Una de las experiencias más especiales que se pueden tener en esta isla es la convivencia con los lobos o leones marinos. Pau dice que si viviera aquí, acabaría conociéndolos “personalmente” y ellos también a él. Estamos tan lejos de la naturaleza que uno tiende a verlos como animales, meramente, sin captar el hecho de que constituyen una comunidad con sus costumbres, hábitos de vida y todo un conjunto de relaciones tan ricas y diversas como pueden ser las nuestras.

Lo que nos hace especiales a nosotros, los animales humanos, no es nuestro lenguaje articulado, ni nuestra tecnología, ni nuestra intrincada organización social, sino la extraordinaria riqueza emocional que nos ha permitido desarrollar todo aquello y que debemos, precisamente, al hecho de ser mamíferos. Nuestras habilidades emocionales básicas no son sustancialmente diferentes a las que se dan en otros mamíferos sociales como los lobos marinos. Tan sólo somos ligeramente más sofisticados, por el hecho de vivir con consciencia algunos de nuestros estados emocionales y, por tanto, con capacidad para controlarlos.
A lo largo de este tiempo aquí nos hemos cruzado con ellos en multitud de ocasiones, sobre todo en la playa y en las piscinas naturales que hay junto al embarcadero de la isla, como la maravillosa Concha de Perla, una pequeña ensenada de ensueño.

Llama la atención ver la curiosidad con la que los más jóvenes nos observan, pues vemos en ellos reflejada nuestra propia curiosidad. Contrasta esto con la orgullosa y prepotente mirada que nos dirigen los adultos ante nuestra invasiva presencia, muy semejante a la que en ocasiones mostramos los propios humanos ante los extraños.  

Cuando vemos a las crías jugar entre ellas y nadar alegremente tras los pececillos, reconocemos a nuestros propios hijos que exploran el mundo con idéntico entusiasmo. Por el contrario, impone la seriedad y la tensión que transmite el espectáculo de ver a los lobos adultos persiguiendo a sus presas sumergidos en aguas más profundas, una actitud tan grave como la que demuestra cualquier ser humano enfrascado en un quehacer que le exige dar lo mejor de sí mismo.  Conmueve, asímismo, la ternura con la que se acarician y se abrazan cuando se tienden en la arena para descansar, ya sean las madres con sus crías o los adultos en pequeños grupos, unas carícias y unos brazos en todo semejantes a los nuestros.

Tanto se parecen a nosotros que, si te lanzas a nadar con ellos, superando la prevención inicial, y te prestas a participar en sus carreras y volteretas, no tardan en acogerte en su grupo, te siguen en el juego y te incitan a seguirles en los suyos, tratándote en adelante como si fueses uno más de los suyos.  
Todo esto nos hace pensar que hallarse ante un animal en estado salvaje no supone necesariamente una amenaza. Al contrario, si uno se atreve a dar el paso de cruzar la línea que presuntamente lo separa de aquél, de inmediato se encuentra con aquello que constituye lo más esencial de la vida en la naturaleza. El lobo marino es plenamente salvaje cuando curiosea, cuando juega, cuando se alimenta, cuando acaricia o cuando descansa, porque vive intensamente las emociones que todo esto conlleva. Exactamente como nos ocurre a nosotros, cuando no dejamos que nuestro juicio enturbie nuestras emociones más esenciales.  

Es similar a lo que ocurre con los niños, especialmente con los bebés. Ellos viven sus emociones sin filtros, sin la conciencia de la emoción, por eso son tan sensibles y tienen tan escaso control de sus experiencias emocionales. Y esto mismo es lo que los hace tan entrañables y por lo que suscitan en nosotros, los adultos, emociones igualmente incontrolables, ya sean de ternura, apego, congoja o compasión.  

¿Por qué los humanos nos sentimos tan atraídos por las crías de otras especies? ¿No es acaso porque despiertan en nosotros las mismas emociones que nuestros bebés?  Quizá es por todo esto que compartimos, todos los que visitamos este lugar, la fabulosa experiencia de quedarnos embelesados ante la magnética presencia de estas criaturas tan prodigiosas. Constituye, sin lugar a dudas, una oportunidad inmejorable para volver a conectar con nuestras propias emociones -en ocasiones olvidadas o demasiado atenuadas por nuestra hiperdesarrollada capacidad de autocontrol- y para reconocer todo aquello que todavía tenemos en común -queramos reconocerlo o no- con nuestro querido hermano, el lobo marino.

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