LA LAGUNA DE LAS NINFAS: SER Y CRECER NATURALMENTE

LA LAGUNA DE LAS NINFAS: SER Y CRECER NATURALMENTE

Hoy decidimos tomarnos el día con tranquilidad. Por la mañana hemos visitado la Laguna de las Ninfas. Es un lugar realmente fantástico, que se encuentra, además, a escasos metros de nuestro hostal. Se trata de una de las numerosas lagunas que existen en este archipiélago y cuyos aportes de aguas son tanto oceánicos -gracias a las mareas-, como fluviales -por los numerosos riachuelos y por las surgencias subterráneas. Ello hace que estas lagunas constituyan un hábitat único, interesantísimo desde el punto de vista biológico.  

En general, este tipo de lagunas, enclavadas en medio del manglar, son lugares de extraordinario valor para la conservación de la biodiversidad del ecosistema. Pero particularmente, juegan un papel crucial para la crianza de muchas especies de peces. La baja salinidad del agua hace que estas aguas contengan los nutrientes necesarios para el crecimiento de los peces y por ello pueden verse en sus aguas millares de pececillos nadando en inmensos bancos.  

Con la fluctuación de las mareas, las distintas especies de peces se desplazan entre el océano y la laguna, buscando el grado de salinidad óptimo para cada uno de ellos, como si persiguiesen establecer una relación armónica y equilibrada con su entorno. Además, las intricadas raíces del mangle rojo ofrecen a estos seres acuáticos un cobijo inmejorable, así como las altas ramas del mangle blanco sirven a las aves para posarse en lo alto y otear en busca de alimento.  

Nuestro paseo por el lugar ha sido plácido y sereno. La paz y la quietud que se dejaban sentir en aquel paraje era tal que nos ha sido muy fácil dejarnos influir por él. Los niños correteaban alegremente por las pasarelas de madera. Nosotros disfrutábamos del silencio, de la brisa y de los matices del follaje del manglar. Todo nos inducía al sosiego y a la reflexión pausada.  

Los lugareños cuentan que este lugar está protegido. Pero no solo por las restrictivas normas del Parque, sino por un conjunto de ninfas que velan por salvaguardar la riqueza sin igual de este espacio singular, por su tranquilidad y por su riqueza.  
Tras pasar allá un tiempo maravilloso, hemos vuelto a casa con la sensación de haber conectado, de nuevo, con nosotros mismos y con un conjunto de pensamientos sobre la crianza y la educación que han animado nuestra conversación.

Nuestros juegos, escribiendo con frutos del mangle

Cuando uno observa la sencillez y la naturalidad con la que son criadas las crías de las otras especies es inevitable pensar si nuestro modo de educar a los hijos e hijas no adolece de una forzada artificiosidad. De hecho, cuando contemplamos un espacio de crianza tan idílico, como la Laguna de las Ninfas, nos asalta la duda de si nuestras escuelas no se parecerán más a aquellas horribles piscifactorías que montamos cerca de nuestras costas o en los ríos.   Observando a los alevines nadando en libertad y curioseando a su antojo en la espesura del manglar, es fácil pensar que aprenderán mucho más de la vida, de ellos mismos y del lugar que tienen reservado en la naturaleza que no aquellos otros que tan solo deben aprender que son criados para satisfacer el insaciable apetito de pescado del ser humano.

Algo semejante ocurre, en realidad, con nuestros escolares, a saber, que son educados más con la mirada puesta en su futura asimilación dentro de la sociedad y de la voraz estructura económica del momento que no en su desarrollo integral como persona, a través del autoconocimiento y de una integración con la sociedad respetuosa con su propia individualidad y con el entorno natural en el que viven.

Algunos de los carteles que ayudan a conocer las islas

Ello se debe, en gran medida, al hecho de que, a pesar de los ingentes esfuerzos realizados por padres, madres y educadores por imaginar una escuela diferente, las inercias y los malos hábitos adquiridos, en lo que a la crianza y la educación se refiere, nos alejan a menudo de la escuela que un día imaginamos para nuestros niños y nos hacen volver sobre una escuela que se ha mostrado como notoriamente insuficiente para propiciar un crecimiento que sea realmente abierto y enriquecedor para nuestros hijos e hijas.

Tiempo para reflexionar cuando se vive tranquilo

Al igual que resulta inevitable atender la infinidad de problemas sanitarios que se derivan de las condiciones de vida que soportan los peces en las piscifactorías, también en la escuela debemos hacer frente a un conjunto de problemas (hiperactividad, déficits de atención, conductas disruptivas, desmotivación, etc.) que se originan, en gran parte, a causa de las condiciones en que llevamos a cabo la misma labor educativa.
En cambio, cuando observamos a los seres humanos viviendo en un entorno natural, moviéndose de acuerdo con los ritmos que marca la misma naturaleza y en contacto con su propia naturaleza interior, se nos hace evidente que deberíamos ser capaces de conciliar las necesidades que impone nuestra moderna vida en sociedad con las necesidades propias de nuestro ser natural.

La marea baja en la playa de los Alemanes deja ver los manglares

Y si esto es importante conseguirlo en la vida adulta, muchísimo más lo es en el caso de los niños y niñas, por lo menos hasta que superan el umbral de la adolescencia. Porque es a lo largo de esta etapa de ss vidas, cuando pueden establecer un contacto profundo consigo mismos y tejer una relación con el mundo que les envuelve que sea, a su vez, armónica y fructífera.
Nuestra escuela debiera ser como un manglar, es decir, un espacio abierto, lleno de recovecos, de ambientes diversos, de modo que los niños y niñas pudiesen moverse libremente y explorar a su gusto, dónde pudiesen hallar el hábitat preciso al que se ajusta su propia naturaleza. Y los educadores y educadoras debieran ser como las ninfas, esto es, criaturas cuya presencia discreta, incluso esquiva, dejase a los niños y niñas la iniciativa y el protagonismo, cuya misión fuese, precisamente, preservar las condiciones en las que puede darse, de forma óptima, su aprendizaje y su desarrollo personal.

NAVEGANDO ENTRE TIBURONES

NAVEGANDO ENTRE TIBURONES

Esta mañana amaneció nublado, lo cual era perfecto, ya que teníamos por delante un largo día al aire libre y el incisivo sol ecuatoriano empieza a amedrentarnos. Nos habíamos propuesto realizar una excursión a Tortuga Bay, situada a cierta distancia de Puerto Ayora, así que partimos temprano con paso decidido. A las afueras del pueblo hemos ingresado en el fabuloso sendero gestionado por la administración del Parque.

Organizando el paseo: hay que esperar a los papás…

Todo el camino discurre envuelto por una densa vegetación, entre la que destaca la presencia de los característicos cáctus que crecen en la zona. El terreno es, en su mayor parte, abrupto, por estar sembrado de rocas volcánicas que sirven de refugio a un sin número de lagartijas. A lo largo de nuestro paseo hemos encontrado diversas especies de aves, como el cucuve, el canario propio de estas islas o alguno de los diversos pinzones que las habitan.  

Los niños han hecho todo el sendero a pie, cargados con sus mochilas, corriendo alegremente arriba y abajo, atendiendo al trazado del sendero y a las irregularidades y sinuosidades del terreno. Su jolgorio se asemejaba al de los pajarillos que trinaban desaforadamente a nuestro alrededor a la vez que saltaban de una rama a otra o mientras pasaban volando ante nuestas propias narices.  

Disfrutando del paseo hacia Tortuga Bay

Tras el paseo hemos llegado a la primera playa. Era una playa larga, blanquísima. Por desgracia, hoy era azotada por un fuerte oleaje, tal como nos habían advertido. Así que seguimos la recomendación de caminar hasta la segunda playa. Con todo, recorrer la larguísima lengua de arena ha sido un placer. El nombre de Tortuga Bay proviene del hecho que este lugar es frecuentado por las tortugas marinas para desovar. Rápidamente hemos localizado algunos nidos de tortuga antíguos y nos hemos entretenido a explicar a los niños cómo hacen las tortuguitas para volver al océano. Ernest se ha divertido mucho, además, persiguiendo a los veloces cangrejos fantasma, que salían corriendo apenas verlo con sus ojos saltones hasta los hoyuelos que usan como guarida en la arena.

Al final de la primera playa nos hemos encontrado con una extensa colonia de iguanas marinas. Algunas de ellas eran realmente inmensas. También hemos visto, de lejos, una esbelta garza morena. Un corto sendero nos ha permitido llegar, por fin, a la segunda playa, situada frente a una bahía de aguas tranquilas, rodeada por exhuberantes manglares.

Las enormes iguanas descansan confiadas

Durante el resto de la mañana hemos disfrutado plácidamente del encanto de aquel rincón paradisíaco, sentados a la sombra de un mangle-botón y con los niños trazando sobre la arena, con sus camiones, infinitas rutas que solo sus perspicaces mentes serían capaces de seguir.   A mediodía, tras tomar un tentenpié, Ernest ha tenido una gran idea. Al final de la playa, una pareja alquilaba kayaks a los visitantes para dar un paseo por la bahía. Ni corto ni perezoso, Ernest ha proclamado, con energía, que quería navegar. Así ha sido como nos hemos montado los cuatro, siguiendo su dictado, en un pequeño y liviano kayak biplaza y nos hemos hecho a la mar.

Los mangles muestran sus raíces cuando baja la marea

A pesar de nuestra inexperiencia como remeros, pronto le hemos cogido el tranquillo y, así, nuestra embarcación se deslizaba rauda sobre las aguas, para júbilo y sorpresa de nuestros pequeños. Apenas habíamos avanzado un centenar de metros cuando nuestra navegación nos ha ofrecido la primera recompensa: un grupo de rayas doradas adultas -al menos una docena-, de unos noventa centímetros de envergadura cada una, nadaban tranquilamente a nuestro lado y se deslizaban suavemente por debajo de nuestro kayak, literalmente al alcance de nuestra mano. Durante unos minutos las hemos seguido, contemplando su majestuoso nado con admiración. Los niños estaban fascinados, tanto o más que nosotros.

Descubriendo las aguas de Tortuga Bay en kayak

A continuación, nos hemos adentrado con decisión en el mar, en dirección a la salida de la bahía. Las aguas se volvían profundas debajo de nosotros, por momentos, y cambiaban de color, tomando un matiz azulado. Entonces hemos ralentizado la navegación y nos hemos detenido a observar con atención la superfície del agua, con la esperanza de vislumbrar alguna tortuga marina. Éstas nadan sumergidas, por lo común, pero cada cierto tiempo ascienden a la superfície para tomar aire.

Pronto hemos empezado a ver sus cabecitas asomando ligeramente entre las suaves olas. Y, en cada ocasión, nos hemos puesto a remar fuertemente en dirección a ellas con la intención de verlas de cerca. Cuando llegábamos a seis o siete metros de ellas, cesábamos de remar y aprovechábamos el impulso para aproximarnos hasta dos o tres metros del caparazón que se asomaba. Al ver que nos acercábamos, ellas se sumergían rápidamente. Pero hemos conseguido verlas desde muy cerca. Incluso hemos estado a punto de chocar con una involuntariamente.  
Ernest estaba emocionado. Y Ferran, ya sea por la emoción, por el cansancio de la caminata durante la mañana o, simplemente, por el suave balanceo del kayak, se ha dormido profundamente, quedando tendido sobre las piernas de su padre, primero, y luego sobre el charco de agua acumulada en el interior de la embarcación.  
Desde lejos, sobre el fondo oceánico, las tortugas marinas parecen pequeñas, pero de cerca imponen, ya que su caparazón mide cerca de setenta centímetros y, con la cabeza, llegan a tener más de ochenta centímetros de talla. Sus resoplidos, además, son poderosos y dejan sentir con ellos su enojo si, por casualidad, te acercas en exceso.  

No con poca pena hemos dejado atrás las tortugas y nos hemos aproximado al borde del manglar. Una garza morena nos vigilaba desde lo alto de un mangle. Nosotros escrutábamos el fondo marino con la esperanza de vislumbrar alguna otra criatura. De repente, hemos intuido un sutil movimiento, una silueta oscura deslizándose junto a nosotros. El leve tono blanquecino del extremo superior de las aletas dorsales nos ha permitido reconocer a la tintorera, un escualo muy común aquí, que puede alcanzar los dos metros de longitud. Éste, sin embargo, debía ser un poco más pequeño.  
Con la ilusión de ver un poco mejor algún otro ejemplar, hemos continuado junto al manglar. Pero lo que nos ha sorprendido entonces ha sido la visión de un tiburón dando un salto enorme y girando en el aire todo su cuerpo en forma de tirabuzón a unos doscientos metros mar adentro. Aunque es difícil decirlo, por la distancia, es probable que se tratase de un adulto de dos metros de longitud.  

Sin pensarlo dos veces, hemos ido para allá, esperando verlo otra vez. Pero estos escualos nadan a gran velocidad. Es imposible ir tras ellos. No obstante, al poco rato hemos visto saltar otro a cien metros de nosotros. Siendo absurdo perseguirlos, hemos optado por esperar a que se mostraran, según su capricho.   Ernest estaba un poco asustado y, mientras, Ferran seguía profundamente dormido. Poco a poco hemos vuelto junto al manglar. Ernest quería ver algún tiburón en aquella parte en la que el fondo se veía mejor a través del agua. Entonces, a unos quince metros de nuestro kayak, el tiburón ha dado un gran salto por el aire para meterse de nuevo en el agua con un gran “splash!”. Realmente ha sido impresionante.  

Ya en casa, los dibujos de Ernest recuerdan su experiencia

Satisfechos con nuestra travesía, hemos desembarcado. Tras devolver el kayak, hemos vuelto a la playa. Ferran dormía y Ernest jugaba. La tarde avanzaba y la marea subía. Una veintena de rayas han hecho las delícias de los turistas, acercándose a pocos metros de la orilla. Después, hemos recogido nuestras cosas y hemos deshecho el camino andado durante la mañana. Al llegar a casa todos estábamos exhaustos -menos Ferran-, pero contentos, muy contentos.
Estas islas sorprenden, definitivamente. Y aunque tratamos de transmitir nuestras sensaciones, nos da la impresión que las palabras son pobres para plasmar la riqueza que entraña esta experiencia. Ahora, por ejemplo, Ernest dibuja el fondo del mar, con tiburones, rayas y tortugas. Un nuevo mundo, lleno de vida, se ha abierto para su mente. Es algo maravillosamente extraordinario.

PARQUE NACIONAL GALÁPAGOS: EL PARAÍSO DE LOS NATURALISTAS

PARQUE NACIONAL GALÁPAGOS: EL PARAÍSO DE LOS NATURALISTAS

Cuando llegas a las islas Galápagos y pasas por el control de la entrada al Parque Nacional para pagar la tasa de acceso  que incluye un carnet personal (110 USD los adultos, 60 USD los niños), te sientes un poco “sableado”. Como nos ha ocurrido en otros lugares, parece que se explota al turista en lugar de favorecer el turismo.

Estación Científica C.Darwin, Puerto Ayora (Santa Cruz)

Sin embargo, a poco que empiezas a conocer este lugar, la gestión del parque y de los municipios, te das cuenta de que éste es un modelo de gestión integral en el que los seres humanos están haciendo todo lo posible por vivir en armonía con la naturaleza sabiéndose poseedores de unos ecosistemas únicos cuya conservación significará la supervivencia de todos.

El modelo de “turismo, sol y playa” aquí no tiene sentido, es mucho más. Los ecosistemas, el territorio en que vivimos o que visitamos esporádicamente como turistas, no sólo está formado por suelo, agua y sol, aquí lo saben y por ello la legislación es muy restrictiva y promueve el mantenimiento de un entorno natural en el cual todos tenemos cabida: no sólo las personas, sino también animales, plantas y todos los seres vivos que forman o han formado parte de él.

Sería imposible describir todas las acciones dirigidas por el Parque Nacional Galápagos, para ello es mejor visitar la web oficial. Pero se puede destacar entre otras cosas el programa de voluntarios, la sección de información turística y el programa de guías naturalistas, además de los programas de desarrollo sustentable.  

En todas las islas hay multitud de lugares que se pueden visitar libremente, están marcados los senderos, hay información orientativa y medioambiental. Pero también hay zonas restringidas a las que sólo se puede acudir acompañado por un guía oficial. Nosotros aún no hemos solicitado ningún servicio de este tipo pero nos hemos cruzado con ellos en multitud de ocasiones en los lugares que hemos visitado. Uniformados con su ropa de campo de colores tostados acompañan a pequeños grupos de turistas y escolares por todas partes desde primera hora de la mañana. Son de trato directo y carácter afable y, seguramente, suponen una de las mejores inversiones del parque. Hacen visible el parque a través de una persona, pero además te acercan a la población de las islas que participa directamente en la gestión del lugar.  

Centro de crianza de tortugas galápagos en Puerto Ayora

Otro aspecto importante son los programas de control y eliminación de especies invasoras, junto con los centros de crianza de especies amenazadas. Entre ellos destacan, sin duda, la cría de los grandes galápagos, las tortugas emblemáticas y características de cada una de la islas. Hoy hemos visitado el centro recuperación de la isla Santa Cruz en la Estación Científica Charles Darwin y allí hemos disfrutado aprendiendo cómo se lleva a cabo la reproducción de aquellas especies que fueron esquilmadas por diversos motivos. Muchos barcos llegaban aquí a repostar agua y también las utilizaban como alimento, la introducción de cerdos fue nefasta pues devoraban sus huevos…

Crías en estado de cautividad aprendiendo a vivir antes de ser liberadas
Uno de los “padres galápago” del centro de crianza

El calor era asfixiante, se nota que el sol aquí siempre está allá en lo alto. Por eso, al terminar la visita nos hemos ido a la playa que hay en la misma estación científica. Era un lugar idílico. Un cordón de rocas negras cerraba la playa creando una especie de laguna de aguas transparentes sobre la arena blanca. Nuevamente muchísimos peces nadaban, pero hoy hemos descubierto varios ejemplares de vivos colores. Las iguanas salían a tomar el sol sobre las oscuras piedras y debíamos andar con cuidado para no chafarlas, pues son muy abundantes y se camuflan perfectamente. Era divertido verlas escupir sal por sus orificios nasales. Podías sentarte junto a ellas sin que se inmutasen. Ernest y Ferran jugaban con otros niños en la arena y nosotros disfrutábamos relajadamente del mar y del espectáculo natural.

Iguana tomando el sol después de alimentarse bajo el agua

Antes de regresar a casa hemos comido frente al pequeño mercado de los pescadores de Puerto Ayora. Allí una leona marina dormitaba una agradable siesta y, de vez en cuando, un par de crías acudían a molestarla. Una señora limpiaba el banco en el que ella estaba tumbada pero no se ha desplazado un palmo de su posición: ¡qué envidia daba verla tan relajada!

Esta es la única tortuga con la que “contactar”
Siguiendo su ejemplo, nos hemos venido a casa a descansar, pero antes hemos caído en la agradable tentación de tomarnos un riquísimo helado. Chocolate, yogur, maracuyá y frutas del bosque han sido los sabores elegidos para disfrutar del momento. Un día perfecto!
A LA SOMBRA DE UN MANGLE ROJO

A LA SOMBRA DE UN MANGLE ROJO

Un pelícano descansa sobre un mangle

“A la sombra de un mangle rojo estoy mientras Ernest disfruta bañandose en el agua y Pau y Ferran persiguen una iguana que ha venido nadando hasta la playa”. Esto es lo que pensaba esta mañana mientras me recostaba en mi toalla sobre la arena blanca de la preciosa playa de los Alemanes, cerca de Puerto Ayora. Relajada iba redactando en mi mente lo que podría ser el inicio de esta entrada al blog: la descripción de un día perfecto que acababa de comenzar.

Realmente hemos empezado el día preocupados nuevamente por nuestra disponibilidad de dinero. Sin embargo, esta vez todo se ha resuelto de un modo tan sencillo que me da pena pensar el tiempo que perdimos anoche sufriendo ante la posibilidad de quedarnos sin “pasta”.


Hoy, en el Banco del Pacífico, han escuchado mi petición de sacar dinero manualmente con la mayor naturalidad, atónita observaba a la señora que me ha atendido y yo me sentía como si acabase de llegar de otro planeta. No podía creer que iba ser tan fácil, me había imaginado dando explicaciones y justificándome pero no ha sido necesario. Se nota que este país vive en “la economía del dólar”, de hecho la moneda nacional es el dólar americano. Aquí el dinero está para moverlo, a estas islas viajan miles de estadounideses y todo son facilidades para que la moneda fluya.

Las iguanas descansan en el puerto

Mientras yo hacia mis gestiones, Pau y los niños se dedicaban a observar las decenas de iguanas y enormes cangrejos que paseaban por las rocas del puerto junto al que se sitúa la oficina del banco. Es asombroso la naturalidad y tranquilidad con la que aceptan la presencia de los seres humanos. Realmente no sé quién mira a quién. Es, probablemente, lo que más sorprende al visitante de estas islas: por un lado la gran cantidad de fauna que hay en todas partes, especies increíbles que surgen a cada paso; por otro lado, la sencilla convivencia y coexistencia con los seres humanos.

Las inmensas zayapas pasean por las rocas

Nuestros planes eran otros, pero atendiendo a la petición de Ernest, hemos seguido las recomendaciones del dueño de nuestro hostal y hemos ido al puerto a tomar un “taxi-marino” o “aquataxi”. Por ochenta centavos el pasaje te llevan a diversos puntos de la isla, cercanos a la capital. Nosotros le hemos pedido qué nos llevase al desembarcadero de donde parte el camino que va a la playa en la que hemos pasado la mañana.  

Esperando al “acuataxi” para ir a la Playa de los Alemanes

Ha sido una experiencia increíble. Además de disfrutar del sol y del agua, de la preciosa arena blanca, de los manglares que bordeaban la pequeña bahía y de las negras rocas volcánicas, lo más extraordinario ha sido el incesante ir y venir de criaturas de todo tipo. A pocos metros de nosotros, los pelícanos pasaban el tiempo acicalándose concienzudamente o tratando de pescar algún pez para el almuerzo con su descomunal pico.

Ferran juega con las pequeñas iguanas que pasean por la arena

Las iguanas se paseaban por la playa o chapoteaban sobre las olas pasando de un manglar a otro puesto que en ellos anidan. Las enormes fragatas volaban sobre nosotros cual gigantescas golondrinas. Grandes bancos de peces iban de un lado para otro y un grupo de pequeñas rayas se deslizaban como si planearan sobre la arena. Nosotros nos acercábamos y nos sorprendíamos al comprobar que no se inmutaban ante nuestra presencia. Estos animales no parecen haber desarrollado un temor instintivo a los humanos, probablemente porque nuestra presencia aquí data de fechas muy recientes. Un buen ejemplo de ello es la actitud dócil y juguetona de una de esas rayas que sé ha dedicado a pasar bajo las piernas de Pau mientras Ernest la perseguía.  

Las rayas se alimentan junto a los bañistas en la playa

Aprovechando que era sábado, varias familias de lugareños han ido acudiendo a la playa y, a medida que subía la marea, nos hemos ido agrupando bajo las escasas sombras huyendo de las suaves olas y del sol implacable. Hemos disfrutado, entre baños y juegos, hasta la hora de la comida. En ese momento nos ha sorprendido la visita de un joven león marino que se acercado hasta la orilla y se ha aproximado a los bañistas descaradamente como si quisiera preguntarles: “¿Qué hacéis en mi playa privada?”

Los indicadores ayudan a conocer mejor el entorno y promueven su conservación
De camino a las Grietas por la difícil senda (con la marea baja)

Después un ligero tentempie hemos decidido, atrevidamente, acercarnos hasta el paraje de las Grietas. El camino no era largo, pero entre el calor y el irregular suelo volcánico, la caminata entre enormes cactus ha sido árdua. Además hemos tenido que atravesar un par de zonas inundadas por la marea. Si a esto añadimos que nuestro calzado no era apropiado y que Ferran se ha dormido en brazos de Pau, es fácil imaginar que en algún momento hemos dudado de haber acertado con nuestra decisión. Sin embargo, la enorme griega volcánica ha compensado nuestras penalidades. El agua fresca y cristalina que se filtra desde el océano y las surgencias de agua dulce hacen de este rincón un lugar sorprendente, que es aprovechado por los jóvenes de la zona para demostrar su bravura saltando desde las paredes, lo cual suscita la admiración del resto de bañistas.

Saltadores en las Grietas

NOTA: tras unos meses de trabajos, en la actualidad, el acceso a las Grietas ha sido mejorado.

AGOTADOS Y FUMIGADOS PERO FELICES EN LAS ISLAS GALÁPAGOS

AGOTADOS Y FUMIGADOS PERO FELICES EN LAS ISLAS GALÁPAGOS

Ajustando el nuevo horario a nuestras rutinas, nuestro cuerpo agotado y un poco irascibles tras haber atravesado media América del Sur. Todo ha cambiado, Chile está muy lejos y se nota: estamos rozando el ecuador geográfico, apenas a 1° latitud sur. El clima es totalmente diferente, es lo primero que sentimos al bajar del avión en Guayaquil. Aunque era la una de la madrugada, la temperatura era agradable, la brisa refrescaba la noche y la humedad tropical se pegaba en la piel.

Llegar hasta las Islas Galápagos implica pasar por un protocolizado proceso administrativo. Todo está muy bien organizado pero eso no impide que sea necesario hacer colas para superar cada uno de los controles. El primero es en el aeropuerto de salida del vuelo, allí se revisa el equipaje para eliminar alimentos que puedan llevar posibles vectores contaminantes, principalmente semillas de plantas. Por supuesto hay que pagar una tasa de 10$ por viajero y rellenar la documentación necesaria para que, una vez en las islas, te entreguen la acreditación para acceder al Parque Nacional.  

Poco antes de aterrizar, el responsable de la tripulación del avión, informa al pasaje de las peculiaridades ambientales del lugar al que estamos a punto de llegar y nos avisa que van a proceder a la fumigación de la cabina. En ese momento, el personal pasa por el pasillo abriendo los compartimentos del equipaje de mano y rociando las maletas con el spray en cuestión. Cierran inmediatamente las portezuelas pero eso no impide que el tufillo inunde el avión…  
Pocos minutos después aterrizamos en Baltra, la pequeña isla donde se sitúa el aeropuerto de la isla de Santa Cruz. Un par de minutos antes Ferran se duerme, está agotado por el cansancio de la noche anterior pues volamos con más de cuatro horas de retraso hasta Guayaquil debido a problemas con nuestro avión.

Pasamos el control de acceso en el recién estrenado “aeropuerto ecológico”. Nos llama la atención el techado de placas solares para proteger a los viajeros en su traslado a pie desde la nave al edificio de llegadas. Allí, amablemente, revisan nuestra documentación, pagamos las tasas de entrada (100$ los adultos y 50$ los niños) y nos timbran en el pasaporte un precioso cuño con el dibujo de un tiburón-martillo y un enorme testudo, también conocido por galápago o tortuga gigante. Para mí, este insignificante detalle ya supone una gran emoción. Tomo los pasaportes como si ahora llevarán un tesoro en su interior… Siempre me ha gustado coleccionar pasaportes con las marcas de las aduanas de los países visitados, pero este especial. Es el primer paso de lo que esperamos será una gran experiencia de contacto con la naturaleza.  

Ya hemos llegado pero aún queda un poco más de ajetreo para llegar al hostal. Un bus nos lleva hasta un pequeño embarcadero atravesando un antiguo asentamiento militar. Todo es un secarral, hace calor y el oscuro suelo volcánico aumenta la sensación de estar dentro de un horno. Cruzamos el estrecho canal de aguas turquesas que nos separa de la isla de Santa Cruz pagando menos de un dólar por persona y, una vez allí, decidimos tomar un taxi para ir hasta Puerto Ahora. No tenemos fuerzas para tomar uno de esos envejecidos autobuses, el trayecto dura unos cuarenta minutos. Hemos hecho bien porque Ernest también cae rendido mientras nosotros conversamos con el amable taxista para evitar que nos ocurra lo mismo.  

El paisaje cambia espectacularmente. En la zona alta de la isla hay mucha vegetación, campos de bananeros, vacas y caballos. El mar y los islotes volcánicos son impresionantes. Puerto Ayora es un pueblo tranquilo de bonitas casas, nos sentimos cómodos desde el primer momento. En el puerto, tenemos el primer contacto con las increíbles fauna y flora del lugar: las paredes de lava llenas de vegetación son impresionantes pero nos sobrecoge la cantidad de animales que vemos allí mismo, en aquel lugar tan invadido por las actividades humanas. Cientos de barquitos van y vienen mientras un monton de aves diversas vuelan. Nos acercamos a los pelícanos que se nos aproximan caminando sobre la baranda para así salir mejor en la foto nocturna, los pequeños tiburones nadan refulgentes bajo la luz de las farolas del muelle y los enormes cangrejos rojos caminan por las rocas buscando donde cobijarse. Realmente estamos sorprendidos ante este espectáculo y, en ese momento, en el horizonte, surge la enorme luna llena. Es un buen presagio: la última etapa de nuestro viaje no podía empezar mejor.

Pin It on Pinterest