LOS ASCENSORES DE VALPARAISO

LOS ASCENSORES DE VALPARAISO

La vida de esta ciudad, su historia, siempre ha estado ligada al mar. Al mar y los cerros que hacen de ella una ciudad apretada donde las calles se retuercen y las casas se amontonan. Es de agradecer que sus habitantes pinten las fachadas de vivos colores porque así el conjunto es alegre y más diverso de lo que serían si fuesen, simplemente, altos monolitos de apartamentos.
Lisboa y Salvador de Bahía me vienen a la mente, son todas ciudades hermanas, pero, probablemente es ésta la más abandonada. Como en ellas, para salvar los enormes desniveles, también surgieron aquí los famosos ascensores que se convirtieron en distintivo de la ciudad. Por desgracia algunos están cerrados y totalmente abandonados, pero desde hace un tiempo hay en marcha una campaña de rehabilitación gracias a la cual, según hemos leído, el pasado verano funcionaban la mitad de los quince existentes en la actualidad . 

Durante esta semana en la ciudad porteña nosotros hemos utilizado, sobre todo, el que nos llevaba más cerca del Cerro Playa Ancha, donde nos alojábamos. Era el ascensor del Cerro Artillería que sube desde la antigua Aduana del puerto al mirador del Paseo 21 de Mayo. Este ascensor sigue funcionando y guarda aún el encanto de “lo viejo pero cuidado”. El suelo del acceso deja ver la marca dejada por los centenares de individuos que han pasado por él.

Los dos ascensores hermanos están decorados de vivos colores. En la fachada, uno tiene un Sol y el otro una Luna. Al verlos deslizarse, desde arriba, uno observa la aterna danza de estos astros que se acercan, se encuentran y vuelven a alejarse sin conseguir detenerse el uno junto al otro. En las paredes que miran al frente y que pueden verse desde la parte baja de la ciudad, hay dibujados dos enormes ojos que se acercan y a la mitad de su camino permiten ver la mirada completa de esa cara imaginaria.  

Otro ascensor destacable es el Peral. Está en la Plaza Sotomayor junto al edificio de la Armada, oculto detrás de un edificio que hay que atravesar por un pasillo. Sube directamente al Cerro Alegre, junto al Paseo Yugoslavo y el precioso Palacio Baburizza. Es un mirador precioso, alegre y vistoso, donde músicos y artesanos ofrecen sus creaciones a los paseantes. El ascensor es parco en detalles y no tiene ninguna decoración especial, pero ofrece un cambio de perspectiva de la ciudad que es todo un regalo.

Cerca de ahí llegaba el ascensor Concepción, construido en 1883. Era el más antiguo y funcionaba inicialmente a vapor. Ahora está cerrado por mantenimiento ¡Ojalá pronto esté nuevamente en servicio! En su mejor momento la ciudad llegó a tener 30 de estos artilugios que subían y bajaban a docenas de personas cada día con su traqueteo incesante. Hoy muchos están sucios y olvidados, algunos se incendiaron…  

Y por último, el ascensor del Cerro Barón. Restaurado, totalmente nuevo, quizá ha perdido un poco de su encanto pero, desde luego, esperamos que todos los ascensores que hoy están cerrados tengan también la oportunidad de rejuvenecer de este modo para ofrecer a los turistas y a los habitantes de la ciudad, la oportunidad de disfrutarlos. Desde su mirador situado en la zona norte del puerto, uno puede ver todos los cerros y el tráfico intenso de la ciudad a través de las arterias que llevan a Viña del Mar.

HISTORIAS DE PERROS

HISTORIAS DE PERROS

Es inevitable, cuando viajas a un país diferente al tuyo, que tu mente vaya haciendo un ejercicio de síntesis y de abstracción, de búsqueda de aquellos elementos que caracterizan el lugar que poco a poco estás descubriendo. Si, además, dedicas tanto tiempo como nosotros, no sólo acaba siendo una postal en tu mente, también tú acabas formando parte de ella, interiorizas esa realidad y la haces tuya. Esto es lo que nos ha ocurrido con la presencia de los perros.
La relación de Pau con los canes es natural y espontánea. No me ocurre lo mismo a mí ni a los niños, pues no estamos habituados en absoluto a ellos y no nos sentimos relajados en su presencia. Pero si uno viaja a Chile, algo que tendrá que hacer es habituarse a convivir con ellos. Están presentes por todas partes, prácticamente en todas las casas en las que nos hemos alojado había un perro que formaba parte de la familia.  

Una de las experiencias más enriquecedoras para Ferran y Ernest ha sido aprender a jugar con ellos y disfrutar de su presencia. Caben aquí dos nombres propios: la Coca y Ron. Dos animales muy diferentes, pero con un rasgo en común: el haberse ganado el corazón de nuestros niños. Ambos todavía recuerdan con emoción las veces que jugaron con ellos a lanzarles el palo o la piña.  

Pero lo más destacable son las decenas de perros que viven solos y abandonados, pero respetados y tratados con cariño por los viandantes. Son los verdaderos dueños de las calles, los soberanos del país. Viven tranquilos, duermen, pasean, corren y ladran tras los coches más ruidosos. Nunca hemos visto que nadie les maltratara y son animales tranquilos, seguramente porque pasan hambre, pero también porque son libres y campan a sus anchas.  

Sin embargo, desde nuestro punto de vista, sirven de indicador para reconocer cuál es la realidad social del país, en la medida en que esta falta de sensibilidad hacia los animales, deja en evidencia otras insensibilidades más graves respecto a las flagrantes injusticias sociales que aún se dan aquí. Muchos están gravemente enfermos, tanto que sólo pensarlo nos estremece de nuevo. Otros aún están sanos, pero parece que aún buscan con mirada perdida a la persona que los abandonó y que guardan en su memoria. Viene a nuestro recuerdo la imagen de aquel precioso perro negro, sin nombre, todavía con la marca de un ancho collar en el cuello. Su pelo lustroso, su mirada franca pero agachadiza. Nos siguió toda una mañana en nuestro paseo por Niebla, cerca de Valdivia, hasta que subimos a un microbús y le dejamos en el arcén, nuevamente abandonado. Quizá sea ésta la historia de todos los perros que hemos visto.  

En un país como éste, en el que está enraizando con tanta fuerza nuestro modelo de la opulencia, tal vez la presencia de estos perros debiera servir para no olvidar que hay cosas mucho más importantes. A falta de un Diógenes capaz de remover conciencias, estos animales deberían despertar de algún modo ese sentimiento de humanidad que, por desgracia, a veces queda en un segundo plano.

VALPARAISO: IMPRESIONES EN UN LIENZO

VALPARAISO: IMPRESIONES EN UN LIENZO

Tal vez sea este ambiente otoñal, fresco, brumoso y gris, el que nos hace experimentar un cierto decaimiento respecto a esta ciudad “porteña”. Ahí está la bahía y el océano azul, allá los cerros con sus casas de vivos colores, la ciudad bulliciosa y abierta al mundo, un pasado glorioso construído por tantas gentes llegadas de tantos lugares que supieron sobreponerse a los intensos terremotos, así como a otros muchos desastres. Pero no los vemos.



Al pasear por las calles del Plan, junto al puerto, nos parece estar en el New York de los años ’20. Grandes edificios albergan los suntuosos bancos en donde antaño se registraban las importantes transacciones económicas asociadas a la bulliciosa actividad comercial del puerto. Al subir a los cerros, descubrimos las preciosas mansiones construidas por los emigrantes alemanes e ingleses llegados aquí en el siglo XIX, contribuyendo al prodigioso auge de Valparaiso.  

Pero hoy el día está gris y todo este deslumbrante dinamismo parece tan sólo el fantasma de un tiempo pasado que no ha de volver. Parece como si el tiempo corriera en contra de esta ciudad y que en su incesante correr la dejase día tras día desmejorada.  

¿A dónde vas Valparaiso? En cada esquina, en cada calle, en cada iglesia y en cada plaza encontramos testimonios de personas que han dejado aquí su impronta, contribuyendo a forjar la singular personalidad histórica de esta ciudad. Esto mismo fue lo que supieron reconocer algunas personas, hace unos años, y por ello promovieron, con gran esfuerzo, su reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad. Falta ver si el testigo que ellos han dejado es recogido por los porteños para tratar de devolver a esta ciudad su propia y distintiva vitalidad.  

Estas sensaciones nostálgicas son como la humedad del mar, se nos han metido en el cuerpo, haciéndonos difícil gozar plenamente de los encantos de este lugar. Sin embargo, lo hemos intentado. En muchos rincones hemos descubierto detalles singulares y, por primera vez, hemos pensado en comprar un recuerdo para nuestra casa: un cuadro de vivos colores que retrata el alma alegre de esta ciudad. Hemos pensado con añoranza en nuestro hogar. Y es por ello que nos hemos ilusionado con la posibilidad de evocar, una vez allí, Valparaiso con la misma dulce sensación que hoy nos embarga al pensar en quienes nos esperan y en nuestro cálido y luminoso mar.

VALPARAISO, QUÉ DISPARATE ERES!

VALPARAISO, QUÉ DISPARATE ERES!

Ayer llegamos a Valparaiso. Era una tarde fría y húmeda. Un taxi nos dejó en la puerta de nuestro alojamiento: “Uf! Esta es una casa antigua”, dijo el taxista. Su aspecto exterior era descuidado. Aunque llamamos al timbre y tres perros desaliñados ladraban azorados ante nuestra presencia, aún tardaron un buen rato en atendernos. Al fin la puerta se entreabrió y apareció la señora que nos invitó a pasar amablemente.

En el salón, transformado en dormitorio, una abuelita reposaba en su cama, y nos ofreció dejar junto a ella a Ferran, pues dormía profundamente. Techos altos, muebles viejos y un sinfin de trastos por todos los rincones de la casa, cada cual más exótico o anacrónico que el anterior, como la asombrosa colección de unicornios de porcelana o las innumerables cajas de metal amontonadas sobre los armarios y cubiertas de polvo.  

La señora Nina nos condujo hasta nuestra estancia situada en la parte alta de la casa, en el antigua torre de la mansión, ahora redecorada con influencias arabescas. No sería extraño que un espíritu sugestionable percibiese en los ecos de los crujidos de la larga escalera de madera algo de la misteriosa presencia de los antiguos moradores de este viejo caserón.

Nuestros anfitriones son un antropólogo alemán y una filósofa chilena que llegaron aquí desde Hamburgo para hacer realidad el sueño que alimentaron celosamente durante diez años. Aunque ahora no están aquí, pues se han tomado un merecido descanso, su personalidad, entre bohemia y excéntrica, se hace presente hasta en los más nimios detalles de su hogar. Aquí, además, conviven cuatro generaciones: ellos con sus hijos, Nina, que es la madre de ella y también su abuela. Ello otorga a la casa un mayor sabor a historia viva y, quizás también, decadente.

Hoy el día amaneció perezoso. Un espeso manto de niebla cubría la ciudad, que parecía no querer despertar de su letargo. Arremolinada sobre los cerros, la ciudad despertaba desgreñada, como diría Neruda. Y nosotros nos hemos lanzado a descubrirla, a subir y bajar cerros, a observar su desquiciado urbanismo en el que los ruinosos edificios, y los trolebuses imperecederos se entremezclan con los ascensores y las estrechas calles cuyo loco trazado impregna incluso la vida de sus ciudadanos.

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