PARQUES ADORABLES: THE SENSE OF WONDER

PARQUES ADORABLES: THE SENSE OF WONDER

En nuestros viajes por el mundo, uno de los elementos comunes a todas nuestras escapadas, es la búsqueda de entornos dedicados a la enseñanza de las maravillas del mundo natural. Espacios creados por el ser humano que combinen el afán por recuperar y proteger ciertos lugares con el deseo por divulgar los más bellos secretos de la Madre Tierra. Se trata así de desarrollar nuestra empatía hacia ella y nuestro interés por promover su conversación.
Seres humanos que se sumergen en la naturaleza sin molestar (Escocia, 2014)
Hace ya mucho tiempo que Rachel Carson escribió su dulce y delicado libro Sense of wonder al que ya dediqué un post hace tiempo. Su visión poética y su amor por la naturaleza acrecentaron en nosotros el deseo por seguir disfrutando de las pequeñas cosas que nos ofrecen las playas, los bosques, los ríos o cualquier lugar que no haya sido alterado drásticamente por nuestra especie.

En nuestro último viaje a Estados Unidos visitamos el estado de Maine: queríamos conocer los lugares que aquella mujer ayudó a conocer y a proteger con sus investigaciones. Su incansable esfuerzo por divulgar la necesidad de combinar la protección de la naturaleza y la presencia de los seres humanos de una manera equilibrada la convirtieron en unos de los referentes de la lucha conservacionista a nivel mundial. Su objetivo era que fuéramos conscientes de cómo nuestras acciones alteran la vida del resto de seres vivientes, propietarios, como nosotros, del hábitat en el que desarrollan su vida.

Bosques en el Queen Elizabeth Forest Park (Escocia, 2015)
¿Qué tienen en común esos lugares que permiten la presencia de personas sin olvidar un estricto respeto por el entorno natural? Hoy vamos a intentar contestar esta pregunta y os vamos a describir seis lugares maravillosos que sin duda deberían servir de modelo para el diseño de espacios naturales con vocación de ser verdaderas “aulas en la naturaleza”. Si no podéis viajar hasta ellos, no dudéis en visitar sus páginas web y conocer el interesante trabajo que llevan a cabo. Podríamos decir que comparten ciertos rasgos como, por ejemplo, estos:
 
1. Estos lugares piensan en los niños y en los mayores. También facilitan el acceso al entorno a personas con dificultades físicas de manera que todos podamos disfrutar allí.
2. Tienen una extremada sensibilidad ecológica por lo que desarrollan iniciativas y actividades para promover la conservación del entorno.
Talleres para todas las edades (The Wild Center, 2015)
3. Destacan por su sensibilidad artística y combinan aspectos científicos, creativos y humanísticos buscando el crecimiento holístico del ser humano.
4. Utilizan elementos naturales, generalmente sencillos, para crear espacios de juego, descanso y reflexión en medio de la naturaleza.
5. Suelen tener círculos de amigos y voluntarios que dedican una parte de su tiempo a colaborar en su mantenimiento.
Paneles en el P.N. Galápagos (ecuador, 2013)
6. Desarrollan importantes labores de formación y educación en las comunidades locales donde se ubican.
7. Los espacios museísticos no suelen ser demasiado grandes pero sí de extremada calidad y calidez.
8. Tocar está permitido, oler, escuchar, ver, sentir… Siempre buscan desarrollar nuestra sensibilidad y crear vínculos afectivos con el lugar que quieren salvaguardar.

Es fácil tropezarte con los habitantes del lugar
(Rachel Carson Wildlife Refuge, 2015)
9. Te hacen reflexionar sobre otro modelo de crecimiento que también es posible. Cada uno de nosotros somos responsables de llevar adelante un cambio necesario allá donde sea que vivamos.
10. Hacen que te sientas feliz y maravillado. Desarrollan en ti tu sentido del asombro (your sense of wonder).
 
PARQUE OMORA (Región Antártica, Chile)
Cuando viajas a lugares perdidos en el mundo puedes creer que vas a “ninguna parte”, que allá no habrá nada, pero después compruebas que los humanos hemos llegado a casi todos los rincones del mundo y allí siempre hay gente de la que aprender, tradiciones que descubrir y naturaleza con la que maravillarse.
 
El Parque Omora se encuentra en isla Navarino, al sur del Canal Beagle, a pocos kilómetros de Puerto Williams. Muy cerca del lugar donde el Capitán Fitz Roy desembarcó para devolver a su tierra a tres indios fueguimos que había secuestrado un año antes con el fin de “educarlos” en Inglaterra. En ese mismo barco llevaba al joven Charles Darwin en su vuelta al mundo. Ya en su diario podemos leer sus impresiones sobre aquellos magníficos paisajes glaciares y la vegetación austral que los tapizaba.
Arte en los carteles del Parque Omora (Puerto Williams, 2013)
Lo más maravilloso de este lugar que es gestionado por el Centro Universitario de la Universidad de Magallanes en Puerto Williams es que muestra al visitante el fascinante mundo de los vegetales más simples y primitivos de nuestro mundo. Aquellos que pasan casi siempre desapercibidos y que en estas latitudes alcanzan una diversidad asombrosa. Líquenes, musgos y hepáticas crean mágicos bosques de ensueño que harían las delicias de los enanitos y gnomos más resistentes al frío. Los senderos conducen a través de estos bosques húmedos y si ponemos atención pueden descubrirse animales escurridizos que están habituados a vivir sin ser molestados por la presencia de las personas.
La muestra de líquenes, musgos y hepáticas es
sobresaliente (Parque Omora, 2013)
BOSQUE YATANA (Tierra del Fuego, Argentina)
Cuando la familia Alvarado decidió iniciar la limpieza del basurero en que se había convertido el campo abandonado que había junto a su casa, probablemente no podían imaginar que aquel lugar acabaría convirtiéndose en un lugar de referencia para los amantes del arte y de la naturaleza en Ushuaia. Situada en la cara sur del extremo más meridional de los Andes, esta ciudad es el centro neurálgico de las comunicaciones en el Canal Beagle. Ha crecido de un modo poco planificado y por sus laderas se van extendiendo los nuevos barrios de casas humildes. Los tendidos eléctricos cruzan las calles, el viento sopla casi permanentemente y el sol calienta poco, incluso en verano. Las vistas al canal son espectaculares y, al sur, se divisan las bellas montañas de isla Navarino y otros islotes que pertenecen a Chile.
Puerta de acceso al Bosque Yatana (Ushuaia, 2013)

Según nos contaron, aquel lugar abandonado estaba lleno de restos de papeles, plásticos y vidrios rotos. Era lugar de encuentro para borrachos y drogadictos que buscaban donde ocultar su triste existencia. Pero fue pasando el tiempo y fueron sacando basura de aquel lugar y llevando hasta allí la sensibilidad y el amor hacia la naturaleza y el ser humano. Además se inició la recuperación de las señas de identidad de los primeros habitantes del territorio: los onas. Los indios fueguinos habían desarrollado toda una cultura que les permitía sobrevivir en aquellas tierras inhóspitas con una sabiduría ya olvidada.

Espacios para la relajación y la creación (Bosque Yatana, 2013)
El Bosque Yatana es hoy un lugar bello y relajante en el que las lengas (hayas endémicas) y otros árboles aún jóvenes crecen cubriendo el espacio de sombras que, en otoño,  se transforman en un bello tapiz de hojas anaranjadas y amarillentas. Talleres de pintura, de escultura y de danza, rituales de hermanamiento con la Madre Tierra y otras muchas actividades convierten a este lugar en un recuerdo imborrable para nuestra memoria.
La vinculación con la cultura ancestral está
muy presente en el Bosque Yatana (Ushuaia, 2013)
Son pequeñas sus islas pero es ingente el trabajo que se viene realizando aquí para conservar los tesoros naturales que atesoran. Si serán capaces de hacer coexistir el creciente turismo con la protección del mundo natural es algo que aún no sabemos pero, sin duda,  están esforzándose porque así sea. Este es uno de los puntos del planeta que más llaman la atención a los que gustamos del mundo natural porque recorrer este territorio es sin duda un auténtico gozo. Un espectáculo con mayúsculas
Centro de interpretación de la Isla de Santa Cruz (Ecuador, 2013)
Centro de interpretación de la Isla de San Cristóbal (Ecuador, 2013)

En cada una de las islas habitadas y que pueden tener acceso los turistas, se realizan  cursos de formación de monitores y guías naturalistas. Además, son numerosas las campañas informativas para los ciudadanos que han de seguir unas normas bastante estrictas respecto al consumo de agua, el reciclaje de residuos y el uso de diversos recursos. Se explica también de la historia geológica de estas bellas islas, de su diversidad biológica, y otras particularidades. Se desarrollan planes de desarrollo contando con los ciudadanos que las habitan, pero sin olvidar la protección del patrimonio natural. Un modelo que esperamos prospere y crezca, un ejemplo a seguir en múltiples sentidos.

En Isla Isabela convivir con las especies
autóctonas es habitual (Ecuador, 2013)
Hacen falta recursos para montar un parque dedicado a la difusión de las ciencias naturales. Pero además hace falta buen gusto y mucho trabajo para montar actividades interesantes y atractivas. En este parque forestal hay un pequeño museo en el que se hacen talleres dirigidos a niños y adultos. Pero lo más interesante son las rutas accesibles que se han diseñado en el bosque compaginando el arte y la creatividad con la observación de la naturaleza. Siempre utilizando materiales naturales han creado diversos espacios, para el juego y la contemplación, realmente inspiradores.
Jugando en el bosque (Queen Elizabeth Forest Park, 2014)
Museo en el Queen Elizabeth Forest Park (Escocia, 2014)
Decenas de senderos para recorrer a pie o en bicicleta. Cascadas, arroyos y riachuelos que aparecen inesperadamente. Observatorios para aves y mamíferos. Para atraer al público más aventurero y atrevido hay además una ruta aérea para conocer el bosque lanzándose en tirolinas, atravesando el bosque con cuerdas y pasarelas. Dentro de las actividades GoApe se puede conocer el bosque de un modo emocionante y con la adrenalina corriendo por nuestras arterias.
Zona de juegos (Queen Elizabeth Forest Park, 2014)
Zona de alimentación controlada para facilitar la observación
THE WILD CENTER (New York, USA)
Una de las mejores cosas de viajar es descubrir lugares sorprendentes e inesperados que te fascinan. Llegamos a Tupper Lake invitados por Pam a través de “couchsurfing“. Era una tarde lluviosa y fría y las montañas Adirondack aparecían cubiertas de bruma. Estas son las montañas más elevadas del estado de New York y se caracterizan por sus densos bosques, lagos y lagunas bellísimas. Pasamos una jornada memorable invitados en un preciosa casa de madera junto al lago y, por la mañana, siguiendo las indicaciones de la madre de Pam nos dirigimos al Wild Center. Lo que en el pasado fue un campo arrasado por la deforestación es hoy un día un monumento a la conservación.
Caminado como ardillas por el bosque (The Wild Center, 2015)
Lo que pensábamos que sería un sencillo museo era en realidad un proyecto riquísimo y atractivo: una fundación en la que muchas personas y entidades participan.  Este tipo de inicitivas son muy comunes en Estados Unidos: un grupo de personas ponen su dinero y su tiempo, buscan subvenciones y ayudas económicas, trabajan como voluntarios para hacer realidad algo que podría parecer una quimera. Si el tema prospera se contrata personal y se convierte en un negocio. Nos fascinó todo el museo. A mí, especialmente, la sala con los materiales didácticos para el estudio del mundo natural. Armarios llenos de sorpresas, cajones con muestras de todo tipo para jugar y aprender. Eran preciosas las reproducciones de hongos, por ejemplo.  Los modelos de esqueletos de diversos animales, los puzzles y tantas otras cosas para experimentar y descubrir. El sueño de cualquier persona que se dedique a la enseñanza de las maravillas de nuestro planeta.
Materiales para descubrir el mundo natural (The Wild Center, 2015)
Sin duda, el broche de oro a la visita fue el paseo por el bosque. Ascender entre los troncos huecos, creados y diseñados para poder subir a las alturas. Ya sea por tu propio pie, con un carrito de bebé o en silla de ruedas, todo el mundo puede disfrutar de ese paseo entre las copas de los árboles del bosque septentrional americano. Robles, pinos, sauces…. Al final del paseo nos esperaban dos sorpresas increíbles: un enorme nido de águila en el que sentirte como una de esas majestuosas aves y una espectacular tela de araña elevada a una decena de metros sobre el suelo en la que jugar y saltar bajo la supervisión de la araña gigante propietaria de esa obra de arte.
Caímos como moscas en la tela de la araña gigante (The Wild Center, 2015)
Todo el entorno está diseñado con creatividad y
rigurosidad (The Wild Center, 2015)
Y para finalizar, probablemente, el más sencillo y humilde de los parques y reservas que hemos recogido en esta entrada de hoy pero no por ello menos importante. Rachel Carson y sus refugios para la vida salvaje se merecen un centro de interpretación mejor diseñado, con una mejor exposición sobre la vida y obra de esta bióloga-escritora, con mas información sobre las amenazas que destruyen cada día los humedales y zonas costeras de todo el planeta. Con su humildad, este lugar transmite la esencia de lo que Rachel Caron fue: una persona sencilla e inteligente, capaz de escribir con dulzura sobre los ecosistemas que tan bien estudió y conoció. Ella vivió en Maine la mayor parte de su vida pero también recorrió otras zonas de Estados Unidos en sus proyectos de investigación y para documentarse en sus escritos.
Cultivando nuestro “sense of wonder” con Rachel Carson
La visita al centro de interpretación incluye el paseo por un sendero de un kilómetro de longitud en el que se explican los delicados equilibrios que coexisten en este lugar donde las aguas dulces de los ríos se encuentran con el mar en sus grandes desplazamientos mareales que tienen lugar cada día. El bosque que se recorre es joven pues sufrió, hace pocas décadas, una intensa deforestación -como la mayor parte de la costa este de Estados Unidos. Es desde hace poco tiempo que ha comenzado a recuperarse. Después de haber visitado los bosques chilenos, no podíamos evitar hacer comparaciones pues estos árboles parecen poca cosa frente a aquellos majestuosos árboles centenarios. Pero es ilusionante comprobar como la protección de extensas áreas del territorio y una gestión consciente están ayudando a crear bosques que en pocas generaciones serán impresionantes.
Sendero que recorre el bosque en recuperación
(Rachel Carson Wildlife Refuge, 2015)
Como nos recuerda aquel dicho “dejemos a nuestros hijos un mundo mejor del que heredamos”. En estos seis lugares que hoy hemos intentado descubriros están trabajando a conciencia para que así sea. La mayor parte de ellos hacen pagar al visitante: cobran por aparcar, o por acceder a las instalaciones o por participar en algunas de las actividades. Para nosotros puede parecernos extraño porque en nuestro país no estamos habituados a pagar y colaborar en el mantenimiento de estos lugares. Los turistas debemos contribuir en la protección de los espacios natuarles que visitamos, del mismo modo que pagamos por una buena comida, un museo o por ir al cine… Pero además, como habitantes de un  territorio, cualquiera de nosotros puede contribuir de múltiples maneras: recuperar campos abandonados, diseñar aulas para el estudio de la naturaleza, crear rutas eco-culturales, rescatar usos tradicionales… Ojalá que poco a poco, frente a al ansia urbanística,  aprendamos a aprovechar mejor las zonas urbanas que ya hemos asfaltado y dejemos nuestro entorno natural a salvo.
Los humedales son lugares sensibles y únicos (Maine, 2015)
RECUERDOS DE LAS ISLAS GALÁPAGOS

RECUERDOS DE LAS ISLAS GALÁPAGOS

Hoy hace una año iniciábamos nuestra estancia en las Islas Encantadas. Así aparecen ahora nuestro recuerdos, como encantados, porque la combinación de sensaciones, colores, sonidos, imágenes y emociones nos hacen complicada la descripción de las experiencias que vivimos allí a lo largo de aquellas cuatro semanas. Casi me atrevería a decir que visitar aquellas islas debería ser una visita obligada para los amantes de la naturaleza y, sobre todo, para aquellos cuya sensibilidad hacia el mundo natural está poco desarrollada. 

Allí uno puede tomar plena conciencia de la existencia de ecosistemas en los que la naturaleza se expresa con todo su esplendor y donde el hombre no es un intruso, pero tampoco interfiere y dificulta la vida de todos aquellos organismos que llegaron mucho antes que nosotros. En contraposición, podríamos pensar que sería mejor limitar el acceso con el fin de preservar las islas de la amenaza del ser humano. Creo que los habitantes y gestores del Parque Nacional Islas Galápagos están haciendo un gran esfuerzo por lograr el equilibrio entre ambas opciones y han convertido el hecho de vivir y viajar allí en una experiencia plena de aprendizajes.
En este momento de la historia de nuestro planeta nos enfrentamos a un verdadero reto en la gestión de los recursos naturales y en el planeamiento del modo de sociedad que queremos para los miles de millones de personas que invadimos la Tierra. Creo sinceramente que este asunto es el problema más importante al que nos enfrentamos -aunque raramente tome el protagonismo en los medios de comunicación- y determina aspectos tan importantes como el uso del agua, la producción y distribución de alimentos, la gestión de los residuos o la producción de energía. No hay duda que una manera adecuada de enfrentarnos a estas cuestiones ayudaría, no sólo a la conservación de los ecosistemas terrestres, también al de los millones de seres humanos que viven en condiciones que impiden su pleno desarrollo como personas debido a la falta de alimentos, de agua o de un lugar agradable en el que vivir. En las islas Galápagos se puede encontrar la receta para solucionar el problema: necesitar poco, sólo lo suficiente para vivir digna y respetuosamente con el medio ambiente.
Viajar a Guayaquil desde Madrid es sencillo y no demasiado caro. Hay vuelos directos todos los días. Se puede tomar un vuelo nocturno y, por la mañana, enlazar con uno de los vuelos que conecta la capital económica del Ecuador con Baltra (Isla Santa Cruz) o Puerto Baquerizo Moreno (Isla San Cristóbal). A los trámites habituales de aduana hay que añadir el tiempo necesario para hacer las gestiones exigidas por las autoridades del Parque Nacional. En el aeropuerto de Guayaquil hay que hacer un primer control de equipaje y, en el de llegada a las islas, un segundo control aún más exhaustivo. Hay que pagar 10$ antes del embarque y 100$ más (50$ los niños) para conseguir el permiso de visita. Además, en el avión, el personal de abordo dedica una parte de sus explicaciones a detallar las particularidades ambientales de las islas y de cuáles son las normas generales de comportamiento en ellas. Por último, y para sorpresa de los turistas, proceden a fumigar la cabina del avión y todo el equipaje de mano con el fin de eliminar cualquier invertebrado viviente… Realmente te sientes como un chinche atrapado en su guarida y, aunque lo asumes, no dejas de pensar en que el procedimiento es un poco invasivo. Si bien, es lo que hacemos los humanos habitualmente con los “animaluchos” y “malas hierbas” que no nos interesan….
Moverse entre las islas es fácil, sobre todo entre las más habitadas. Hay lanchas motoras de diversas capacidades que comunican unas islas con otras. Eso sí, los trayectos son largos y sobre un océano Pacífico a menudo con mar de fondo que provoca que el desplazamiento sea exigente para los que no estamos habituados al mar. Hay una opción alternativa que también implica asumir ciertos riesgos pero que es una experiencia única y placentera si es que controlas los miedos a volar en una “mosca de acero”. Se trata de reservar un asiento en una de las avionetas que comunica los aeródromos de las islas. Las de mayor capacidad tienen 8 asientos más el piloto y el copiloto. Transportan el correo y hay vuelos diarios. El viaje más largo es el que une Isla Isabela con la Isla de San Cristóbal. Nosotros decidimos hacer uso de esta opción con nuestros hijos pequeños y os aseguro que fue una experiencia inolvidable. El vuelo a poco más de 100 km/h sobre las islas a 1.500 metros de altura constituye todavía hoy uno de los mejores recuerdos que tenemos de nuestro viaje De Tierra de Fuego a las Galápagos.
Entre los tópicos sobre el viaje allí es que resulta muy caro. Sin embargo, puede no ser así en absoluto. Resulta caro si se reserva un crucero en un pequeño yate o velero que te lleva de isla en isla aunque también es cierto que es esta la única manera de visitar ciertos lugares que no son en absoluto accesibles caminando en las islas. Por otra parte, hay muchas actividades que sólo pueden realizarse en pequeños grupos y acompañados por un experto guía, para reducir el impacto sobre el entorno, las cuales también implican el desembolso de elevadas cantidades de dinero. Pero, sobre todo, en todas las islas hay pequeñas rutas, senderos y playas de acceso totalmente libre, con muy buenas indicaciones y totalmente gratuitas, en las que se puede disfrutar de la naturaleza en estado puro. Esta fue nuestra opción y os aseguro que no quedamos en absoluto defraudados.
Todos estos datos prácticos han venido a mi memoria, quizá porque no sé qué vivencias seleccionar de los 30 días que estuvimos allí. Nadar con lobos marinos, entre iguanas y grandes tortugas marinas. Divisar las bandadas de piqueros de patas azules mientras pescan en la costa. Disfrutar con los rápidos “vuelos” de los pingüinos y admirar el lento caminar de las enormes tortugas galápagos. Ascender a los volcanes entre brumas tropicales, curiosear por los túneles dejados por las coladas volcánicas, recorrer en bicicleta las largas playas de arena blanca. 
Deslizarse en kayak acompañado de mantas-raya y tiburones. Almorzar acompañado por los curiosos y confiados pinzones. Tomar el sol junto a las extrañas iguanas marinas y tomar un coco helado en una tumbona mientras un cachorro de lobo marino duerme su siesta junto a tí. Enormes cangrejos rojos descansan sobre las rocas negras creando un atractivo traje de “faralaes” y los colibríes vienen a libar en las matas cercanas a la playa. Los grandes pelícanos pescan en la orilla mientras nuestros hijos juegan felices. Las grandes grullas pasean entre las palmeras mientras nosotros nos sentimos adormecidos disfrutando de un sueño del que no queremos despertar.
Pero lo más extraordinario del lugar es descubrir que en pocos días tus ritmos vitales se acompasan con los de la naturaleza. Que tu sensibilidad despierta a muchas sensaciones que habitualmente pasan desapercibidas. Te sientes en armonía con el mundo, respetando, dejando que la vida fluya sin obstáculos en toda su belleza.

Son tantos los recuerdos que esta mañana, mientras escribo desde mi cama y observo el trocito de mar divisable entre los altos edificios de El Campello, no puedo evitar trasladarme a aquellas frescas mañanas en Puerto Villamil. Termino esta entrada, la cuelgo en el blog, cierro los ojos y me parece sentir el jugo de maracuyá, la macedonia de papaya, los dulces caseros… Me relajo como aquella enorme iguana en la Playa del Amor. La humedad del ambiente se va disipando, luce el sol y ante nosotros tenemos un gran día. Hoy es un gran día, lo va a ser, pero aún es mejor porque tenemos nuestros recuerdos de las Islas Encantadas.

BALANCE DE NUESTRA EXPERIENCIA

BALANCE DE NUESTRA EXPERIENCIA

Realmente es difícil expresar todo lo que ha supuesto este viaje para nosotros en unas pocas líneas. Cuando tan solo era un proyecto y tratábamos de imaginar lo que nos aportaría esta experiencia apenas vislumbrábamos ligeramente lo que ha llegado a enriquecernos en realidad. Después de viajar miles de kilómetros para recorrer la costa pacífica de Sudamérica, desde su extremo más meridional, en Tierra del Fuego, hasta el apartado e insólito archipiélago de las islas Galápagos, podemos decir que nuestra visión de la vida se ha ampliado significativamente y que nos hemos visto obligados a desechar bastantes ideas y pensamientos que parecía que iban a estar arraigados en nuestra mente de por vida. 


Una experiencia así te cambia, necesariamente. O por lo menos hace que un cambio que tal vez ya estaba en marcha se consolide y se torne definitivamente irreversible. Porque esta experiencia no se reduce a todos aquellos aspectos que pueden ser fácilmente cuantificados. Estuvimos 166 días fuera de casa, recorrimos unos 40.000 kms, estuvimos en 3 países diferentes, volamos a bordo de 9 aviones y 1 avioneta, navegamos a bordo de 2 ferrys, 8 lanchas, 1 bote de remos y 1 kayak, tomamos 18 autobuses de ruta, 20 microbuses y 10 autobuses urbanos, circulamos sobre 1 trolebús, alquilamos 8 coches, subimos a 15 veces en funicular y 1 en telesilla, tomamos 21 taxis, 3 colectivos y 4 servicios de transfer, montamos en 1 tren, 1 tranvía y 6 metros, hicimos 13 desplazamientos con las personas que nos alojaban, montamos 1 vez a caballo e hicimos autostop en 4 ocasiones, cocinamos en 24 cocinas diferentes, dormimos en 27 camas diferentes, hicimos 5330 fotografías y 513 vídeos y nos gastamos más de 28.000 €.
Además hay un sinnúmero de aspectos igualmente reseñables pero que no nos entretuvimos a cuantificar: los centenares de personas con las que hablamos, las docenas de comercios en los que compramos o de restaurantes donde comimos, los kilómetros que caminamos –por calles, carreteras, playas, senderos…-, los miles de árboles bajo cuya sombra estuvimos, las docenas de ríos, lagos y lagunas que contemplamos, los miles de pingüinos que encontramos, las docenas de volcanes de admiramos, los centenares de lobos y leones marinos que nos salieron al paso, las docenas de glaciares que vislumbramos, los centenares de cumbres montañosas que nos retaron, las docenas de delfines que vimos, el puñado de ballenas que nos resoplaron, los miles de iguanas que nos ignoraron, los centenares de tortugas terrestres que se nos acercaron curioseando, el puñado de tortugas marinas que nos huyeron, las docenas de tiburones que nos dejaron boquiabiertos… En fin, podríamos “contar” tantas cosas, puestos a “contar” incluso podríamos “contar” el número exacto de inodoros que utilizamos. Pero esa no es la cuestión, obviamente.




Guayaquil (Ecuador, 2013)
En realidad, podríamos decir que lo más reseñable del viaje se desarrolló en torno a una mesa. Aquel fue, sin duda, un punto de encuentro. De encuentro con nosotros mismos, por supuesto, pero también con otras personas. Justo lo que andábamos buscando. Como dice un amigo, al que conocimos precisamente allí, hay lugares –ya sean trabajos, personas, experiencias o espacios físicos- a los que no llegas tú, sino que son éstos los que te buscan a ti y te encuentran, por mucho que trates de esconderte. 
Durante todo el viaje estuvimos buscando un lugar como aquél, pero al fin fue aquel lugar el que nos llamó a nosotros. Allí no éramos turistas, sino personas y nuestro anfitrión no era un profesional de la hostelería, sino un hombre, sin más. Cada noche nos preparaba la cena y se sentaba a la mesa con nosotros para hablar, con nosotros y con las otras personas que se cobijaban bajo su techo. Como anfitrión, era el mejor, puesto que lo único realmente valioso de todo lo que ofrecía era a sí mismo. Ese es el secreto, al fin. Se trata de vivir y ofrecer a los demás algo de nosotros mismos que está más allá de esa máscara acartonada que mostramos habitualmente y bajo la cual se oculta y se ahoga insufriblemente nuestra sensibilidad. 
 

Refugio Tinquilco, Pucón (Chile, 2013)

En torno a él surgieron amistadesy lazos de los que perduran durante toda una vida. Nuestros mejores pensamientos surgieron allí también, como la semilla que brota espontáneamente en la tierra más propicia. Descubrimos en aquel lugar, con meridiana claridad, que aquello era lo que queríamos –lo que habíamos querido siempre y que en tantas ocasiones hemos estado buscando a tientas sin llegar a alcanzarlo plenamente-: descubrimos en nosotros el deseo de que nuestra casa, de que nuestra aula… de que nuestra vida entera sea un refugio para las otras personas, como lo era para nosotros la casa abierta y acogedora de aquel hombre.



Todo lo que aprendimos en este viaje se resume en esta experiencia sencilla e íntima, aunque son muchos los caminos que nos han llevado hasta ella, como líneas que convergen en un mismo punto, como los radios que se unen en el eje en torno al cual gira toda nuestra existencia. Cada uno de los pensamientos que nos han surgido durante estos meses son, así pues, atisbos, insinuaciones, premoniciones o aproximaciones a esta misma idea: pensamientos que han surgido en contextos muy diversos, pero que confluyen en una misma dirección, aquella que apunta directamente hacia la esencia misma de nuestros desvelos existenciales. Toda esta trama de pensamientos constituye el meollo de nuestra experiencia, una trama que hemos urdido parsimoniosamente, durante todos estos meses, y que exponemos ahora, al final de nuestro periplo, a vuestra mirada crítica, pero receptiva.

Escribir este blog nos ha servido para hacernos más conscientes de nuestra experiencia. Buscar un momento para volver sobre nuestros pasos y contemplar serenamente el camino andado es un quehacer estimulante y saludable. Desde hace años lo ejercemos, plasmando nuestras impresiones en nuestros respectivos diarios personales. También llevamos con nosotros un diario que recoge nuestra singladura como pareja. Y el día en que nuestros hijos vieron la luz nació con ellos un sencillo diario –uno para cada uno de ellos- en los que registramos sus progresos y “retrocesos” desde nuestra óptica amorosa y necesariamente sesgada. Estos son cuadernos privados, que nunca han trascendido. Los leemos y releemos nosotros. Pero nadie más. Ahora, con el blog, se trataba de hacer “otra cosa”. Al inicio nos asaltaba la duda de si estábamos violando nuestra propia privacidad, pero algo nos impulsaba a escribir y a compartir lo que escribíamos. Con el tiempo hemos comprendido que no ansiábamos convertir nuestro viaje en una especie de “reality show”, puesto que no ofrecíamos nuestra vida a miradas indiscretas movidas por una curiosidad morbosa. A través de nuestra forma de contar nuestras peripecias aspirábamos a estimular, ciertamente, el deseo de saber. Pero no sobre nosotros, sino que deseábamos que, a partir de nuestra experiencia, nuestros lectores pudiesen descubrir algo de ellos mismos, algo de sus deseos, temores o inquietudes. Esto hace que hayamos dado a nuestro blog un carácter testimonial. Lo hemos escrito para informar sobre los lugares que hemos visitado y para transmitir nuestra experiencia del viaje. La información es útil por sí misma, pero nuestra experiencia tan solo es útil como inspiración.
Isla Magdalena, cerca de Punta Arenas (Chile, 2013)
De hecho, es posible que haya en nosotros una inclinación a hacer que nuestra vida entera –y no solo nuestro viaje- resulte inspiradora para alguien. En nuestro trabajo como docentes invertimos todos nuestros esfuerzos en ejercer una influencia enriquecedora sobre nuestros alumnos. En ello consiste nuestro trabajo, en el fondo. Y el blog tal vez ha sido otra vía en donde desplegar esta misma inquietud. Para nosotros la experiencia de escribirlo ha sido estimulante y enriquecedora. Y confiamos que los que lo habéis leído hayáis disfrutado tanto como nosotros al escribirlo. No descartamos la posibilidad de repetir la experiencia. Quizás para transmitir otra experiencia más compleja y apasionante: la de la vida misma, en su trascurso ordinario y aparentemente trivial.
Cuando viajamos somos capaces de descubrir lo excepcional de los lugares que visitamos. Sin embargo, metidos en nuestra vida rutinaria y cotidiana, es como si quedásemos anestesiados y perdiésemos nuestra capacidad de asombro. Sería fantástico poder hacer un ejercicio consciente por descubrir todo aquello que tiene de excepcional nuestra propia vida bajo su apariencia de insípida normalidad. Además, está la ventaja de la escritura. Cuando hablamos, pocas veces conversamos, en un sentido profundo. Nuestras palabras se las lleva el viento y todo son “dimes y diretes”. Todo es ruido y hay muy poco silencio. Cuando escribimos, nos tomamos nuestro tiempo para pensar lo que queremos decir. Y cuando leemos hacemos un esfuerzo inusual por comprender aquello que nos quieren transmitir. Necesariamente, la comunicación mejora. Tras este tipo de comunicación es inevitable que surja el deseo de una conversación genuina.
Escribir juntos nos ha ayudado a pensar juntos y a saborear más nuestra experiencia. Confrontar puntos de vista, descubrir sensibilidades diversas, hallar complicidades inesperadas y, en fin, viajar juntos, interiormente, nos ha acercado más. Éste es otro de los frutos de este viaje. Siempre hemos creído que formamos un buen equipo. Nuestro primer viaje juntos, también como pareja, lo hicimos como docentes a cargo de una veintena de adolescentes. Con ellos disfrutamos de los encantos de Italia y del despertar de su mirada en su salida al mundo. Pero lo mejor fue nuestra convivencia. Porque eso es lo más importante de un viaje. Entonces salimos reforzados como pareja. Ahora mucho más, no cabe duda. Nos conocemos mejor, nos toleramos mejor, nos aceptamos mejor… nos amamos mejor. Y para ello, los niños no han sido un problema, sino todo lo contrario.
Recuerdos
Durante el viaje la pregunta más recurrente ha sido: “¿es difícil viajar con niños?” Y nuestra respuesta era siempre la misma: “¡Tan difícil o tan fácil como vivir con ellos!”. Como cualquier otro compañero de viaje, los niños tienen sus necesidades y la clave está en respetarlas, como hacemos cuando viajamos con un amigo. Hacer compatibles tus necesidades con las suyas es un ejercicio mayor o menor en función de tu flexibilidad y tu capacidad de empatía. Renuncias a muchas cosas, pero al mismo tiempo te ofrece otras muchas que no podrías vivir con otros compañeros. Nosotros hemos intentado dejar que participasen en la elaboración de nuestra agenda. Hemos tratado de incluir actividades que les resultasen atractivas. Y, sobre todo, hemos tratado de respetar sus tiempos. Ellos, a cambio, nos han regalado su alegría y su asombro ante tantos descubrimientos. Nos han ayudado a percatarnos de detalles que nos habrían pasado inadvertidos. Nos han obligado a relacionarnos con los demás de un modo más directo y cercano, como no lo habríamos hecho por nosotros mismos. Y, desde un punto de vista práctico, nos han ahorrado multitud de colas y de gastos que, de estar solos, habríamos tenido la tentación de realizar (restaurantes, copas, excursiones exclusivas, etc.)
Como padres, el hecho de cómo criar a tus hijos es una preocupación permanente. Después de pasar tanto tiempo con ellos es inevitable cuestionarnos la manera que tenemos de enseñarles habitualmente. Por norma, tendemos a pensar que si pasáramos suficiente tiempo con nuestros hijos nos resultará más fácil, pero no tiene porqué ser siempre así. De hecho, nuestra experiencia, como experimento pedagógico, nos demuestra que no es así. Sin duda es bueno pasar tiempo con los hijos. La relación mejora, los vínculos afectivos se refuerzan y ganamos autoridad sobre ellos, una autoridad basada en la confianza y el diálogo. Pero eso no es suficiente. Hay muchos momentos en los que nada parece funcionar y el conflicto se hace patente. Por tanto, nos toca pensar en lo que hacemos, como padres, y en la manera como lo hacemos. Probablemente, la clave está en hallar el modo de respetar la integridad personal de nuestros hijos. Nuestro propósito tras este viaje es explorar decididamente otras formas de relación con ellos que les permitan ser ellos mismos al tiempo que aprenden a asumir todo aquello que les hará desenvolverse en la vida sin tropiezos.
Ferry Evangelistas, de Puerto Natales a Puerto Montt (Chile, 2013)
Muchas personas nos han insistido que es una lástima que los niños no se acordarán de la mayor parte de lo que han vivido durante el viaje. Pero a nosotros éste nos parece un enfoque equivocado. Aunque olviden muchas cosas del viaje, éste formará parte de su experiencia vital. Ellos, como nosotros, no recuerdan los cuidados que les fueron dispensados cuando eran bebés, ni cómo aprendieron a hablar o caminar, por ejemplo. Pero saben perfectamente que les cuidamos amorosamente y saben, así mismo, hablar y caminar con soltura. Algo semejante ocurre con el viaje. Una experiencia tan intensa como ésta es seguro que ha forjado su carácter en algún aspecto. Ahora tal vez sean más abiertos, más flexibles, más resueltos, más comunicativos, más fantasiosos, más creativos… Y ello se debe no solo a su normal desarrollo, sino también a la experiencia que han vivido durante estos meses. Su vínculo como hermanos se ha fortalecido, sin duda, al igual que el de todos nosotros, como familia.
En general, viajar por libre supone un esfuerzo. Pero en un viaje como éste, con niños y durante tanto tiempo, quizá más. De entrada supone salir del espacio en el que todo está bajo control y adentrarse en otro nuevo lleno de incertidumbres. Por mucho que intentes organizarlo todo, hay una infinidad de cuestiones que son imprevisibles y que nunca podrás tener atadas. Éste, sin embargo, es uno de los estímulos que nos impulsan a viajar. Si hubiésemos querido tenerlo todo controlado nos hubiéramos quedado en casa. Pero deseábamos que nuestra vida estuviese expuesta a la incertidumbre de lo nuevo. Nada despierta tanto el espíritu como hallar un nuevo horizonte cada día al levantarse. Ello implicaba una experiencia de desarraigo y distanciamiento. Porque es casi imposible ver la propia vida desde otra perspectiva si uno no se mueve. Nosotros decidimos tomar distancia respecto de nuestros referentes espaciales y temporales. Queríamos vivir en un lugar extraño, sin horarios ni agenda, dejarnos llevar por lo que necesitábamos y para ello queríamos disponer de todo el espacio y de todo el tiempo.    
 

Murales en las paredes de Valparaíso (Chile, 2013)

Esta es la razón por la que no íbamos “a trabajar”. A lo sumo podría decirse que íbamos a hacer un “trabajo que teníamos pendiente”. Inicialmente estábamos dispuestos a “trabajar duro” y nos ofrecimos a nuestros anfitriones para realizar cualquier tipo de tarea. Era un ofrecimiento sincero, por nuestra parte. Pero lo cierto es que no halló eco. Ésta ha sido una de nuestras decepciones. En realidad, casi nadie entendió lo que pretendíamos. Estamos tan acostumbrados a relacionarnos de acuerdo a un guión preestablecido que resulta anómalo salirse del mismo y pretender una relación sin mediaciones. En nuestro mundo, el dinero es el lenguaje universal. Toda relación se halla mediatizada por éste. El dinero es útil. Pero también puede ser devastador, puesto que hace que progresivamente no se conciba la relación entre extraños –o incluso entre los más próximos- si no entra en juego esta moneda de cambio. 

El dinero es como el sexo: todo el mundo piensa en él, pero una mayoría siente pudor al hablar de él. Incluso entre viajeros es un tema que se aborda con no pocas cautelas. Evidentemente, nadie duda de que el dinero es valioso. Nosotros tampoco, aunque pueda parecer que lo gastamos “a la ligera”. Pero pensamos que no tiene ningún sentido guardarlo o cambiarlo por cosas –es decir, por cosas tangibles, como una vivienda, un coche nuevo o cualquier otro artilugio. Porque entonces pierde buena parte de su valor ante nuestros ojos. A nuestro juicio, lo más importante del dinero es que nos permite vivir o, mejor aún, que nos ofrece la posibilidad de vivir intensamente. Y no nos referimos con esto a la dolce vita, por supuesto. Un ejemplo puede resultar clarificador, al respecto: es gracias al dinero que nosotros hemos podido vivir el gozo de estar con nuestros hijos desde el mismo momento en que nacieron hasta el mismo día de hoy. Nuestra posición económica y profesional nos ha permitido que al menos uno de nosotros estuviese en casa con ellos de continuo, sin que hubiese la necesidad de que ambos trabajásemos para ganarnos la vida. Tampoco concebíamos que en una etapa de nuestras vidas como ésta debiéramos invertir nuestro tiempo en ganar más dinero. Al contrario, preferíamos invertirlo en nuestros hijos. Porque nosotros entendemos que hay cosas –intangibles, la mayoría de ellas- que valen mucho más que el dinero y no nos duele gastarnos todo lo que tenemos, si a cambio nos volvemos ricos en este tipo de cosas que tanto apreciamos. La educación de nuestros hijos y la relación afectiva que mantenemos con ellos son algunas de estas cosas. Pero también lo son ampliar nuestra experiencia vital o profundizar en nuestra relación como pareja. Esta es la razón por la que nos parecía que este viaje era una inversión estupenda.
Pukara de Quitor, San Pedro de Atacama (Chile, 2013)
Por eso queríamos vivirlo a consciencia. Porque no era un mero capricho ni una ocurrencia que hubiésemos pensado precipitadamente. Era, más bien, una idea que habíamos madurado durante años, lenta y concienzudamente. Y para sacarle todo el jugo queríamos que transcurriese con la misma calma y parsimonia. De ahí que nos organizásemos para vivir un viaje lento y pausado, un slow trip. Queríamos saborear cada una de sus etapas, es decir, no solo vivir el momento, sino tener tiempo, además, para pensar en todo ello. Y hacer, con ello, que nuestros hijos tuviesen también tiempo para asimilarlo a su manera. Afortunadamente, nos parece haberlo logrado. Puesto que en las diferentes etapas ellos han podido establecer relaciones con las personas que hemos conocido e incluso han llegado a tener una noción relativamente buena del espacio en el que nos movíamos. También han tenido sus momentos de descanso y sus tiempos de juegos y aprendizajes. Al igual que nosotros, ellos “echaban raíces” fácilmente y el lugar se les volvía tan familiar que era una experiencia diaria el “volver a casa” independientemente del lugar en el que nos encontrásemos. En muchos de nuestros destinos, incluso, fue difícil el momento del adiós, de tan aferrados como estábamos al lugar. Para nosotros, porque sabíamos de lo improbable que es que algún día volvamos sobre nuestros pasos. Para ellos, porque viven unidos al momento presente y a veces les cuesta desprenderse de él para empezar a vivir el futuro. Por suerte, Ernest ideó un modo de hacer más fácil el liberarse de este doloroso sentimiento: imaginó un viaje futuro en el que volveríamos a todos estos lugares con un inmenso camión de bomberos-casa en el que cabrían todos aquellos que estuviesen deseosos de acompañarnos en un viaje alrededor del mundo.
Isla Isabela, Galápagos (Ecuador, 2013)

En este sentido, podríamos decir que la imaginación ha sido nuestra gran aliada. Nuestra mente ha llenado las horas muertas y ha suplido la escasez de medios con un sinnúmero de recursos. Nosotros hemos convertido la escritura en nuestro principal divertimento. Y los niños, con sus dibujos y sus historias, han arrinconado al aburrimiento hasta no dejar ni rastro de él, a pesar de contar con muy pocos juguetes. Pero no es solo eso. La fantasía es una fuerza primigenia en nosotros y cura nuestra alma de sus dolencias más profundas. Es así como sana al espíritu cuando se ve afligido por la nostalgia, la frustración o el desasosiego. También sirve para expresar deseos o satisfacerlos de algún modo y nos permite poseer aquello que amamos o desprendernos de aquello que tememos. Todo esto lo hemos conocido gracias a nuestras propias palabras, a los dibujos o a las narraciones de Ernest. Y lo hemos incorporado como uno de los aspectos más valiosos de nuestra experiencia a lo largo del viaje.

Viajando sin prisas hay tiempo para la creatividad
En efecto, el arte es nuestro lenguaje interior y el medio en donde mejor se expresa es en contacto con la naturaleza. Esto lo hemos experimentado en vivo en diversas ocasiones. Pero guardamos un especial recuerdo de aquella hora sublime de nuestra vida en el oasis del Bosque Yatana de Ushuaia. Resulta increíble descubrir lo que puede llegar hacerse con un basurero: recuperar un bosque nativo y convertirlo en un espacio donde el latido de la naturaleza se expresa como arte y resuena en el corazón de los hombres y mujeres que acuden allí esperando hallar un lugar de encuentro y comunión consigo mismos, entre ellos y con la misma naturaleza. Allí fue, precisamente, donde Ernest dibujó su primer bosque y, aunque después lo hemos visto dibujar infinidad de “artilugios” con pasión y entusiasmo, pocas veces lo hemos visto contemplar a su alrededor de una forma tan serena y relajada, ni tratando de plasmarlo sobre el papel con tanta sutileza y sencillez. Porque con los niños a veces sucede esto. Por una parte está lo que ellos dicen disfrutar, lo que les excita y les gusta con locura, y por otra parte lo que les hace vivir realmente esponjados y felices. De este viaje, Ernest ha disfrutado de los camiones de bomberos y los aviones, sobretodo. Pero él y Ferran nunca han sido más felices ni han gozado más dentro de su piel que cuando correteaban y saltaban por los senderos, a través de los bosques, junto al mar o en la cima de las montañas.
Bosque Yatana, Ushuaia (Argentina, 2013)
Volviendo ahora sobre nuestra experiencia, tan próxima a la naturaleza, llega a nosotros el eco de algunas palabras que, sin ser del todo conscientes, nos han acompañado y han estado presentes en cada uno de los mejores momentos de nuestros días: “Las estrellas inspiran reverencia, porque aunque siempre presentes, no dejan de ser inaccesibles; pero todos los objetos de la naturaleza crean una impresión semejante cuando la mente se abre a su influencia. La naturaleza nunca muestra una apariencia mezquina. El hombre más sabio no le arranca su secreto, ni sacia su curiosidad descubriendo su perfección. La naturaleza nunca se convirtió en juguete para un espíritu sabio. Las flores, los animales, las montañas, reflejaron la sabiduría de sus mejores momentos, como habían deleitado la sencillez de su infancia.” Estas palabras fueron escritas por Emerson, hace casi doscientos años, en un prodigioso ensayo titulado Naturaleza. Hoy, tal vez, podrían expresar la esencia misma de nuestra experiencia, el meollo de nuestra visión de la vida.
San Pedro de Atacama (Chile)
Ahora bien, quien desarrolla esta sensibilidad ante la naturaleza ya no puede vivir indiferente ante el despropósito que supone la tragedia medioambiental que ocasiona nuestro modo de vida presuntamente civilizado. Hay tantos aspectos implicados en este desmadre (la superpoblación, el uso indiscriminado de recursos naturales, la destrucción de espacios naturales, la extinción de especies, la precaria gestión de los residuos, el consumismo desaforado, la inconsciencia ecológica, etc.) que nos es imposible abordarlos ahora con detalle y sosiego. Pero, sin duda, cuando uno hace un viaje como éste, confirma sus peores temores al tiempo que se siente impelido a reclamar la necesidad de un cambio urgente y drástico. Hay atisbos de esperanza, sin embargo. Durante estos meses hemos conocido personas e instituciones que trabajan con ahínco por revertir este drama. Pero aún son una minoría y, en gran medida, son como enanos luchando contra gigantes. Para nosotros, no obstante, su luz, aunque pueda parecer tenue y lejana a primera vista, brilla como las estrellas en la oscuridad de la noche y nos sirven de guía en la travesía que nos disponemos a realizar de ahora en adelante. De hecho ya hay revoluciones en marcha, como la de la permacultura, que desde hace unos años ha revitalizado la sensibilidad y el discurso del ecologismo, más allá de ciertos postulados grandilocuentes y maximalistas que han alejado el ecologismo de las personas y de su relación inmediata con su entrono. Se trata de una vuelta a aquel sencillo lema: cambia tu vida para cambiar el mundo. Y en un contexto como el nuestro, de crisis intensa, esto parece tener más sentido que nunca.
Cuando uno contempla con algo de perspectiva la crisis actual –y nuestro viaje nos ha permitido hacer esto, hasta cierto punto- de inmediato se ve forzado a reconocer que ésta no es una crisis económica, meramente. La crisis económica es tan solo el síntoma de una crisis más aguda y profunda: lo que está en crisis –queramos reconocerlo o no- es nuestro modelo de sociedad. Desde la estructura económica de la misma hasta su organización sociopolítica por medio de los Estados-nación debe ponerse en cuestión, de ahora en adelante. De un sistema que se basa, fundamentalmente, en la competencia y el equilibrio de poder entre grupos y organizaciones económicas, sociales o políticas, deberíamos, tal vez, empezar a plantearnos la necesidad de reestructurar la actual red de relaciones para dar cabida, de forma preeminente, al individuo, como persona activa y consciente, y a la misma naturaleza, en la medida que constituye un patrimonio ecológico de todos que debe ser conservado a toda costa. 
Un ejemplo fabuloso de la revolución a la que apuntamos es la del cambio en nuestro enfoque respecto a la alimentación. El modelo alimentario actual pretende, a través de leyes y normativas, garantizar que lo que comemos cumpla estrictamente con unos criterios sanitarios mínimos. Pero también pretende asegurar la rentabilidad económica y la expansión de las grandes empresas del sector. Por el contrario, el pequeño productor agrícola se encuentra totalmente desprotegido y la preocupación por el medio ambiente es algo que no pasa de la pura anécdota. Otro modelo, sin embargo, está ya en marcha. Pero no desde los parlamentos o las grandes corporaciones económicas. Es fruto de la iniciativa de personas que ven el hecho de comer con otros ojos. A estos les importa que la comida sea saludable, por supuesto. Pero también quieren que el producto que llega a su mesa diariamente haya sido producido de un modo sostenible para el medio ambiente. Igualmente pretenden que la transacción económica que les permite acceder a estos productos alimentarios sea justa y que permita a los pequeños productores locales que cultivan sus tierras de acuerdo a criterios ecológicos mantenerse y prosperar adecuadamente. 
Valparaíso (Chile, 2013)
Nuestro retorno a casa viene marcado por todas estas reflexiones. Muchos de estos pensamientos nos vienen de lejos y han ido tomando forma, poco a poco, hasta cristalizar durante este tiempo que hemos estado alejados de casa y retirados del mundo. De ellos se desprenden propósitos grandes y pequeños que modificarán nuestra vida en diferentes ámbitos, desde nuestro trabajo hasta “nuestro pan de cada día”. Nuestras esperanzas e ilusiones han ido cambiando. Y aunque parte del cambio estaba ya en marcha antes de irnos –la experiencia de ver nacer a nuestros hijos y atenderlos durante sus primeros años de vida nos movió, por ejemplo,  a multitud de reflexiones sobre la educación y el modo cómo se organiza nuestro mundo-, lo cierto es que este viaje ha dado un impulso y ha consolidado nuestras ansias de cambio, hasta hacer que éste sea ya un proceso del todo irreversible.
Así es, a nuestra llegada veníamos con la ilusión y la alegría de ver a las personas que queremos. Pero también con la certeza de que empezamos una nueva etapa de nuestras vidas y de que tenemos por delante un trabajo ingente por realizar. Éste es otro viaje, tan apasionante o más, si cabe, que el que acabamos de concluir. Esperemos que los vientos nos sean favorables y que la suerte nos acompañe en este otro periplo que es la vida. 

DE NUEVO EN CASA

DE NUEVO EN CASA

Ya hace media hora que pasó la medianoche. Los niños duermen, la casa está en silencio. Nosotros no podemos dormir. La emoción de la llegada y el “jetlag” nos tienen aún un poco desorientados. Hoy hemos amanecido pasado el mediodía y el día ha pasado volando… Los niños están excitados. Ernest está emocionado por el reencuentro con la familia y sus juguetes. Ferran parece estar haciendo como ha hecho a lo largo del viaje, una nueva adaptación a una nueva casa. Aunque sabe que estamos en Campello y muchas cosas le son familiares, él casi no tiene recuerdos… 


El vuelo de once horas fue cómodo. Pau casi no durmió. En Barajas tuvimos un pequeño pero entrañable recibimiento que nos hizo sentir como en casa. Desde allí salimos hacia Alicante ansiosos por llegar. Los niños soportaron pacientemente las cuatro horas de viaje atados en las sillitas del coche -un hábito al que se habían desacostumbrado. Nosotros observábamos la ciudad asombrados. Hemos cambiado de continente, es evidente. 

Llega el verano, atravesamos los campos de cereal amarilleando en Cuenca y Albacete. Los castillos de Almansa, Villena y Sax. La Foia de Castalla: “som a casa”. La Sierra del Maigmó y el mar allá a lo lejos. Nuestro mar. Y cantamos, como lo hacemos siempre que llegamos a casa… 

“Ja estem arribant a Campello, 
ja es veu el Puig Campana, 
baixem el carrer, 
tot ple de palmeres, 
creuem el trenet 
i ja som a casa…” 

Es tarde pero sabemos que nos esperan y efectivamente allí está una parte de nuestra familia, orgullosos y sonrientes, nos aplauden y abrazan y, probablemente, respiran tranquilos porque todo ha salido bien. Hemos vuelto. Nos han preparado con cariño y dedicación una pequeña fiesta. Los niños se reencuentran y juegan como lo hacían “ayer”. 

Y regresamos a la comodidad de nuestra cotidianeidad, a lo previsible. Porque no podemos engañarnos: viajar estos seis meses ha supuesto un gran esfuerzo para los cuatro. Un esfuerzo que estábamos dispuestos a afrontar porque, en la vida, todo lo que vale la pena suele requerir un esfuerzo. Y hemos vivido seis meses entrañables en los que hemos disfrutado de lugares increíbles y experiencias irrepetibles. Hemos hecho realidad un sueño. 

Estar en nuestra casa es un placer. Tenemos nuestro pequeño espacio, tenemos nuestras cosas, los alimentos que nos gustan, nuestros libros, nuestras sábanas, nuestras rutinas. Estamos dispuestos a adaptarnos a nuestro día a día y a mejorar nuestra existencia en la riqueza de las pequeñas cosas. Sin duda, todo esto es importante, pero no lo puedo negar: echaremos de menos esa manera de vivir que se experimenta, únicamente, cuando uno viaja libremente, sin guías ni planes estrictos; recordaremos las grandes montañas, los glaciares y los volcanes, los bosques de la Patagonia, el cielo atacameño y las insólitas islas Galápagos. 



Estamos cerrando esta etapa, y con ella este blog. Pero en la vida, los inicios y los finales no son nítidos, sino más bien difusos. La urgencia y los condicionantes del momento presente tienden a entorpecer la tarea de cerrar reflexivamente esta experiencia que hemos vivido. Sin embargo, no estamos dispuestos a permitir que esto ocurra y nos obligaremos, en los próximos días, a sentarnos y a recopilar todo aquello que nos parezca relevante de lo vivido y que valoremos como irrenunciable en lo que respecta a nuestro aprendizaje personal sobre la vida. Será un placer compartirlo con aquellos que deseéis leerlo, como lo ha sido compartir la narración de nuestra pequeña aventura durante estos meses. A pesar de que esa será la última entrada de nuestro blog, sentimos la necesidad y creemos que es ahora el momento adecuado para despedirnos.  



Es extraño. Normalmente nos despedimos de los que no vamos a ver, pero en este caso lo hacemos con la ilusión de veros pronto. Hemos compartido una parte de nuestra vida con vosotros y vuestra mirada de complicidad nos lo pondrá de manifiesto. Durante este tiempo hemos tejido, con hilos invisibles, una densa trama de afectos, creando un manto de amistad que arropa nuestros corazones y bajo cuyo calor han llegado a latir, por momentos, al unísono. Nos damos por satisfechos si esta labor cotidiana de contaros nuestras andanzas os ha permitido gozar de esta experiencia de simpatía genuina y sincera. 

DE CAMINO A CASA

DE CAMINO A CASA

Volvemos a casa. Nuestro corazón se alegra, pero al mismo tiempo comienza a albergar un cierto pesar, una sentida nostalgia por todo lo que vivimos y que ya no podremos vivir más.
Nuestro viaje empezó hace bastante tiempo. Aún no había nacido Ernest y ya andábamos deslumbrados con el periplo de Darwin a bordo del Beagle. Su descripción de los inhóspitos paisajes fueguinos nos fascinaba y su experiencia de las Islas Galápagos nos seducía enormemente. Poco a poco el proyecto fue tomando forma, aunque no dejaba de ser un sueño. Tras el nacimiento de Ferran, decidimos que queríamos vivir esta experiencia con nuestros hijos y que no estábamos dispuestos a esperar demasiado tiempo.  

Nos sentíamos preparados y nos alentaba una gran ilusión. Lo más importante era estar juntos y en un contexto que nos permitiese ofrecernos mútuamente lo mejor de nosotros mismos, sin ningún tipo de condicionantes, más que gozar del día a día, viviendo una aventura fascinante.  

Ahora estamos satisfechos y habiendo llegado al final de nuestro peregrinaje darwiniano, danzamos alegremente en torno a su recuerdo. Hemos navegado sobre las frías aguas del canal Beagle, hemos contemplado las mismas cimas andinas que maravillaron sus ojos, hemos caminado por los senderos que hollaron sus pies y, finalmente, nos hemos admirado ante las mismas criaturas que lo indujeron a cambiar nuestra concepción sobre el mundo natural. Incluso su personalidad ha llegado a ser la de alguien próximo y familiar para nuestros pequeños hijos.  

Monumento a Darwin en San Cristóbal (Islas Galápagos)

Después de visitar las Islas Galápagos, Darwin inició su regreso a casa, en un largo viaje que le llevaría a dar la vuelta al mundo. Tanto es así que llegó hasta el extremo de darle la vuelta y ponerlo bocabajo.  

Nosotros nos despedimos ahora de él, para volver a nuestro hogar. Nos queda pendiente hacerle una visita al suyo, en Downe, tal como tenemos comprometido con Ernest. Pero eso será un poco más adelante. Antes nos espera el reencuentro con los familiares y amigos, con nuestra cotidianeidad y algunos pequeños proyectos. Pasado un tiempo será el momento de valorar serenamente la posibilidad de una audaz iniciativa que nuestros hijos se encargan de recordarnos cada cierto tiempo desde hace algunos meses.  

Es la idea de Ernest de afrontar una vuelta al mundo sobre un camión de bomberos, adaptado por nosotros mismos como casa rodante. Él es inflexible en dos aspectos: la ruta deberá pasar necesariamente por la Antártida y la partida será cuando él cumpla ocho años. Toda sugerencia para afrontar con éxito este inmenso reto será bienvenida.

Nos vemos pronto… Un abrazo a todos.

VISIONES DE UN ESCRITOR AVENTURERO

VISIONES DE UN ESCRITOR AVENTURERO

La isla de San Cristóbal o isla de Chatham fue la primera en la que puso el pie Charles Darwin cuando el H.M.S. Beagle llegó a las por entonces llamadas Islas Encantadas. Por su mayor cercanía al continente, esta isla estaba llamada a ser uno de los lugares del archipiélago en donde primero se iba a dar un asentamiento humano estable. Y así fue, ya que, cuando el gobierno del Ecuador se planteó colonizar las islas para mantenerlas sujetas bajo su soberanía, ésta fue una de las que designó para ser ocupada por las primeras familias de colonos. Aquella, no obstante, fue una tentativa relativamente incierta y precaria. Por ello, el gobierno ecuatoriano varió su proyecto inicial y aprovechó este alejado emplazamiento para instalar una penitenciaría, como haría también en otras islas.


Es entonces cuando aparece en esta historia Manuel Julián Cobos, un hombre emprendedor y sin escrúpulos que funda un hacienda azucarera en la isla y convence a las autoridades ecuatorianas para que le transfieran la tutela de los presos. Instaura en su finca un régimen de trabajo durísimo, sometiendo a aquellos hombres como esclavos. Hace traer a sus esposas e hijos desde el continente y los somete igualmente. Después empieza a abusar de las mujeres, silenciando cualquier protesta con la fuerza del látigo. Hasta que tropieza con un preso colombiano que lo degüella. Su cuerpo sin vida es arrastrado hasta el exterior de la finca por una turba enardecida de reclusos que se levantan en rebelión hasta hacer desaparecer todo vestigio de aquella ignominiosa prisión.

Esta historia recuerda a aquella otra que relataba Herman Melville sobre un Rey Perro en Las Encantadas, las inquietantes y sugerentes memorias en las que el escritor norteamericano evocaba su paso por estas islas en un viaje a bordo de un ballenero que inspiraría, asímismo, Moby Dick, su extraordinaria obra maestra. El genio literario de Melville veía en aquella historia del Rey Perro una imagen ilustrativa sobre la dificultad de colonizar islas remotas cuando solo se cuenta con hombres sin principios. Pero lo cierto es que, a lo largo de toda la historia de la humanidad, el “Progreso” -así se llamaba la hacienda de Manuel Julián Cobos- ha sido protagonizada por hombres sin principios. Hombres desalmados, ávaros, pendencieros, traidores, delincuentes o sinvergüenzas, simplemente. Ésta es la calaña que agita el mundo y la hace “avanzar” hacia el abismo. Ante esta locura de mundo, cualquier navegante prudente haría como el capitán del que nos habla Melville, pues no se dejaría tentar por sus luces vacilantes en medio de la oscuridad y se alejaría dejando atrás aquel destello de mal agüero.

Frente a la miseria moral de los hombres, Melville, en Las Encantadas, nos relata fascinado su encuentro con las tortugas:
“Parecían las mismísimas tortugas sobre cuyos lomos pone el hindú esta esfera entera. Con una linterna las examiné detenidamente…Ese verdor mohoso que cubría las toscas hendiduras y curaba las fisuras de sus golpeados caparazones. Ya no veía tres tortugas… Me pareció ver tres coliseos romanos en su espléndida decadencia”.

Para él son el símbolo de una sabiduría inconmovible. Una sabiduría que no pertenece a los hombres, sino al ser mismo del universo. Ahora bien, una sabiduría a la cual pueden acceder los seres humanos, si están dispuestos a seguir los pasos de estas solemnes criaturas:
“…me imaginé la misma madriguera de donde salían: una isla de cañadas metálicas y quebradas, hundida insondablemente en el corazón de montañas resquebrajadas y cubiertas a lo largo de muchas millas por intrincados matorrales. Después imaginé aquellos tres monstruos enderezándose, tan lenta y pesadamente que no solo crecían hongos bajo sus patas sino que también brotaba sobre sus lomos un musgo fuliginoso. Con ellos me extravié en volcánicas maravillas, desbrocé innúmeras ramas de maleza podrida; hasta que como en sueños, me encontré sentado, con las piernas cruzadas sobre el delantero, con un brahmán sentado del mismo modo a cada lado, formando un trípode de frentes que sostenía la cúpula universal.”

Monumento a Darwin en el Cerro Tijeretas

Es difícil saber si también nosotros hemos aprendido algo de todo esto, durante nuestra estancia en la tierra en la que habitan estos formidables galápagos. En cualquier caso, como viajeros que sienten el anhelo de vivir libres y la sed insaciable de experimentar nuevas aventuras, nos quedamos, al menos, con el recuerdo de aquel epitafio que Melville situaba precisamente en la isla Chatman o San Cristobal. Es un grito -o quizá una plegaria- de un alma que supo, en su día, lo que es la vida y cómo hay que vivirla, al tiempo que es un llamado a vivirla en plenitud en este mismo instante:
“Oh, Hermano Jack, que vas de paso, como eres ahora, así fui yo una vez. Tan animoso y tan jovial, pero ahora, qué pena, han dejado de pagarme. Ya no puedo atisbar con mis ojos entornados, y aquí me tienes… ¡Cubierto de escoria!”
Aprovechemos, pues, el momento… el tiempo vuela y pronto, muy pronto, deberemos regresar al lugar del que vinimos.

 

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