que deseéis leerlo, como lo ha sido compartir la narración de nuestra pequeña aventura durante estos meses. A pesar de que esa será la última entrada de nuestro blog, sentimos la necesidad y creemos que es ahora el momento adecuado para despedirnos.  



Es extraño. Normalmente nos despedimos de los que no vamos a ver, pero en este caso lo hacemos con la ilusión de veros pronto. Hemos compartido una parte de nuestra vida con vosotros y vuestra mirada de complicidad nos lo pondrá de manifiesto. Durante este tiempo hemos tejido, con hilos invisibles, una densa trama de afectos, creando un manto de amistad que arropa nuestros corazones y bajo cuyo calor han llegado a latir, por momentos, al unísono. Nos damos por satisfechos si esta labor cotidiana de contaros nuestras andanzas os ha permitido gozar de esta experiencia de simpatía genuina y sincera. 

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