LOS MANGLARES EN LAS ISLAS GALÁPAGOS

LOS MANGLARES EN LAS ISLAS GALÁPAGOS

¿Sabes que en las Islas Galápagos existen 4 de las 55 especies de mangles que se han determinado en el mundo? Los mangles son unos árboles muy especiales que forman un ecosistema llamado manglar. Su mayor particularidad es la estructura de su sistema radicular que se sumerge en las aguas y enraiza en las zonas costeras. Soportan elevadas concentraciones de sal y crean un ecosistema especialísimo adaptado al ir y venir de las mareas. Los manglares tienen un alto valor ecológico y son fuente y cobijo de una elevada biodiversidad, pero también ofrecen un gran valor económico y sociocultural.

Los pelícanos se acercaban a pescar. Isla Isabela (2013)

Los pelícanos se acercaban a pescar. Isla Isabela (2013)

En todas las regiones tropicales cubren grandes extensiones de costa y suponen una importante protección contra maremotos, tsunamis y huracanes. El ser humano ha aprendido a aprovehcar los recursos que le ofrece y, no es hasta hora que, con el cambio climático, estos espacios únicos se están viendo amenazados.

UN lobo marino dormía su siesta del mediodía. Isla Isabela (2013)

Un lobo marino dormía su siesta del mediodía. Isla Isabela (2013)

Cuando viajamos a las Islas Galápagos con nuestros hijos hace ya 3 años, pasamos momentos inolvidables junto a estos árboles que construyen un laberinto mágico ideal para el juego de muchísimas especies y, también, para nosotros. Las crías y alevines de infinidad de especies nadan entre el entramado de ramas y raíces que crecen sumergidas. En estos espacios el agua del océano se encuentra con los manantiales de agua dulce que fluían desde tierra firme facilitando un lugar ideal para la alimentación y la protección de estos animalillos.

Laguna de las Ninfas. Isla Santa Cruz (2013)

Laguna de las Ninfas. Isla Santa Cruz (2013)

Visitamos la Isla de Santa Cruz, la Isla Isabela y la Isla de San Cristóbal y aprendimos muchísimas cosas porque el Parque Nacional de las Islas Galápagos trabaja para informar a todos los ciudadanos y visitantes de estas islas maravillosas.

  • MANGLE ROJO: puede alcanzar hasta 10 metros de alto y tienen muchas propiedades curativas, entre otras, capacidad antibiótica, antiséptica y desinfectante. Su corteza grisácea oculta su interior rojizo.
  • MANGLE BLANCO: es un mangle muy esbelto que puede alcanzar los 20 metros de altura. Esta especie es de aspecto arbóreo.
  • MANGLE NEGRO: su tronco negruzco y sus hojas puntiagudas con incrustaciones de sal son carácterísticas de esta especie.No tiene raíces afianzadas al suelo sino bolsa de aire que ayuda a que respiren cuando están sumergidas.
  • MANGLE BOTÓN: es un arbusto muy ramificado que no supera los 4 metros de altura. Sus ramas son frágiles y en la base de sus hojas aparecen dos glandulitas para eliminar la sal.

    Aprendiendo en el Parque Nacional de las Islas Galápagos (2013)

    Aprendiendo en el Parque Nacional de las Islas Galápagos (2013)

Siempre nos sorprendíamos observando estos árboles. Los pelícanos dormitaban en sus copas, las iguanas aparecían nadando entre sus raíces e infinidad de pececillos y pájaros nadaban y se alimentaban entre sus sombras. En la Laguna de las Ninfas pasamos muchas mañanas avistando aves mientras leíamos o jugábamos tranquilamente. En Tortuga Bay disfrutamos de la playa a la sombra de un enorme mangle mientras los pinzones venían a visitarnos confiados. Y en el Estero de Isabela, de camino al Muro de las Lágrimas, y en la Bahía Concha de Perla, descubrimos a los lobos marinos dormitando mientras la marea baja dejaba espacios de arena tranquilos donde esconderse.

Las crías de las rayas vienen a comer junto a la playa de los Alemanes. Isla Santa Cruz (2013)

Las crías de las rayas vienen a comer junto a la playa de los Alemanes. Isla Santa Cruz (2013)

Isabela es la única isla en la que aparecen las cuatro especies de mangle, seguramente por que es la menos alterada y también la que presenta un mayor número de ecosistemas diversos. Estos increibles bosques intermareales son un tesoro que se ve amenazado por la acción de los humanos: calentamiento global, contaminación, sustancias tóxicas, deforestación… En las Galápagos todavía sobreviven y, además, son protegidos y atendidos. Confiemos que este modelo de gestión se extienda en michos otros lugares del mundo. Bien vale la pena.

Entre manglares en Tortuga Bay, Isla Isabela (2013)

Entre manglares en Tortuga Bay, Isla Isabela (2013)

RECUERDOS DE LAS ISLAS GALÁPAGOS

RECUERDOS DE LAS ISLAS GALÁPAGOS

Hoy hace una año iniciábamos nuestra estancia en las Islas Encantadas. Así aparecen ahora nuestro recuerdos, como encantados, porque la combinación de sensaciones, colores, sonidos, imágenes y emociones nos hacen complicada la descripción de las experiencias que vivimos allí a lo largo de aquellas cuatro semanas. Casi me atrevería a decir que visitar aquellas islas debería ser una visita obligada para los amantes de la naturaleza y, sobre todo, para aquellos cuya sensibilidad hacia el mundo natural está poco desarrollada. 

Allí uno puede tomar plena conciencia de la existencia de ecosistemas en los que la naturaleza se expresa con todo su esplendor y donde el hombre no es un intruso, pero tampoco interfiere y dificulta la vida de todos aquellos organismos que llegaron mucho antes que nosotros. En contraposición, podríamos pensar que sería mejor limitar el acceso con el fin de preservar las islas de la amenaza del ser humano. Creo que los habitantes y gestores del Parque Nacional Islas Galápagos están haciendo un gran esfuerzo por lograr el equilibrio entre ambas opciones y han convertido el hecho de vivir y viajar allí en una experiencia plena de aprendizajes.
En este momento de la historia de nuestro planeta nos enfrentamos a un verdadero reto en la gestión de los recursos naturales y en el planeamiento del modo de sociedad que queremos para los miles de millones de personas que invadimos la Tierra. Creo sinceramente que este asunto es el problema más importante al que nos enfrentamos -aunque raramente tome el protagonismo en los medios de comunicación- y determina aspectos tan importantes como el uso del agua, la producción y distribución de alimentos, la gestión de los residuos o la producción de energía. No hay duda que una manera adecuada de enfrentarnos a estas cuestiones ayudaría, no sólo a la conservación de los ecosistemas terrestres, también al de los millones de seres humanos que viven en condiciones que impiden su pleno desarrollo como personas debido a la falta de alimentos, de agua o de un lugar agradable en el que vivir. En las islas Galápagos se puede encontrar la receta para solucionar el problema: necesitar poco, sólo lo suficiente para vivir digna y respetuosamente con el medio ambiente.
Viajar a Guayaquil desde Madrid es sencillo y no demasiado caro. Hay vuelos directos todos los días. Se puede tomar un vuelo nocturno y, por la mañana, enlazar con uno de los vuelos que conecta la capital económica del Ecuador con Baltra (Isla Santa Cruz) o Puerto Baquerizo Moreno (Isla San Cristóbal). A los trámites habituales de aduana hay que añadir el tiempo necesario para hacer las gestiones exigidas por las autoridades del Parque Nacional. En el aeropuerto de Guayaquil hay que hacer un primer control de equipaje y, en el de llegada a las islas, un segundo control aún más exhaustivo. Hay que pagar 10$ antes del embarque y 100$ más (50$ los niños) para conseguir el permiso de visita. Además, en el avión, el personal de abordo dedica una parte de sus explicaciones a detallar las particularidades ambientales de las islas y de cuáles son las normas generales de comportamiento en ellas. Por último, y para sorpresa de los turistas, proceden a fumigar la cabina del avión y todo el equipaje de mano con el fin de eliminar cualquier invertebrado viviente… Realmente te sientes como un chinche atrapado en su guarida y, aunque lo asumes, no dejas de pensar en que el procedimiento es un poco invasivo. Si bien, es lo que hacemos los humanos habitualmente con los “animaluchos” y “malas hierbas” que no nos interesan….
Moverse entre las islas es fácil, sobre todo entre las más habitadas. Hay lanchas motoras de diversas capacidades que comunican unas islas con otras. Eso sí, los trayectos son largos y sobre un océano Pacífico a menudo con mar de fondo que provoca que el desplazamiento sea exigente para los que no estamos habituados al mar. Hay una opción alternativa que también implica asumir ciertos riesgos pero que es una experiencia única y placentera si es que controlas los miedos a volar en una “mosca de acero”. Se trata de reservar un asiento en una de las avionetas que comunica los aeródromos de las islas. Las de mayor capacidad tienen 8 asientos más el piloto y el copiloto. Transportan el correo y hay vuelos diarios. El viaje más largo es el que une Isla Isabela con la Isla de San Cristóbal. Nosotros decidimos hacer uso de esta opción con nuestros hijos pequeños y os aseguro que fue una experiencia inolvidable. El vuelo a poco más de 100 km/h sobre las islas a 1.500 metros de altura constituye todavía hoy uno de los mejores recuerdos que tenemos de nuestro viaje De Tierra de Fuego a las Galápagos.
Entre los tópicos sobre el viaje allí es que resulta muy caro. Sin embargo, puede no ser así en absoluto. Resulta caro si se reserva un crucero en un pequeño yate o velero que te lleva de isla en isla aunque también es cierto que es esta la única manera de visitar ciertos lugares que no son en absoluto accesibles caminando en las islas. Por otra parte, hay muchas actividades que sólo pueden realizarse en pequeños grupos y acompañados por un experto guía, para reducir el impacto sobre el entorno, las cuales también implican el desembolso de elevadas cantidades de dinero. Pero, sobre todo, en todas las islas hay pequeñas rutas, senderos y playas de acceso totalmente libre, con muy buenas indicaciones y totalmente gratuitas, en las que se puede disfrutar de la naturaleza en estado puro. Esta fue nuestra opción y os aseguro que no quedamos en absoluto defraudados.
Todos estos datos prácticos han venido a mi memoria, quizá porque no sé qué vivencias seleccionar de los 30 días que estuvimos allí. Nadar con lobos marinos, entre iguanas y grandes tortugas marinas. Divisar las bandadas de piqueros de patas azules mientras pescan en la costa. Disfrutar con los rápidos “vuelos” de los pingüinos y admirar el lento caminar de las enormes tortugas galápagos. Ascender a los volcanes entre brumas tropicales, curiosear por los túneles dejados por las coladas volcánicas, recorrer en bicicleta las largas playas de arena blanca. 
Deslizarse en kayak acompañado de mantas-raya y tiburones. Almorzar acompañado por los curiosos y confiados pinzones. Tomar el sol junto a las extrañas iguanas marinas y tomar un coco helado en una tumbona mientras un cachorro de lobo marino duerme su siesta junto a tí. Enormes cangrejos rojos descansan sobre las rocas negras creando un atractivo traje de “faralaes” y los colibríes vienen a libar en las matas cercanas a la playa. Los grandes pelícanos pescan en la orilla mientras nuestros hijos juegan felices. Las grandes grullas pasean entre las palmeras mientras nosotros nos sentimos adormecidos disfrutando de un sueño del que no queremos despertar.
Pero lo más extraordinario del lugar es descubrir que en pocos días tus ritmos vitales se acompasan con los de la naturaleza. Que tu sensibilidad despierta a muchas sensaciones que habitualmente pasan desapercibidas. Te sientes en armonía con el mundo, respetando, dejando que la vida fluya sin obstáculos en toda su belleza.

Son tantos los recuerdos que esta mañana, mientras escribo desde mi cama y observo el trocito de mar divisable entre los altos edificios de El Campello, no puedo evitar trasladarme a aquellas frescas mañanas en Puerto Villamil. Termino esta entrada, la cuelgo en el blog, cierro los ojos y me parece sentir el jugo de maracuyá, la macedonia de papaya, los dulces caseros… Me relajo como aquella enorme iguana en la Playa del Amor. La humedad del ambiente se va disipando, luce el sol y ante nosotros tenemos un gran día. Hoy es un gran día, lo va a ser, pero aún es mejor porque tenemos nuestros recuerdos de las Islas Encantadas.

DE CAMINO A CASA

DE CAMINO A CASA

Volvemos a casa. Nuestro corazón se alegra, pero al mismo tiempo comienza a albergar un cierto pesar, una sentida nostalgia por todo lo que vivimos y que ya no podremos vivir más.
Nuestro viaje empezó hace bastante tiempo. Aún no había nacido Ernest y ya andábamos deslumbrados con el periplo de Darwin a bordo del Beagle. Su descripción de los inhóspitos paisajes fueguinos nos fascinaba y su experiencia de las Islas Galápagos nos seducía enormemente. Poco a poco el proyecto fue tomando forma, aunque no dejaba de ser un sueño. Tras el nacimiento de Ferran, decidimos que queríamos vivir esta experiencia con nuestros hijos y que no estábamos dispuestos a esperar demasiado tiempo.  

Nos sentíamos preparados y nos alentaba una gran ilusión. Lo más importante era estar juntos y en un contexto que nos permitiese ofrecernos mútuamente lo mejor de nosotros mismos, sin ningún tipo de condicionantes, más que gozar del día a día, viviendo una aventura fascinante.  

Ahora estamos satisfechos y habiendo llegado al final de nuestro peregrinaje darwiniano, danzamos alegremente en torno a su recuerdo. Hemos navegado sobre las frías aguas del canal Beagle, hemos contemplado las mismas cimas andinas que maravillaron sus ojos, hemos caminado por los senderos que hollaron sus pies y, finalmente, nos hemos admirado ante las mismas criaturas que lo indujeron a cambiar nuestra concepción sobre el mundo natural. Incluso su personalidad ha llegado a ser la de alguien próximo y familiar para nuestros pequeños hijos.  

Monumento a Darwin en San Cristóbal (Islas Galápagos)

Después de visitar las Islas Galápagos, Darwin inició su regreso a casa, en un largo viaje que le llevaría a dar la vuelta al mundo. Tanto es así que llegó hasta el extremo de darle la vuelta y ponerlo bocabajo.  

Nosotros nos despedimos ahora de él, para volver a nuestro hogar. Nos queda pendiente hacerle una visita al suyo, en Downe, tal como tenemos comprometido con Ernest. Pero eso será un poco más adelante. Antes nos espera el reencuentro con los familiares y amigos, con nuestra cotidianeidad y algunos pequeños proyectos. Pasado un tiempo será el momento de valorar serenamente la posibilidad de una audaz iniciativa que nuestros hijos se encargan de recordarnos cada cierto tiempo desde hace algunos meses.  

Es la idea de Ernest de afrontar una vuelta al mundo sobre un camión de bomberos, adaptado por nosotros mismos como casa rodante. Él es inflexible en dos aspectos: la ruta deberá pasar necesariamente por la Antártida y la partida será cuando él cumpla ocho años. Toda sugerencia para afrontar con éxito este inmenso reto será bienvenida.

Nos vemos pronto… Un abrazo a todos.

VISIONES DE UN ESCRITOR AVENTURERO

VISIONES DE UN ESCRITOR AVENTURERO

La isla de San Cristóbal o isla de Chatham fue la primera en la que puso el pie Charles Darwin cuando el H.M.S. Beagle llegó a las por entonces llamadas Islas Encantadas. Por su mayor cercanía al continente, esta isla estaba llamada a ser uno de los lugares del archipiélago en donde primero se iba a dar un asentamiento humano estable. Y así fue, ya que, cuando el gobierno del Ecuador se planteó colonizar las islas para mantenerlas sujetas bajo su soberanía, ésta fue una de las que designó para ser ocupada por las primeras familias de colonos. Aquella, no obstante, fue una tentativa relativamente incierta y precaria. Por ello, el gobierno ecuatoriano varió su proyecto inicial y aprovechó este alejado emplazamiento para instalar una penitenciaría, como haría también en otras islas.


Es entonces cuando aparece en esta historia Manuel Julián Cobos, un hombre emprendedor y sin escrúpulos que funda un hacienda azucarera en la isla y convence a las autoridades ecuatorianas para que le transfieran la tutela de los presos. Instaura en su finca un régimen de trabajo durísimo, sometiendo a aquellos hombres como esclavos. Hace traer a sus esposas e hijos desde el continente y los somete igualmente. Después empieza a abusar de las mujeres, silenciando cualquier protesta con la fuerza del látigo. Hasta que tropieza con un preso colombiano que lo degüella. Su cuerpo sin vida es arrastrado hasta el exterior de la finca por una turba enardecida de reclusos que se levantan en rebelión hasta hacer desaparecer todo vestigio de aquella ignominiosa prisión.

Esta historia recuerda a aquella otra que relataba Herman Melville sobre un Rey Perro en Las Encantadas, las inquietantes y sugerentes memorias en las que el escritor norteamericano evocaba su paso por estas islas en un viaje a bordo de un ballenero que inspiraría, asímismo, Moby Dick, su extraordinaria obra maestra. El genio literario de Melville veía en aquella historia del Rey Perro una imagen ilustrativa sobre la dificultad de colonizar islas remotas cuando solo se cuenta con hombres sin principios. Pero lo cierto es que, a lo largo de toda la historia de la humanidad, el “Progreso” -así se llamaba la hacienda de Manuel Julián Cobos- ha sido protagonizada por hombres sin principios. Hombres desalmados, ávaros, pendencieros, traidores, delincuentes o sinvergüenzas, simplemente. Ésta es la calaña que agita el mundo y la hace “avanzar” hacia el abismo. Ante esta locura de mundo, cualquier navegante prudente haría como el capitán del que nos habla Melville, pues no se dejaría tentar por sus luces vacilantes en medio de la oscuridad y se alejaría dejando atrás aquel destello de mal agüero.

Frente a la miseria moral de los hombres, Melville, en Las Encantadas, nos relata fascinado su encuentro con las tortugas:
“Parecían las mismísimas tortugas sobre cuyos lomos pone el hindú esta esfera entera. Con una linterna las examiné detenidamente…Ese verdor mohoso que cubría las toscas hendiduras y curaba las fisuras de sus golpeados caparazones. Ya no veía tres tortugas… Me pareció ver tres coliseos romanos en su espléndida decadencia”.

Para él son el símbolo de una sabiduría inconmovible. Una sabiduría que no pertenece a los hombres, sino al ser mismo del universo. Ahora bien, una sabiduría a la cual pueden acceder los seres humanos, si están dispuestos a seguir los pasos de estas solemnes criaturas:
“…me imaginé la misma madriguera de donde salían: una isla de cañadas metálicas y quebradas, hundida insondablemente en el corazón de montañas resquebrajadas y cubiertas a lo largo de muchas millas por intrincados matorrales. Después imaginé aquellos tres monstruos enderezándose, tan lenta y pesadamente que no solo crecían hongos bajo sus patas sino que también brotaba sobre sus lomos un musgo fuliginoso. Con ellos me extravié en volcánicas maravillas, desbrocé innúmeras ramas de maleza podrida; hasta que como en sueños, me encontré sentado, con las piernas cruzadas sobre el delantero, con un brahmán sentado del mismo modo a cada lado, formando un trípode de frentes que sostenía la cúpula universal.”

Monumento a Darwin en el Cerro Tijeretas

Es difícil saber si también nosotros hemos aprendido algo de todo esto, durante nuestra estancia en la tierra en la que habitan estos formidables galápagos. En cualquier caso, como viajeros que sienten el anhelo de vivir libres y la sed insaciable de experimentar nuevas aventuras, nos quedamos, al menos, con el recuerdo de aquel epitafio que Melville situaba precisamente en la isla Chatman o San Cristobal. Es un grito -o quizá una plegaria- de un alma que supo, en su día, lo que es la vida y cómo hay que vivirla, al tiempo que es un llamado a vivirla en plenitud en este mismo instante:
“Oh, Hermano Jack, que vas de paso, como eres ahora, así fui yo una vez. Tan animoso y tan jovial, pero ahora, qué pena, han dejado de pagarme. Ya no puedo atisbar con mis ojos entornados, y aquí me tienes… ¡Cubierto de escoria!”
Aprovechemos, pues, el momento… el tiempo vuela y pronto, muy pronto, deberemos regresar al lugar del que vinimos.

 

EL HECHIZO DE LAS ISLAS ENCANTADAS

EL HECHIZO DE LAS ISLAS ENCANTADAS

Estas islas te hacen un regalo cuando menos te lo esperas. Como sabéis, estamos concluyendo este viaje de casi seis meses y tenemos más la mente en casa que aquí. Es inevitable pensar en el reencuentro, hacer planes para el verano… Pero, simultáneamente, seguimos aferrándonos a estas islas como quien no quiere ser arrancado del paraíso. Cuando nos descuidamos y nuestra mente se aleja, la Pachamama nos manda un mensajito, como si quisiera ayudarnos a seguir disfrutando del tiempo que nos queda por vivir en este recóndito lugar.
La luna creciente en la noche, la puesta de sol, las aves, el viento, la espesa humedad en la montaña, los lobos marinos, una cala donde bucear, una playa donde descansar…  

Hoy hemos ido a la Playa de la Lobería, cerca del pequeño aeropuerto de la ciudad. Hemos tomado un taxi que nos ha dejado al principio del sendero y, cuando íbamos a empezar a caminar, una suave lluvia nos ha amedrentado. El océano se escuchaba bravío, el viento soplaba fuertemente. Nos hemos cobijado bajo un mangle botón y poco después hemos iniciado nuevamente el paseo.  
En menos de diez minutos estábamos en la playa. La marea subía, casi llegaba a su nivel máximo. Unos cuantos lobos dormían en la arena. Algunos grupos habían ocupado las pocas sombras existentes ¡Tienen buen criterio para elegir! Aún no nos habíamos situado cuando hemos visto varios lobos saltando en el agua, cazando y jugando agilmente y, de pronto, una enorme tortuga marina buceando junto a la orilla, y otra más allí y otra un poco más allá. El mar estaba agitado pero nadaban plácidamente y salían a respirar cada dos por tres.  

Parece mentira, llevamos casi un mes en este archipiélago pero seguimos sin habituarnos: la vida te sorprende a cada paso. Junto a nosotros, una loba marina dormía mientras su bebé se amamantaba. Es por ello que esta playa recibe el nombre de Lobería, aquí acuden las mamás lobas con sus crías para cuidarlas tranquilas, sin que las molesten. Nosotros no parecíamos ser una molestia.  
Las fragatas han aparecido sobrevolando nuestras cabezas y también los piqueros de patas azules que se lanzaban a pescar en el mar como torpedos. Pau buceaba junto a una enorme tortuga verde, junto a ella literalmente, pues le ha acariciado su recio caparazón cuando una ola se la ha tirado casi encima. Entonces, he visto una joven tortuga que pasaba junto a ellos y se dirigía a la orilla. Las olas la han empujado fuera del mar y ella ha salido impulsándose penosamente con sus aletas. Allí hemos acudido curiosos y, junto a nosotros, los jóvenes lobos marinos que se acercaban a olisquearla.  

Es difícil describir mi sentimiento de alborozo. Estaba embriagada ante la visión de este animal y de todo aquello que he intentado describiros. Estoy segura de que regresaré  a este lugar en el que las experiencias de proximidad con la naturaleza son inagotables. Me siento hechizada por estas islas que ciertamente están encantadas, y es por ello que sé, con absoluta certeza, que no desaparecerá la luz de mis ojos sin que vuelva a contemplarlas.

NUESTRO MUNDO EN UN CUBO DE BASURA

NUESTRO MUNDO EN UN CUBO DE BASURA

Reciclar es un hábito que cuando lo adquieres, como cualquier otro, es difícil desprenderse de él. Hace muchos años que nosotros asumimos esta constumbre como algo normal en nuestra vida y, ahora, mezclar la basura nos parece casi un sacrilegio.
Hace unos años nos regalamos un estupendo contenedor con varios compartimientos para nuestros residuos y fue una adquisición que sentimos como una recompensa después de muchos años usando bolsas, bolsitas, cajas y cajitas que colgábamos donde podíamos en la cocina. Ahora todo está bien organizado. A nuestro regreso a casa, dentro de menos de una semana, queremos dar un paso más: gestionar nuestros residuos orgánicos originados al cocinar.

Cuando llegamos a Chile al principio de este viaje, una de las cosas que más nos costó fue deshabituarnos a separar la basura. Allí no se recicla nada. El reciclaje es una cuestión personal y privada. En Santiago, por ejemplo, si una familia quiere reciclar debe contactar, a nivel particular, con una empresa que quincenalmente recogerá sus residuos. Por este servicio paga unos 20 euros al mes y se compromete a separar y almacenar en casa todo lo que se puede reciclar: metales, pilas, plásticos, papel y cartón, latas, etc. Todo debe estar limpio, sin residuos orgánicos. Este ejercicio diario de conciencia con nuestro entorno es admirable, desde nuestro punto de vista. Implica un compromiso enorme con el medio ambiente y con nuestros descendientes. No existen contenedores para reciclaje en la calle, no hay servicio público recogida de estos residuos.  

El modelo de gestión de residuos utilizado en nuestro país es interesante porque ha permitido mejorar nuestros índices de reciclaje en los últimos años. Sin embargo, aún queda mucho por hacer y, sobre todo, nos falta dar el paso decisivo: antes de reciclar hay que reutilizar y, aún más, debemos hacernos conscientes de que lo importante es reducir.
Imagina que desde mañana te dijesen que se acabó el servicio de recogida de basuras y que, desde ese momento, tú mismo debes encargarte de gestionar tus residuos en tu propia casa… ¿Dónde meterías el montón de desechos que generas cada día? Cualquier persona inteligente lo que haría en tu lugar es reducir el volumen de desechos al máximo. Hay infinidad de maneras de hacerlo. Tenemos que reducir. Éste es el único horizonte sostenible para un planeta superpoblado .

Tras más de cuatro meses en Chile, aterrizamos en las islas Galápagos. Otro mundo es posible. Aquí es una obligación porque cuando la basura sale de tu casa deja de ser sólo tuya y pasa a ser de todos. Las campañas de información y la gestión pública han permitido a los galapagueños tomar conciencia del problema ecológico que suponen los residuos que generamos los humanos y, ante esta evidencia, implicarse directamente. Cada familia tiene tres contenedores cada uno para un tipo de desecho. Un camión, siempre el mismo, pasa cada día por cada casa, pero recoge la basura únicamente de uno de los contenedores. Por ejemplo, el lunes orgánico, el martes materiales reciclables y los miércoles lo que no es reciclable. De este modo, el mismo servicio se hace cargo de todos los residuos que han sido separados previamente y los lleva, cada día, a un lugar diferente para ser gestionados adecuadamente. Aún queda mucho por hacer, pero sin duda, aquí hay una participación activa de los ciudadanos en el cuidado de sus islas.  

Nos preguntamos si estas personas son más inteligentes o más clarividentes que nosotros, o que sus compatriotas del continente… Evidentemente, no. Pero tienen a su favor que viven en islas, pequeños territorios con escasez de agua y de espacio, con escasez de muchos recursos. Además, el entorno es magnífico. No podían esperar más. Gestionar bien es importante. El futuro depende de ello.

 ¿Cuándo nos daremos cuenta todos los demás de que vivimos también en un pequeño mundo? Vivimos en un pequeño planeta de límites finitos invadido por 6.000 millones de humanos, muchos de los cuales seguimos consumiendo recursos desaforadamente y produciendo residuos de manera imparable. Probablemente este sea uno de los grandes problemas de la humanidad pero, como muchos otros grandes problemas, raramente son cabecera de un telediario o portada en la prensa. A pesar de ello, está en nuestra mano, cada vez que destapamos el cubo de basura para tirar un desecho podemos elegir qué vamos a hacer son él y, probablemente, hay un opción mejor que ese cubo de basura.

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