FLORES DE LA CHAPADA

FLORES DE LA CHAPADA

Antes de despedirme de este lugar del mundo, bien para viajar a otro lugar del pasado o bien para describir una experiencia presente, quiero añadir algunas imágenes de la increible flora de la Chapada. Caminar tranquilo observando la naturaleza, a un ritmo natural, a paso de niño diría yo, permite captar los detalles que los coches y otros medios de transporte no nos dejan disfrutar.

Durante nuestra escapada al interior de Bahía aprendimos mucho sobre la caatinga, la mata atlántica y otros tipos de vegetación de la zona. Plantas con infinidad de usos y propiedades que llenan de colorido el paisaje. Aquí os dejo una pequeña muestra de algo que siempre forma parte de mis viajes.

O VALE DO PATY

O VALE DO PATY

Teníamos previsto viajar hasta Alagoas desde Sergipe para disfrutar del mar pero los días pasados en la Chapada habían sido tan revitalizantes que sentíamos la necesidad de regresar. Así que decidimos tomar un bus desde Aracajú (Sergipe) para regresar al interior de Bahía. Tras casi ocho horas de trayecto tuvimos que dormir en el “Hotel” Rodoviario de Itaberaba pues no teníamos conexión hasta el día siguiente para viajar a Mucugé.
El viaje a través de aquel paisaje similar al Sertão o la “sabana brasileira” nos hacía pensar en la valentía de las gentes que habitan aquellas tierras inhóspitas en las que encontrar recursos para sobrevivir no es tarea fácil. Debimos cambiar de bus en Andarai y por fin empezamos a adentrarnos en las montañas, atravesamos el cauce rocoso del río Cambaco y llegamos a nuestro destino.



Mucugé es un pueblo lindo que te cautiva desde el principio. Situado a 1000 m.s.n.m. tiene una iglesia preciosa, sus calles están limpias y bien empedradas, sus casas cuidadosamente pintadas. Nos esperaba Bárbara, la dueña de la Pousada Casa da Roca en la que nos íbamos a alojar. Su amabilidad y la de su marido Daniel nos hizo sentir como en casa desde el primer momento. Fueron ellos los que nos pusieron en contacto con Rogério, nuestro guía, y así comenzó “un nuevo idilio” con aquellas montañas.

Buracão, Chapada Diamantina (Brasil, 2006)

Buracão, Chapada Diamantina (Brasil, 2006)





Nuestra primera aventura fue llegar hasta el Buracão, una increible quebrada a la que únicamente se puede acceder a nado y que finalmente te permite llegar hasta una preciosa cachoeira. Describir las sensaciones es complicado: la fuerza del agua, el sonido de los pájaros, el colorido de la vegetación con sus flores, el “agua de cola” que corría puliendo las rocas… Debimos saltar desde una gran roca para acceder hasta el desfiladero y nadar un buen rato contracorriente para poder disfrutar de la cascada. Exhaustas regresamos a Mucugé, satisfechas y llenas de energía. Inmediatamente empezamos a preparar la mochila porque nos esperaba, al día siguiente, el Vale do Paty.


El sendero partía desde el pueblo de Andaraí que significa “Río de los murciélagos” en el idioma de los Tupí-Guaraní. “Cargamos el depósito” tomando un rico café da manhã en la panadería del pueblo e iniciamos la ascensión para cruzar la Serra do Ramalho. Fue duro pues el sol era implacable pero por fin alcanzamos la Ladera del Imperio en la cara oeste de la sierra. La vegetación cambió bruscamente gracias a la humedad de aquella vertiente: la mata atlántica dominaba el paisaje. Iniciamos el descenso hacia la casa del Sr. Eduardo en el margen del río Cachoeirão. 

¡Qué lugar! ¡qué bendición! Un lugar humilde, sin luz eléctrica, a varias horas a pie de Andarai y a nosotras nos parecía el paraíso. El baño en el río fue de ensueño, la cena a la luz de los fogones (feijão, arroz, carne de sol, abobora, suco de maracujá…), el increible cielo estrellado, la fogata y las canciones que nuestro anfitrión octogenario acompañaba con su sanfona (acordeón) mientras Rogerio tocaba el guitarrão… Bailamos forró y nos fuimos a dormir sabiendo que el día siguiente nos esperaba lleno de sorpresas.

Casa del Sr. Eduardo, Chapada Diamantina (Brasil, 2006)

Amaneció tarde porque el valle era muy cerrado allí. Una roca con cara de gorila nos dió los buenos días. Ascendimos hasta el Cachoeirão para pasar la mañana y después, tras despedirnos de la familia que nos había acogido, iniciamos el camino hacia la Prefeitura. Fue un día largo en el que Rogerio nos explicó muchísimas cosas sobre la flora, la fauna y la historia de aquellas tierras. Desde la casita del Sr. Nosinho en que nos alojamos aquella noche, tumbadas en un colchón en el suelo, divisábamos el Morro do Castelo. Era nuestro próximo objetivo.

Morro do Castelo, Chapada Diamantina (Brasil, 2006)
Interior del Morro do Castelo (Brasil, 2006)

Para alcanzar aquella cumbre primero dejamos nuestras mochilas en la casa del Sr. Wilson. Allí estaba su mujer moliendo café tostado con un gran mortero y una maza. El olor era embriagador, el ambiente agradable y acogedor. La humedad de la mata atlántica hacía sofocante el ascenso pero finalmente tuvimos nuestra recompensa al introducirnos en una gruta enorme que atravesaba el Morro y en cuyo interior guardaba secretamente una fuente de agua bien fresca. El Valle de Paty se abría a nuestro pies y aquella tarde disfrutamos de una increible puesta de sol sobre los Gerais do Rio Preto.

Vale do Paty, Chapada Diamantina (Brasil, 2006)
Vale do Paty, Chapada Diamantina (Brasil, 2006)

La última jornada nos obligó nuevamente a hacer un intenso esfuerzo para alcanzar el Arrodeio y rodearlo por el oeste. Bordeamos el gran valle y pudimos ver el Cachoeirão en el que nos habíamos bañado unos días antes descubriendo que aquella laguna era la “laguna corazón”. Había que asomarse con prevención sobre una enorme piedra para disfrutar de las increibles vistas. Fue un momento único, un momento imborrable que nos hizo sentirnos satisfechas de la decisión que habíamos tomado unos días antes. Regresar a la Chapada Diamantina había sido una excelente elección, sin duda.

Cachoeirão, Chapada Diamantina (Brasil, 2006)

Cruzamos el rio Preto y descendimos el Aleixo para llegar a la planicie donde nos esperaba un coche que nos llevó de regreso a la pousada de Bárbara y Daniel. Allí concluía, definitivamente, nuestra estancia. Quién sabe si algún día regresaremos pero sin duda queda marcado para siempre como uno de los lugares más especiales en los que hemos sentido intensamente la comunión con la naturaleza y los seres humanos que allí habitan.

Cachoeirão, Chapada Diamantina (Brasil, 2006)



MÁS ALLÁ DE SALVADOR DE BAHÍA

MÁS ALLÁ DE SALVADOR DE BAHÍA

Pensar en Brasil es pensar en muchos tópicos que uno encuentra nada más aterrizar, pero además hay muchas otras cosas que cada uno descubrirá a través de su propia experiencia. Pensar en Bahía es lo mismo pero con más intensidad. El estado de Bahía, en el extremo nordeste del país carioca, guarda tesoros maravillosos capaces de saciar el gusto de cualquier viajero: música, arte, comida, historia y tradición, modernidad, negritud, playas, mestizaje y religión… Lo mejor es que hay tanto y tan especial que cada uno podemos descubrir un rincón donde envolvernos de la magia de esa región, probablemente, única en el mundo.

Morros, formaciones características de la Chapada (Brasil, 2006)

La Chapada Diamantina es una zona montañosa que recorre el interior del estado de norte a sur y que atesora enclaves preciosos para los amantes de la naturaleza deseosos de aislarse, por su propio pie, en lugares recónditos alejado de la “civilización”. Geológicamente es un enclave caracterizado por el origen de sus formaciones calcareas en las que el agua ha creado espacios increíbles. Cuevas, cascadas, barrancos y valles surgen en medio de la vegetación que llega a ser exhuberante en muchas zonas. Las bromelias y orquídeas dan a la flora un valor especial.

Para llegar hasta allí hay que hacer un largo desplazamiento en bus desde Salvador pasando por Feira de Santana e Itaberaba. Visitar la región es posible alojándose en varios pueblitos. Nosotras teníamos previsto pasar unos pocos días en Lençois però, fue tal el hechizo, que a última hora cambiamos de planes para regresar y seguir explorando aquellas montañas también desde Mucugé. Hasta aquella región aún no llegan demasiados viajeros por lo que es fácil disfrutar de sus recónditos valles y barrancos en soledad.

Cachoeira Palmital, (Brasil, 2006)

Probablemente, hoy en día, es posible guiarse por las trilhas -senderos- con un GPS, sin embargo, es mucho más recomendable dejarse acompañar por un buen guía capaz de mostrar detalles inapreciables al visitante. Dadao y Rogelio nos acompañaron en nuestro deambular por la Serra do Macaco y el Valle do Paty y nos ayudaron a hacer de aquellos días una experiencia inolvidable. Las excursiones pueden limitarse a sencillas rutas en coche parando en algunos enclaves para dejarse fotografiar o bien cargarse con la mochila  la espalda y recorrer durante varios días diversas zonas. Dependiendo del trayecto el guía se encargará de transportar la comida y los enseres necesarios o deberá ser uno mismo el que añada algo más de peso a su propia espalda.

LA SERRA DO MACACO Y LA CACHOEIRA FUMAÇA

Lençoise es una pequeña ciudad que debe su fundación a la época en la que el oro y los diamantes atrajeron hasta allí decenas de personas en busca de una oportunidad. Posee el encanto de otros pueblos brasileños con sus casas de origen colonial de grandes ventanales de diversos colores, sus calles son tranquilas y tiene una amplia plaza a la que se accede tras cruzar un precioso puente de piedra que permite superar el río de aguas bravas que delimita el casco urbano.

El sendero sale desde la parte alta de la localidad e inmediatamente te introduce en un mundo natural de vegetación arbustiva y boscosa. Hay que caminar con ánimo y a buen paso pues el camino es exigente, aunque no difícil. Los torrentes ofrecen recompensas a cada paso y es fantástico disfrutar de buenos baños en aquellas aguas color café que más bien recuerdan a una bebida de cola. Hay que cruzar varios ríos y ganar fuertes desniveles antes de llegar a la primera zona de acampada. Algunas preciosas cascadas -como la Cachoeira do Palmital y la Capivara- reconfortan, sobre todo, si el calor y la humedad se vuelven insoportables. Nosotras tuvimos suerte protegidas por las maravillosas nubes tropicales que sólo dejaron caer alguna gota de lluvia en momentos puntuales.

Nuestro guía nos indicó acertadamente dónde debíamos colocar nuestra tienda. Lo comprobamos a la mañana siguiente cuando el barranco bajaba muy crecido y nos despertó temprano con un ruido ensordecedor. La cena fue excelente pero lo mejor fueron las picocas (palomitas de maíz) con las que Dadao nos obsequió y que nos zampamos alegremente mientras él cocinaba y conversábamos juntos “de lo divino y de lo humano”.

Las jornadas posteriores fueron bastante más exigentes pues debíamos ascender el fuerte desnivel que nos separaba de la Cachoeira Fumaça. La senda es increíble. Las vistas alucinantes y la recompensa maravillosa. Tras el esfuerzo, llegar hasta allí y observar aquella pared vertical de más de cuatrocientos metros de altura por la que precipita la cascada es un regalo indescriptible. Hay que asomarse reptando hasta el borde del precipicio y, en mi lugar, controlar los nervios provocados por el vértigo de verse suspendido en el vacío. Literalmente, “allí llueve hacia arriba”. La cantidad de agua era tal que al caer, el aire la empujaba hacia arriba y nos empapaba refrescándonos y haciéndonos sentir mejor que en cualquier complejo hidrotermal.

Cachoeira Fumaça (Brasil, 2006)

Se puede acceder hasta este lugar por un sendero más corto que parte desde Palmeiras y recorre el Vale do Capão. Es más accesible pero no permite disfrutar de la cascada desde la parte inferior de la sierra.
Nos despedimos de aquel lugar con dificultad. Las vistas de aquellos montes colosales eran impresionantes. Sólo nos convencimos al saber que en Lençois nos esperaba una noche de baile que debíamos aprovechar antes de irnos al hostal a recuperar fuerzas.

Lençois, batucada nocturna (Brasil, 2006)

Abandonamos Lençois sin saber que una semana después estaríamos nuevamente por aquellas tierras. Antes fuimos a conocer las “marmitas de  gigante”, unas curiosas formaciones geológicas que se forman en aquellos barrancos cuando los cantos van oradando los conglomerados que constituyen sus fondos. Son enormes pozas en las que el agua se arremolina y que ahora las mujeres aprovechan para lavar la ropa si la fuerza de la corriente lo permite.
Nos alejamos en un autobús viejo y polvoriento. Íbamos felices y nostálgicas camino de nuestro siguiente destino en el estado de Sergipe, hacíamos balance y en nuestra mente maduraba la idea de regresar cuanto antes.

Marmitas de gigante en el río Lençóis (Brasil, 2006)

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